martes, 4 de marzo de 2008

James Joyce

Duplicados

El timbre sonó rabioso. Cuando la señorita Parker se acercó al tubo, una voz con un penetrante acento de Irlanda del Norte gritó furiosa:

-¡A Farrington que venga acá!

La señorita Parker regresó a su máquina, diciéndole a un hombre que escribía en un escritorio:

-El señor Alleyne, que suba a verlo.

El hombre musitó un ¡Maldita sea! y echó atrás su silla para levantarse. Cuando lo hizo se vio que era alto y fornido. Tenía una cara colgante, de color vino tinto, con cejas y bigotes rubios: sus ojos, ligeramente botados, tenían los blancos sucios. Levantó la tapa del mostrador y, pasando por entre los clientes, salió de la oficina con paso pesado.

Subió lerdo las escaleras hasta el segundo piso, donde había una puerta con un letrero que decía Señor Alleyne. Aquí se detuvo, bufando de hastío, rabioso, y tocó. Una voz chilló:

-¡Pase!

El hombre entró en la oficina del señor Alleyne. Simultáneamente, el señor Alleyne, un hombrecito que usaba gafas de aro de oro sobre una cara raída, levantó su cara sobre una pila de documentos. La cara era tan rosada y lampiña que parecía un gran huevo puesto sobre los papeles. El señor Alleyne no perdió un momento:

-¿Farrington? ¿Qué significa esto? ¿Por qué tengo que quejarme de usted siempre? ¿Puedo preguntarle por qué no ha hecho usted copia del contrato entre Bodley y Kirwan? Le dije bien claro que tenía que estar listo para las cuatro.

-Pero el señor Shelly, señor, dijo, dijo...

-El señor Shelly, señor, dijo... Haga el favor de prestar atención a lo que digo yo y no a lo que el señor Shelly, señor, dice. Siempre tiene usted una excusa para sacarle el cuerpo al trabajo. Déjeme decirle que si el contrato no está listo esta tarde voy a poner el asunto en manos del señor Crosbie... ¿Me oye usted?

-Sí, señor.

-¿Me oye usted ahora?... ¡Ah, otro asuntito! Más valía que me dirigiera a la pared y no a usted. Entienda de una vez por todas que usted tiene media hora para almorzar y no hora y media. Me gustaría saber cuántos platos pide usted... ¿Me está atendiendo?

-Sí, señor.

El señor Alleyne hundió su cabeza de nuevo en la pila de papeles. El hombre miró fijo al pulido cráneo que dirigía los negocios de Crosbie & Alleyne, calibrando su fragilidad. Un espasmo de rabia apretó su garganta por unos segundos y después pasó, dejándole una aguda sensación de sed. El hombre reconoció aquella sensación y consideró que debía coger una buena esa noche. Había pasado la mitad del mes y, si terminaba esas copias a tiempo, quizá el señor Alleyne le daría un vale para el cajero. Se quedó mirando fijo a la cabeza sobre la pila de papeles. De pronto, el señor Alleyne comenzó a revolver entre los papeles buscando algo. Luego, como si no hubiera estado consciente de la presencia de aquel hombre hasta entonces, disparó su cabeza hacia arriba otra vez y dijo:

-¿Qué, se va a quedar parado ahí el día entero? ¡Palabra, Farrington, que toma usted las cosas con calma!

-Estaba esperando a ver si...

-Muy bien, no tiene usted que esperar a ver si. ¡Baje a hacer su trabajo!

El hombre caminó pesadamente hacia la puerta y, al salir de la pieza, oyó cómo el señor Alleyne le gritaba que si el contrato no estaba copiado antes de la noche el señor Crosbie tomaría el asunto entre manos.

Regresó a su buró en la oficina de los bajos y contó las hojas que le faltaban por copiar. Cogió la pluma y la hundió en la tinta, pero siguió mirando estúpidamente las últimas palabras que había escrito: En ningún caso deberá el susodicho Bernard Bodley buscar... Caía el crepúsculo: en unos minutos encenderían el gas y entonces sí podría escribir bien. Sintió que debía saciar la sed de su garganta. Se levantó del escritorio y, levantando la tapa del mostrador como la vez anterior, salió de la oficina. Al salir, el oficinista jefe lo miró, interrogativo.

-Está bien, señor Shelly -dijo el hombre, señalando con un dedo para indicar el objetivo de su salida.

El oficinista jefe miró a la sombrerera y viéndola completa no hizo ningún comentario. Tan pronto como estuvo en el rellano el hombre sacó una gorra de pastor del bolsillo, se la puso y bajó corriendo las desvencijadas escaleras. De la puerta de la calle caminó furtivo por el interior del pasadizo hasta la esquina y de golpe se escurrió en un portal. Estaba ahora en el oscuro y cómodo establecimiento de O'Neill y, llenando el ventanillo que daba al bar con su cara congestionada, del color del vino tinto o de la carne magra, llamó:

-Atiende, Pat, y sé bueno: sírvenos un buen t.c.

El dependiente le trajo un vaso de cerveza negra. Se lo bebió de un trago y pidió una semilla de carvi. Puso su penique sobre el mostrador y, dejando que el dependiente lo buscara a tientas en la oscuridad, dejó el establecimiento tan furtivo como entró.

La oscuridad, acompañada de una niebla espesa, invadía el crepúsculo de febrero y las lámparas de la Calle Eustace ya estaban encendidas. El hombre se pegó a los edificios hasta que llegó a la puerta de la oficina y se preguntó si acabaría las copias a tiempo. En la escalera un pegajoso perfume dio la bienvenida a su nariz: evidentemente la señorita Delacour había venido mientras él estaba en O'Neill's. Arrebujó la gorra en un bolsillo y volvió a entrar en la oficina con aire abstraído.

-El señor Alleyne estaba preguntando por usted -dijo el oficinista jefe con severidad-. ¿Dónde estaba metido?

El hombre miró de reojo a dos clientes de pie ante el mostrador para indicar que su presencia le impedía responder. Como los dos clientes eran hombres el oficinista jefe se permitió una carcajada.

-Yo conozco el juego -le dijo-. Cinco veces al día es un poco demasiado... Bueno, más vale que se agilice y saque una copia de la correspondencia del caso Delacour para el señor Alleyne.

La forma en que le hablaron en presencia del público, la carrera escalera arriba y la cerveza que había tomado con tanto apuro habían confundido al hombre y al sentarse en su escritorio para hacer lo requerido se dio cuenta de lo inútil que era la tarea de terminar de copiar el contrato antes de las cinco y media. La noche, oscura y húmeda, ya estaba aquí y él deseaba pasarla en dos bares, bebiendo con sus amigos, entre el fulgor del gas y el tintineo de vasos. Sacó la correspondencia de Delacour y salió de la oficina. Esperaba que el señor Alleyne no se diera cuenta de que faltaban dos cartas.

El camino hasta el despacho del señor Alleyne estaba colmado de aquel perfume penetrante y húmedo. La señorita Delacour era una mujer de mediana edad con aspecto de judía. Venía a menudo a la oficina y se quedaba mucho rato cada vez que venía. Estaba sentada ahora junto al escritorio en su aire embalsamado, alisando con la mano el mango de su sombrilla y asintiendo con la enorme pluma negra de su sombrero. El señor Alleyne había girado la silla para darle el frente, el pie derecho montado sobre la rodilla izquierda. El hombre dejó la correspondencia sobre el escritorio, inclinándose respetuosamente, pero ni el señor Alleyne ni la señorita Delacour prestaron atención a su saludo. El señor Alleyne golpeó la correspondencia con un dedo y luego lo sacudió hacia como si dijera: Está bien: puede usted marcharse.

El hombre regresó a la oficina de abajo y de nuevo se sentó en su escritorio. Miró, resuelto, a la frase incompleta: En ningún caso deberá el susodicho Bernard Bodley buscar... y pensó que era extraño que las tres últimas palabras empezaran con la misma letra. El oficinista jefe comenzó a apurar a la señorita Parker, diciéndole que nunca tendría las cartas mecanografiadas a tiempo para el correo. El hombre atendió al tecleteo de la máquina por unos minutos y luego se puso a trabajar para acabar la copia. Pero no tenía clara la cabeza y su imaginación se extravió en el resplandor y el bullicio de la cantina. Era una noche para ponche caliente. Siguió luchando con su copia, pero cuando dieron las cinco en el reloj todavía le quedaban catorce páginas por hacer. ¡Maldición! No acabaría a tiempo. Necesitaba blasfemar en voz alta, descargar el puño con violencia en alguna parte. Estaba tan furioso que escribió Bernard Bernard en vez de Bernard Bodley y tuvo que empezar una página limpia de nuevo.

Se sentía con fuerza suficiente para demoler la oficina él solo. El cuerpo le pedía hacer algo, salir a regodearse en la violencia. Las indignidades de la vida lo enfurecían... ¿Le pediría al cajero un adelanto a título personal? No, el cajero no serviría de nada, mierda: no le daría el adelanto... Sabía dónde encontrar a los amigos: Leonard y O'Halloran y Chisme Flynn. El barómetro de su naturaleza emotiva indicaba altas presiones violentas.

Estaba tan abstraído que tuvieron que llamarlo dos veces antes de responder. El señor Alleyne y la señorita Delacour estaban delante del mostrador y todos los empleados se habían vuelto, a la expectativa. El hombre se levantó de su escritorio. El señor Alleyne comenzó a insultarlo, diciendo que faltaban dos cartas. El hombre respondió que no sabía nada de ellas, que él había hecho una copia fidedigna. Siguieron dos insultos: tan agrios y violentos que el hombre apenas podía contener su puño para que no cayera sobre la cabeza del pigmeo que tenía delante.

-No sé nada de esas otras dos cartas -dijo, estúpidamente.

-No-sé-nada. Claro que no sabe usted nada -dijo el señor Alleyne-. Dígame -añadió, buscando con la vista la aprobación de la dama que tenía al dado-, ¿me toma usted por idiota o qué? ¿Cree usted que yo soy un completo idiota?

Los ojos del hombre iban de la cara de la mujer a la cabecita de huevo y viceversa; y, casi antes de que se diera cuenta de ello, su lengua tuvo un momento feliz:

-No creo, señor -le dijo-, que sea justo que me haga usted a mí esa pregunta.

Se hizo una pausa hasta en la misma respiración de dos empleados. Todos estaban sorprendidos (el autor de da salida no menos que sus vecinos) y la señorita Delacour, que era una mujer robusta y afable, empezó a reírse. El señor Alleyne se puso rojo como una langosta y su boca se torció con la vehemencia de un enano. Sacudió el puño en la cara del hombre hasta que pareció vibrar como la palanca de alguna maquinaria eléctrica.

-¡So impertinente! ¡So rufián! ¡Le voy a dar una lección! ¡Va a saber lo que es bueno! ¡Se excusa usted por su impertinencia o queda despedido al instante! ¡O se larga usted, ¿me oye?, o me pide usted perdón!

Se quedó esperando en el portal frente a la oficina para ver si el cajero salía solo. Pasaron todos los empleados y, finalmente, salió el cajero con el oficinista jefe. Era inútil hablarle cuando estaba con el jefe. El hombre se sabía en una posición desventajosa. Se había visto obligado a dar una abyecta disculpa al señor Alleyne por su impertinencia, pero sabía la clase de avispero que sería para él la oficina en el futuro. Podía recordar cómo el señor Alleyne le había hecho la vida imposible al pequeño Peake para colocar en su lugar a un sobrino. Se sentía feroz, sediento y vengativo: molesto con todos y consigo mismo. El señor Alleyne no le daría un minuto de descanso; su vida sería un infierno. Había quedado en ridículo. ¿Por qué no se tragaba la lengua? Pero nunca congeniaron, él y el señor Alleyne, desde el día en que el señor Alleyne lo oyó burlándose de su acento de Irlanda del Norte para hacerles gracia a Higgins y a la señorita Parker: ahí empezó todo. Podría haberle pedido prestado a Higgins, pero nunca tenía nada. Un hombre con dos casas que mantener, cómo iba, claro, a tener...

Sintió que su corpachón dolido echaba de menos la comodidad de la cantina. La niebla le calaba los huesos y se preguntó si podría darle un toque a Pat en O'Neill's. Pero no podría tumbarle más que un chelín -y de qué sirve un chelín. Y, sin embargo, tenía que conseguir dinero como fuera: había gastado su último penique en la negra y dentro de un momento sería demasiado tarde para conseguir dinero en otro sitio. De pronto, mientras se palpaba la cadena del reloj, pensó en la casa de préstamos de Terry Kelly, en la Calle Fleet. ¡Trato hecho! ¿Cómo no se le ocurrió antes?

Con paso rápido atravesó el estrecho callejón de Temple Bar, diciendo por lo bajo que podían irse todos a la mierda, que él iba a pasarla bien esa noche. El dependiente de Terry Kelly dijo ¡Una corona! Pero el acreedor insistió en seis chelines; y como suena le dieron seis chelines. Salió alegre de la casa de empeño, formando un cilindro con las monedas en su mano. En la Calle Westmoreland las aceras estaban llenas de hombres y mujeres jóvenes volviendo del trabajo y de chiquillos andrajosos corriendo de aquí para allá gritando los nombres de los diarios vespertinos. El hombre atravesó la multitud presenciando el espectáculo por lo general con satisfacción llena de orgullo, y echando miradas castigadoras a las oficinistas. Tenía la cabeza atiborrada de estruendo de tranvías, de timbres y de frote de troles, y su nariz ya olfateaba las coruscantes emanaciones del ponche. Mientras avanzaba repasaba los términos en que relataría el incidente a los amigos:

-Así que lo miré en frío, tú sabes, y le clavé los ojos a ella. Luego lo miré a él de nuevo, con calma, tú sabes. No creo que sea justo que usted me pregunte a mí eso, díjele.

Chisme Flynn estaba sentado en su rincón de siempre en Davy Byrne's y, cuando oyó el cuento, convidó a Farrington a una media, diciéndole que era la cosa más grande que oyó jamás. Farrington lo convidó a su vez. Al rato vinieron O'Halloran y Paddy Leonard. Hizo de nuevo el cuento.

O'Halloran pagó una ronda de maltas calientes y contó la historia de la contesta que dio al oficinista jefe cuando trabajaba en la Callan's de la Calle Fownes's; pero, como su respuesta tenía el estilo que tienen en las églogas los pastores liberales, tuvo que admitir que no era tan ingeniosa como la contestación de Farrington. En esto Farrington les dijo a los amigos que la pulieran, que él convidaba.

¡Y quién vino cuando hacía su catálogo de venenos sino Higgins! Claro que se arrimó al grupo. Los amigos le pidieron que hiciera su versión del cuento y él la hizo con mucha vivacidad, ya que la visión de cinco whiskys calientes es muy estimulante. El grupo rugió de risa cuando mostró cómo el señor Alleyne sacudía el puño en la cara de Farrington. Luego, imitó a Farrington, diciendo, Y allí estaba mi tierra, tan tranquilo, mientras Farrington miraba a la compañía con ojos pesados y sucios, sonriendo y a veces chupándose las gotas de licor que se le escurrían por los bigotes.

Cuando terminó la ronda se hizo una pausa. O'Halloran tenía algo, pero ninguno de los otros dos parecía tener dinero; por lo que el grupo tuvo que dejar el establecimiento a pesar suyo. En la esquina de la Calle Duke, Higgins y Chisme Flynn doblaron a la izquierda, mientras que los otros tres dieron la vuelta rumbo a la ciudad. Lloviznaba sobre las calles frías y, cuando llegaron a las Oficinas de Lastre, Farrington sugirió la Scotch House. El bar estaba colmado de gente y del escándalo de bocas y de vasos. Los tres hombres se abrieron paso por entre los quejumbrosos cerilleros a la entrada y formaron su grupito en una esquina del mostrador. Empezaron a cambiar cuentos. Leonard les presentó a un tipo joven llamado Weathers, que era acróbata y artista itinerante del Tívoli. Farrington invitó a todo el mundo. Weathers dijo que tomaría una media de whisky del país y Apollinaris. Farrington, que tenía noción de las cosas, les preguntó a los amigos si iban a tomar también Apollinaris; pero los amigos le dijeron a Tim que hiciera el de ellos caliente. La conversación giró en tomo al teatro. O'Halloran pagó una ronda y luego Farrington pagó otra, con Weathers protestando de que la hospitalidad era demasiado irlandesa. Prometió que los llevaría tras bastidores para presentarles algunas artistas agradables. O'Halloran dijo que él y Leonard irían pero no Farrington, ya que era casado; y los pesados ojos sucios de Farrington miraron socarrones a sus amigos, en prueba de que sabía que era chacota. Weathers hizo que todos bebieran una tinturita por cuenta suya y prometió que los vería algo más tarde en Mulligan's de la Calle Poolbeg.

Cuando la Scotch House cerró se dieron una vuelta por Mulligan's. Fueron al salón de atrás y O'Halloran ordenó grogs para todos. Empezaban a sentirse entonados. Farrington acababa de convidar a otra ronda cuando regresó Weathers. Para gran alivio de Farrington esta vez pidió un vaso de negra. Los fondos escaseaban, pero les quedaba todavía para ir tirando. Al rato entraron dos mujeres jóvenes con grandes sombreros y un joven de traje a cuadros y se sentaron en una mesa vecina. Weathers los saludó y le dijo a su grupo que acababan de salir del Tívoli. Los ojos de Farrington se extraviaban a menudo en dirección a una de las mujeres. Había una nota escandalosa en su atuendo. Una inmensa bufanda de muselina azul pavoreal daba vueltas al sombrero para anudarse en un gran lazo por debajo de la barbilla; y llevaba guantes color amarillo chillón, que le llegaban al codo. Farrington miraba, admirado, el rollizo brazo que ella movía a menudo y con mucha gracia; y cuando, más tarde, ella le devolvió la mirada, admiró aún más sus grandes ojos pardos. Todavía más lo fascinó la expresión oblicua que tenían. Ella lo miró de reojo una o dos veces y cuando el grupo se marchaba, rozó su silla y dijo Oh, perdón con acento de Londres. La vio salir del salón en espera de que ella mirara para atrás, pero se quedó esperando. Maldijo su escasez de dinero y todas las rondas que había tenido que pagar, particularmente los whiskys y las Apollinaris que tuvo que pagarle a Weathers. Si había algo que detestaba era un gorrista. Estaba tan bravo que perdió el rastro de la conversación de sus amigos.

Cuando Paddy Leonard le llamó la atención se enteró de que estaban hablando de pruebas de fortaleza física. Weathers exhibía sus músculos al grupo y se jactaba tanto que los otros dos llamaron a Farrington para que defendiera el honor patrio. Farrington accedió a subirse una manga y mostró sus bíceps a los circunstantes. Se examinaron y comprobaron ambos brazos y finalmente se acordó que lo que había que hacer era pulsar. Limpiaron la mesa y los dos hombres apoyaron sus codos en ella, enlazando las manos. Cuando Paddy Leonard dijo ¡Ahora!, cada cual trató de derribar el brazo del otro. Farrington se veía muy serio y decidido.

Empezó la prueba. Después de unos treinta segundos, Weathers bajó el brazo de su contrario poco a poco hasta tocar la mesa. La cara color de vino tinto de Farrington se puso más tinta de humillación y de rabia al haber sido derrotado por aquel mocoso.

-No se debe echar nunca el peso del cuerpo sobre el brazo -dijo-. Hay que jugar limpio.

-¿Quién no jugó limpio? -dijo el otro.

-Vamos, de nuevo. Dos de tres.

La prueba comenzó de nuevo. Las venas de la frente se le botaron a Farrington y la palidez de la piel de Weathers se volvió tez de peonía. Sus manos y brazos temblaban por el esfuerzo. Después de un largo pulseo Weathers volvió a bajar la mano de su rival, lentamente, hasta tocar la mesa. Hubo un murmullo de aplauso de parte de los espectadores. El dependiente, que estaba de pie detrás de la mesa, movió en asentimiento su roja cabeza hacia el vencedor y dijo en tono confianzudo:

-¡Vaya! ¡Más vale maña!

-¿Y qué carajo sabes tú de esto? -dijo Farrington furioso, cogiéndola con el hombre-. ¿Qué tienes tú que meter tu jeta en esto?

-¡Quietos, quietos! -dijo O'Halloran, observando la violenta expresión de Farrington-. A ponerse con lo suyo, caballeros. Un sorbito y nos vamos.

Un hombre con cara de pocos amigos esperaba en la esquina del puente de O'Connell el tranvía que lo llevaría a su casa. Estaba lleno de rabia contenida y de resentimiento. Se sentía humillado y con ganas de desquitarse; no estaba siquiera borracho; y no tenía más que dos peniques en el bolsillo. Maldijo a todos y a todo. Estaba liquidado en la oficina, había empeñado el reloj y gastado todo el dinero; y ni siquiera se había emborrachado. Empezó a sentir sed de nuevo y deseó regresar a la caldeada cantina. Había perdido su reputación de fuerte, derrotado dos veces por un mozalbete. Se le llenó el corazón de rabia, y cuando pensó en la mujer del sombrerón que se rozó con él y le pidió ¡Perdón!, su furia casi lo ahogó.

El tranvía lo dejó en Shelbourne Road y enderezó su corpachón por la sombra del muro de las barracas. Odiaba regresar a casa. Cuando entró por el fondo se encontró con la cocina vacía y el fogón de la cocina casi apagado. Gritó por el hueco de la escalera:

-¡Ada! ¡Ada!

Su esposa era una mujercita de cara afilada que maltrataba a su esposo si estaba sobrio y era maltratada por éste si estaba borracho. Tenían cinco hijos. Un niño bajó corriendo las escaleras.

-¿Quién es ése? -dijo el hombre, tratando de ver en la oscuridad.

-Yo, papá.

-¿Quién es yo? ¿Charlie?

-No, papá, Tom.

-¿Dónde se metió tu madre?

-Fue a la iglesia.

-Vaya... ¿Me dejó comida?

-Sí, papá, yo...

-Enciende la luz. ¿Qué es esto de dejar la casa a oscuras? ¿Ya están los otros niños en la cama?

El hombre se sentó pesadamente a la mesa mientras el niño encendía la lámpara. Empezó a imitar la voz blanca de su hijo, diciéndose a media: A la iglesia. ¡A la iglesia, por favor! Cuando se encendió la lámpara, dio un puñetazo en la mesa y gritó:

-¿Y mi comida?

-Yo te la voy... a hacer, papá -dijo el niño.

El hombre saltó furioso, apuntando para el fogón.

-¿En esa candela? ¡Dejaste apagar la candela! ¡Te voy a enseñar por lo más sagrado a no hacerlo de nuevo!

Dio un paso hacia la puerta y sacó un bastón de detrás de ella.

-¡Te voy a enseñar a dejar que se apague la candela! -dijo, subiéndose las mangas para dejar libre el brazo.

El niño gritó Ay, papá y le dio vueltas a la mesa, corriendo y gimoteando. Pero el hombre le cayó detrás y lo agarró por la ropa. El niño miró a todas partes desesperado pero, al ver que no había escape, se hincó de rodillas.

-¡Vamos a ver si vas a dejar apagar la candela otra vez! -dijo el hombre, golpeándolo salvajemente con el bastón-. ¡Vaya, coge, maldito!

El niño soltó un alarido de dolor cuando el palo le cortó el muslo. Juntó las manos en el aire y su voz tembló de terror.

-¡Ay, papá! -gritaba-. ¡No me pegues, papaíto! Que voy a rezar un padrenuestro por ti ... Voy a rezar un avemaría por ti, papacito, si no me pegas... Voy a rezar un padrenuestro...

FIN

RAYMOND CARVER


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Los dos habíamos estado involucrados con otras personas esa primavera, pero cuando llegó junio y terminaron las clases decidimos poner en alquiler nuestra casa en Palo Alto y trasladarnos a la costa más al norte de California. Nuestro hijo, Richard, pasaría el verano en casa de la madre de Nancy, en Pasco, Washington, donde podría trabajar y ahorrar algo de dinero para la universidad. Ella estaba al tanto de la situación en casa y ya estaba buscándole un empleo por la temporada. Había hablado con un granjero que aceptó tomar a Richard para que juntara heno y arreglara alambrados. Un trabajo duro, pero Richard estaba conforme. Lo llevé a la terminal el día después de su graduación y me senté con él hasta que anunciaron su ómnibus. Su madre ya lo había despedido llorando y le había dado una larga carta que él debía entregar a la abuela en cuanto llegara. Prefirió quedarse terminando las valijas y esperando a la pareja que alquilaría nuestra casa. Yo compré el pasaje de Richard, se lo di y me senté a su lado en uno de los bancos de la terminal. En el viaje hasta allá habíamos hablado un poco de la situación.
–¿Van a divorciarse? –había preguntado él.
–No, si podemos evitarlo –le contesté. Era un sábado por la mañana y había poco tránsito–. Ninguno de los dos quiere llegar a eso. Por eso nos vamos; por eso no queremos ver a nadie durante el verano. Y por eso te enviamos con la abuela. Para no mencionar el hecho de que volverás con los bolsillos llenos de dinero. No queremos divorciarnos. Queremos estar solos y tratar de solucionar las cosas.
–¿Aún amas a mamá? Ella dice que te sigue queriendo.
–Por supuesto que la amo. Deberías saberlo a esta altura. Sólo que hemos tenido nuestra cuota de problemas, y necesitamos un poco de tiempo juntos, a solas. No te preocupes. Disfruta el verano y trabaja y ahorra un poco de dinero. Considéralo unas vacaciones de nosotros. Y trata de pescar. Hay muy buena pesca por allá.
–Y esquí acuático. Quiero aprender.
–Nunca hice esquí acuático. Haz un poco de eso también. Hazlo por mí.
Cuando anunciaron su ómnibus lo abracé y volví a decirle:
–No te preocupes. ¿Dónde está tu pasaje?
Él se palmeó el bolsillo de su campera. Lo acompañé hasta la fila frente al ómnibus, volví a abrazarlo y le di un beso en la mejilla. Adiós, papá, dijo él y me dio la espalda para que no viera sus lágrimas.
Al volver a casa, nuestras valijas y cajas estaban junto a la puerta. Nancy estaba en la cocina tomando café con los inquilinos, una joven pareja de estudiantes de posgrado de matemática, a quienes había visto por primera vez en mi vida pocos días antes, pero igual les di la mano a ambos y acepté una taza de café de Nancy mientras ella terminaba con la lista de indicaciones de lo que ellos debían hacer en la casa en nuestra ausencia y adónde debían enviarnos el correo. Su cara estaba tensa. La luz del sol avanzaba sobre la mesa a medida que pasaban los minutos. Finalmente todo pareció quedar en orden, y los dejé en la cocina para dedicarme a cargar nuestro equipaje en el coche. La casa a la que íbamos estaba completamente amueblada, hasta los utensilios de cocina, así que no necesitábamos llevar más que lo esencial.
Había hecho los quinientos kilómetros desde Palo Alto hasta Eureka tres semanas antes, y alquilado entonces la casa amueblada. Fui con Susan, la mujer con la que estaba saliendo. Nos quedamos en un motel a las puertas del pueblo durante tres noches, mientras recorría inmobiliarias y revisaba los clasificados. Ella me vio firmar el cheque por los tres meses de alquiler. Más tarde, en el motel, tirada en la cama con la mano en la frente, me dijo: “Envidio a tu esposa. Cuando hablan de la otra mujer, siempre dicen que es la esposa quien tiene los privilegios y el poder real, pero nunca me lo creí ni me importó. Ahora, en cambio, entiendo qué quieren decir. Y envidio a Nancy. Envidio la vida que tendrá a tu lado. Ojalá fuera yo la que va a estar contigo en esa casa todo el verano. Cómo me gustaría. Me siento tan gastada”. Yo me limité a acariciarle el pelo.

Nancy era alta, de pelo y ojos castaños, de piernas largas y espíritu generoso. Pero últimamente venía baja de espíritu y de generosidad. El hombre con el que estaba viéndose era colega mío, un divorciado de eterno traje con chaleco y pelo canoso, que bebía demasiado y a quien a veces le temblaban un poco las manos durante sus clases, según me contaron algunos de mis alumnos. Él y Nancy habían iniciado su romance en una fiesta, poco después de que ella descubriera mi infidelidad. Suena aburrido y cursi; es aburrido y cursi, pero así fue toda aquella primavera, nos consumió las energías y la concentración al punto de excluir todo lo demás. hasta que, en algún momento de abril, comenzamos a hacer planes para alquilar la casa e irnos todo el verano, los dos solos, a tratar de reparar lo que hubiera para reparar, si es que había algo. Los dos nos habíamos comprometido a no llamar, ni escribir, ni intentar el menor contacto con nuestros amantes. Hi-cimos los arreglos para Richard, encontramos los inquilinos para nuestra casa y yo miré en un mapa y enfilé hacia el norte desde San Francisco hasta Eureka, donde una inmobiliaria me encontró una casa amueblada en alquiler por el verano para una respetable pareja de mediana edad. Creo que incluso usé la expresión “segunda luna de miel”, Dios me perdone, mientras Susan fumaba y leía folletos turísticos en el auto estacionado fuera de la inmobiliaria.
Terminé de cargar las cosas en el coche y esperé que Nancy se despidiera por última vez en el porche. Yo saludé desde mi asiento y los inquilinos me devolvieron el saludo. Nancy se sentó y cerró su puerta. “Vamos”, dijo y yo arranqué. Al entrar en la autopista vimos un coche con el escape suelto y arrancando chispas del pavimento. “Mira”, dijo Nancy y esperamos hasta que el coche se salió de la autopista y frenó, antes de seguir viaje.
Paramos en un café cerca de Sebastopol. Estacioné y nos sentamos a una mesa frente a la ventana del fondo. Pedimos sandwiches y café, yo encendí un cigarrillo mientras Nancy deslizaba el dedo por las vetas de la madera de la mesa. Entonces noté un movimiento por la ventana y al mirar en esa dirección vi un colibrí en los arbustos allá afuera. Sus alas vibraban en un borroso frenesí mientras su pico se internaba en una de las flores.
–Mira, un colibrí –dije, pero antes de que Nancy levantara la cabeza el pájaro ya no estaba.
–¿Dónde? No veo nada.
–Estaba ahí hasta hace un momento. Ahí está. No; es otro, creo.
Nos quedamos mirando hasta que la camarera trajo nuestro pedido.
–Buena señal –dije–. Los colibríes traen suerte, ¿no?
–Creo haberlo oído en alguna parte –dijo Nancy–. No podría decir dónde pero sí, no nos vendría mal un poco de suerte.
–Una buena señal. Me alegro de que hayamos parado aquí.
Ella asintió, dejó pasar un largo minuto y probó su sandwich.

Llegamos a Eureka antes del anochecer. Pasamos el motel en la ruta donde había estado con Susan dos semanas antes, nos internamos por un camino que subía una colina que miraba al pueblo y pasamos frente a una estación de servicio y un almacén. Las llaves de la casa estaban en mi bolsillo. A nuestro alrededor sólo se veían colinas arboladas y praderas con ganado pastando.
–Me gusta –dijo Nancy–. No veo el momento de llegar.
–Estamos cerca –dije–. Es más allá de esa loma. Ahí –y enfilé el coche por un camino flanqueado de ligustros–. Ahí la tienes. ¿Qué opinas? Esa misma pregunta le había hecho a Susan cuando hicimos el mismo camino para ver la casa por primera vez.
–Me gusta; es perfecta. Bajemos.
Miramos a nuestro alrededor en el jardín del frente antes de subir los escalones del porche. Abrí la puerta con la llave que traía y encendí las luces adentro. Recorrimos los dos dormitorios, el baño, el living con muebles viejos y chimenea y la cocina con vista al valle. –¿Te parece bien?
–Me parece sencillamente maravillosa –dijo Nancy y sonrió–. Me alegra que la hayas en-contrado. Me alegra que estemos aquí. –Abrió y cerró la heladera, luego pasó los dedos por la mesada de la cocina. –Gracias a Dios está limpia. Ni siquiera hace falta una limpieza.
–Nada. Hasta nos pusieron sábanas limpias. La alquilan así.
–Tendremos que comprar algo de leña –dijo Nancy cuando volvimos al living–. Con noches así debemos usar la chimenea, ¿no?
–Mañana. Podemos hacer unas compras también. Y recorrer el pueblo.
Nancy me miró y dijo nuevamente:
–Me alegra que estemos aquí.
–Yo también –dije y abrí los brazos y ella vino hacia mí. Cuando la abracé sentí que temblaba. Le alcé el mentón y la besé en ambas mejillas.
–Me alegra que estemos aquí –repitió ella contra mi pecho.

Durante los días siguientes nos instalamos, recorrimos las calles del pueblo mirando vidrieras y dimos largos paseos por el bosque que se alzaba atrás de la casa. Compramos provisiones, yo encontré un aviso en el diario que ofrecía leña, llamé y poco después aparecieron dos muchachos de pelo largo en una camioneta que nos dejaron una carga de aliso en el garaje. Esa noche nos sentamos frente a la chimenea y hablamos de conseguir un perro.
–No quiero un cachorro –dijo Nancy–. No quiero nada que implique ir limpiando a su paso o rescatando lo que quiere mordisquear. Pero me gustaría un perro. Hace tanto que no tenemos uno... Creo que podríamos arreglarnos con un perro aquí.
–¿Y cuando volvamos, cuando termine el verano? –dije yo y entonces reformulé la pregunta: –¿Estás dispuesta a tener un perro en la ciudad?
–Ya veremos. Pero busquemos uno, mientras tanto. No sé lo que quiero hasta que lo veo. Revisemos los clasificados y veamos qué pasa.

Aunque los días siguientes seguimos hablando de perros y hasta señalando los que nos gustaban frente a las casas por las cuales pasábamos, no llegamos a nada y seguimos sin perro. Nancy llamó a su madre y le dio nuestra dirección y teléfono. Richard ya estaba trabajando y parecía contento, dijo la madre. Y ella se sentía bien. Nancy le contestó:
–Nosotros también. Esto es como una cura.
Un día íbamos por la ruta frente al océano y, desde una loma, vimos unas lagunas que formaban los médanos muy cerca del mar. Había gente pescando en la orilla y en un par de botes. Frené a un costado de la ruta y dije:
–Vamos a ver qué están pescando. Quizá valga la pena conseguirnos unas cañas y probar.
–Hace años que no vamos de pesca. Desde que Richard era chico, aquella vez que fuimos de campamento cerca del monte Shasta, ¿recuerdas?
–Me acuerdo. Y también me acuerdo de cuánto extraño pescar. Bajemos a ver qué están sacando.
–Truchas –dijo uno de los pescadores–. Trucha arcoiris y algún que otro salmón. Vienen en el invierno, cuando el mar horada los médanos. Y, con la primavera, cuando se cierra el paso, quedan atrapados. Es buena época, ésta. Hoy no pesqué nada pero el domingo saqué cuatro. De lo más sabrosos. Dan una batalla tremenda. Los de los botes creo que sacaron algo hoy, pero yo todavía no.
–¿Qué usan de carnada? –preguntó Nancy.
–Lo que sea. Lombrices, marlo de choclo, huevos de salmón. Basta tirar la línea y dejarla reposar hasta el fondo. Y estar atento.
Nos quedamos un rato pero el hombre no sacó nada y los de los botes tampoco. Sólo iban y venían por la laguna.
–Gracias. Y suerte –dije al fin.
–Que tengan suerte ustedes también. Los dos –contestó el hombre.
A la vuelta paramos en una casa de artículos deportivos y compramos unas cañas baratas, unos rollos de tanza y anzuelos y carnada. Sacamos unalicencia también y decidimos ir de pesca la mañana siguiente. Pero esa noche, después de la cena y de lavar los platos y poner unos leños en la chimenea, Nancy dijo que no iba a funcionar.
–¿Por qué dices eso? ¿A qué te refieres?
–No va a funcionar, enfrentémoslo –dijo ella sacudiendo la cabeza–. No quiero ir a pescar y no quiero un perro. Creo que quiero ir a lo de mi madre y estar con Richard. Sola. Quiero estar sola. Extraño a Richard -dijo y empezó a llorar–. Es mi hijo, es mi bebé, y está creciendo y pronto se irá. Y lo extraño. Lo extraño.
–¿También extrañas a Del, a Del Schraeder, tu amante? ¿Lo extrañas a él también?
–Extraño a todo el mundo. A ti también. Hace mucho que te extraño. Te he extrañado tanto durante tanto tiempo que te he perdido. No sé cómo explicarlo mejor. Pero sé que te perdí. Ya no me perteneces.
–Nancy –dije yo.
–No, no –dijo ella y negó con la cabeza. Sentada en el sofá de frente al fuego siguió negando y negando y luego dijo: –Voy a tomar un avión para allá mañana. Cuando me haya ido puedes llamar a tu amante.
–No voy a hacer eso. No tengo la menor intención de hacer eso.
–Sí, lo harás. Vas a llamarla en cuanto me haya ido.
–Y tú vas a llamar a Del –dije. Y me sentí una basura por decirlo.
–Haz lo que quieras –dijo ella secándose las lágrimas con la manga–. Lo digo en serio. No quiero parecer una histérica, pero me iré mañana. Mejor me iré a acostar ahora; estoy exhausta. Lo lamento. Lo lamento mucho, por los dos. Pero no vamos a lograrlo. Ese pescador, hoy. Nos deseó suerte a los dos. Yo también nos deseo suerte. Vamos a necesitarla.
Entonces se encerró en el baño y dejó correr el agua. Yo salí a los escalones del porche y me senté a fumar un cigarrillo. Estaba oscuro y silencioso, apenas se veían las estrellas en el cielo. Jirones de niebla del océano ocultaban el valle y el pueblo allá abajo. Me puse a pensar en Susan. Oí que Nancy salía del baño y oí que se cerraba la puerta del dormitorio. Entonces entré y puse otro leño en la chimenea y esperé hasta que se avivara el fuego. Luego fui al otro dormitorio. Abrí la colcha y me quedé mirando el estampado floral de las sábanas. Me di una ducha, me puse el pijama y volví frente a la chimenea. La niebla ya llegaba a las ventanas del living. Fumé mirando el fuego y, cuando volví a mirar por la ventana, creí ver algo que se movía en la niebla.
Me acerqué a la ventana. Un caballo estaba pastando en el jardín, entre la niebla. Alzó la cabeza para mirarme y volvió a su tarea. Vi otro cerca del auto. Encendí la luz del porche y me quedé mirándolos. Eran caballos grandes, blancos, de largas crines, seguramente de alguna granja de los alrededores con algún alambrado caído y vaya a saberse cómo habían llegado hasta nuestra casa. Parecían estar disfrutando inmensamente su escapada. Pero se los notaba un poco nerviosos también: podía verles el blanco de los ojos desde la ventana. Sus orejas iban y venían al ritmo de sus mordiscos. Un tercer caballo apareció entonces y luego un cuarto, todos blancos, pastando en nuestro jardín.
Fui al dormitorio a despertar a Nancy. Tenía los ojos enrojecidos y los párpados hinchados, y se había puesto ruleros y había una valija abierta a los pies de la cama.
–Nancy, tienes que venir a ver esto. No vas a creerlo. Vamos, levántate.
–¿Qué pasa? Me estás lastimando. Qué pasa.
–Querida, tienes que ver esto. No voy a lastimarte. Perdona si te asusté. Pero tienes que levantarte y venir a ver esto.
Pocos minutos después estaba a mi lado en la ventana, atándose la bata.
–Dios, son hermosos. ¿De dónde vienen? Qué hermosos son.
–De alguna granja vecina, supongo. Voy a llamar al sheriff para que ubique al dueño. Pero quería que los vieras antes.
–¿Morderán? Me gusta acariciar a aquél, el que acaba de mirarnos. –No creo que muerdan. No parecen esa clase de caballos. Pero ponte algo encima si vamos a salir. Hace frío afuera.
Me puse la campera encima del pijama y esperé a Nancy. Abrí la puerta y salimos y nos acercamos caminando hasta ellos. Todos levantaron sus cabezas. Uno resopló y retrocedió unos pasos, pero volvió a tironear del pasto y mascar como los demás. Apoyé mi mano entre sus ojos y le palmeé los flancos y dejé que su hocico me oliera. Nancy estaba acariciando las crines de otro, mientras murmuraba: “¿De dónde vienes, caballito? ¿Dónde vives y qué haces aquí en medio de la noche?”, mientras el animal movía su cabeza como si entendiera.
–Será mejor que llame al sheriff –dije.
–Todavía no. Un rato más. Nunca veremos algo igual. Nunca, nunca tendremos caballos en nuestro jardín. Un rato más, Dan.
Poco después, mientras Nancy seguía yendo de uno a otro, palmeándolos y acariciándolos, uno de los caballos comenzó a rumbear hacia la ruta, más allá de nuestro auto y supe que era momento de llamar.

En pocos minutos vimos las luces de dos patrulleros en la niebla y poco después llegó una camioneta con un acoplado para caballos, de la que bajó un tipo con gamulán, que se acercó a los caballos y necesitó un lazo para lograr que entrara el último en el acoplado.
–¡No le haga daño! –dijo Nancy.
Cuando se fueron volvimos al living y yo dije que iba a hacer café y pregunté a Nancy si quería una taza.
–Te diré lo que quiero –dijo ella–. Me siento bien, Dan. Me siento como borracha, como... No sé cómo, pero me gusta. No quiero dormir; no podría dormir. Haz un poco de café y a ver si encuentras algo de música en la radio y puedes avivar el fuego.
Así que nos sentamos frente a la chimenea y bebimos café y escuchamos viejas canciones por la radio y hablamos de Richard y de la madre de Nancy y bailamos. Ninguno aludió en ningún momento a nuestra situación. La niebla seguía allí, detrás de las ventanas, mientras hablábamos y éramos gentiles el uno con el otro. Hasta que, cerca del amanecer, apagué la radio y nos fuimos a la cama e hicimos el amor.

Al mediodía siguiente, luego de que ella terminara su valija, la llevé al aeródromo desde donde volaría a Portland y de allí haría el trasbordo que la dejaría en Pasco por la noche.
–Saluda a tu madre de mi parte. Y dale un abrazo a Richard. Y dile que lo extraño. Y que lo quiero.
–Él también te quiere. Lo sabes. En cual-quier caso, lo verás después del verano. –Yo asentí. –Adiós –dijo ella. Y me abrazó. Yo le devolví el abrazo–. Me alegro por anoche. Los caballos. La charla. Todo. Ayuda. No lo olvidaremos –y empezó a llorar.
–Escríbeme, ¿quieres? –dije yo–. Nunca pensé que fuera a pasarnos. En todos estos años. Nunca lo pensé. Ni un sola vez. No a nosotros.
–Te escribiré. Mucho. Las cartas más largas que hayas visto desde las que me enviabas en el secundario.
–Las estaré esperando.
Ella me miró largamente y me acarició la cara. Entonces me dio la espalda y se alejó por la pista rumbo al avión.
Ve, mi más querida, y que Dios esté contigo.
Ella abordó el avión y yo me mantuve en mi lugar hasta que se encendieron los motores y la nave empezó a carretear por la pista y despegó sobre la bahía y se convirtió en una mancha en el horizonte.
Volví a la casa, estacioné el coche y miré las huellas que habían dejado los caballos la noche anterior, los trozos de pasto arrancado y las marcas de herraduras y los montones de bosta aquí y allá. Entonces entré en la casa y, sin sacarme el saco siquiera, levanté el teléfono y marqué el número de Susan.

lunes, 7 de enero de 2008

Alvaro Mutis

PIENSO A VECES...
Para Alejandro Rossi
Pienso a veces que ha llegado la hora de callar.
Dejar a un lado las palabras,
las pobres palabras usadas
hasta sus últimas cuerdas,
vejadas una y otra vez
hasta haber perdido
el más leve signo
de su original intención
de nombrar las cosas, los seres,
los paisajes, los ríos
y las efímeras pasiones de los hombres
montados en sus corceles
que atavió la vanidad
antes de recibir la escueta,
la irrebatible lección de la tumba.
Siempre los mismos,
gastando las palabras
hasta no poder, siquiera, orar con ellas,
ni exhibir sus deseos
en la parca extensión de sus sueños,
sus mendicantes sueños,
más propicios a la piedad y al olvido
que al vano estertor de la memoria.
Las palabras, en fin, cayendo
al pozo sin fondo
donde van a buscarlas
los infatuados tribunos
ávidos de un poder
hecho de sombra y desventura.
Inmerso en el silencio,
sumergido en sus aguas tranquilas
de acequia que detiene su curso
y se entrega al inmóvil
sosiego de las lianas,
al imperceptible palpitar de las raíces;
en el silencio, ya lo dijo Rimbaud,
ha de morar el poema,
el único posible ya,
labrado en los abismos
en donde todo lo nombrado
perdió hace mucho tiempo
la menor ocasión de subsistir,
de instaurar su estéril mentira
tejida en la rala trama de las palabras
que giran sin sosiego en el vacío
donde van a perderse
las necias tareas de los hombres.
Pienso a veces que ha llegado la hora de callar,
pero el silencio sería entonces
un premio desmedido,
una gracia inefable
que no creo haber ganado todavía.

jueves, 3 de enero de 2008

Manuel Mujica Láinez


Un artista


En la "Hostería de la Manzana de Adán" tenían sus cuarteles unos cuantos literatos y desocupados que solían ir a filosofar frente a su bien abastecida chimenea. Era un viejo mesón cuyas paredes morunas, blanqueadas con cal, brillaban a la luz de la luna.


Allí, entre el humo de las pipas y el chocar de los vasos, los bohemios hacían derroche de espíritu y buen humor. Una vez, por mera curiosidad, visité dicho establecimiento.


El interior constaba de una sala en la que cabrían hasta veinte mesas. A la luz vaga de los candelabros, advertíanse apenas los rostros de los jubilosos escritores; pero sonoras carcajadas delataban su presencia. Recuerdo que llamó mi atención un hombre que, con aristocrático desdén, no parecía querer unirse a los demás.


La luz vacilante de un cirio le daba de lleno en el rostro, en el que ponía largas pinceladas de oro. Era alto y fino. Evocaba los lienzos borrosos de Holbein y de los maestros flamencos.


Los lacios cabellos y la barba rubia prestábanle cierto parecido con San Juan Evangelista. Pero lo que más me impresionó fueron sus ojos, maravillosamente puros y azules, llenos de dulzura. Estaba de pie, apoyado contra el dintel de una puerta, y fumaba lentamente en una larga pipa de porcelana alemana. Ignoro de qué modo trabé relación con él. Como por artes mágicas me vi sentado frente a él, ante una mesa en que brillaban dos gruesos vasos de cerveza.


Fijeme, entonces, en su raído traje y en la corbata romántica, anudada con despreocupación, y pensé: un poeta. Era un pintor. Así me lo dijo mientras que, en el desvencijado pianillo, una mujer de grandes ojos rasgados comenzó a tocar un nocturno de Chopin.


Apagáronse los profanos murmullos. Suavemente, con voz musical que parecía seguir el ritmo doloroso del Nocturno, mi pintor habló. Pertenecía a la escuela de los artistas que quieren revivir en sus telas el arte muerto de Bizancio. Con los ojos cerrados, acariciándose la barba, narró el fasto de las opulentas ciudades de Teodora.


Fue un verdadero friso, un bajorrelieve, el que puso ante mis ojos deslumbrados.


Y había en él patriarcas severos, emperadores indolentes y cortesanas suntuosas, envueltos todos en el fulgor extraño de las joyas. Los inmensos palacios de mármol y mosaicos se levantaban, piedra a piedra, en mi imaginación. Veía el brillo de las tierras y el de los pesados anillos en las manos imperiales. Athenais... Irene... Las cúpulas de las basílicas se erigían como metálicos yelmos sarracenos.


Hechizado, lo escuchaba yo. Este hombre era un artista. Un verdadero artista. Hablaba de su arte, de sus ideales, con religioso fervor, como puede un sacerdote hablar de su culto.


Luego, sin transición, fija la mirada en un punto inaccesible, el desconocido me contó su vida, azarosa y miserable. A pesar de su profundo conocimiento de la historia antigua y de sus notables estudios bizantinos, el triunfo no había coronado sus esfuerzos.


Ahora, indiferente, vivía su vida interior sin preocuparse de lo que lo rodeaba. Tenía una gran indulgencia para con todos y su única defensa contra las adversidades y el hastío era encogerse de hombros.


-Ahí tiene usted a esos pobres muchachos -me dijo, señalando un grupo de jóvenes melenudos-. No hay ni uno de ellos que valga y, sin embargo, véalos usted felices, alegres, llamándose "maestro" mutuamente... A veces, vienen y me leen sus versos.


En sus sienes las venas azules y bien marcadas se hinchaban. Yo miraba sus manos de marfil viejo que, exhaustas, descansaban sobre la mesa. Temblaron un poco sus labios finos y sonrió con amargura.


En ese instante, el San Juan Evangelista se borró por completo de mi mente. Me parecía mi interlocutor un soberano oriental, un sátrapa persa, despreocupado y lánguido, como esos cuyo perfil voluptuoso se esfuma suavemente en las viejas monedas de oro del Asia Menor.


Se levantó y me dio la mano. Partía. Díjome que se llamaba Diego Narbona y vivía allí cerca. Quedé solo en mi mesa. Allá lejos, la chimenea murmuraba su triste cantar.


El humo era tan espeso que parecía envolvernos una densa niebla. Del grupo de los jóvenes melenudos uno recitaba... Mon âme est une Infante en robe de parade. Yo pensaba en mi pintor. Veíalo revistiendo el manto imperial de Justiniano, y elevando, con las manos cargadas de anillos, una pesada diadema. Una mujer hermosísima, hincada ante él, aguardaba el instante solemne de la coronación. Y esa mujer era la Belleza.


Aux pieds de son fautiel allongés noblement, deux lévriers d'Ecosse aux yeux mélancoliques...


Alguien, con el pie, marcaba el fin de cada verso. Detrás del mostrador, la hostelera miraba con admiración a sus parroquianos. A veces sonreía, mostrando un diente negro.


Encima de una mesa descansaba un grueso Diccionario Enciclopédico, y un muchachito pecoso lo hojeaba lentamente, leyendo por lo bajo: "Asur... Asur... Asurbanipal..." Despertándome bruscamente de un sueño recién comenzado, la puerta de entrada se abrió de par en par, y una mujer joven y bonita entró, llorando desesperadamente.


Su brazo sangraba.


-¿Otra vez aquí? -gruñó la mesonera de malhumor.


El más joven de los poetas se acercó a ella.


-¿Te ha pegado de nuevo? -dijo.


-Sí... Porque dejé que se quemara la tortilla...


Yo me aproximé. Parecíame imposible que un hombre pudiera maltratar a una mujer tan frágil... ¡Ah! Si mi amigo el pintor estuviera aquí, ¡cómo sabría consolarla! ¡Con qué suaves inflexiones de voz calmaría...! Compasivo, me acerqué más aún.


Ideas vengativas cruzaron por mi cerebro al verla tan bella, tan débil.


-¿Cómo se llama su marido? -rugí.


Ella levantó hacía mí sus ojos claros y azules que me recordaban otros dos ojos claros y azules, llenos de dulzura y pureza:


-Diego Narbona -me dijo...

domingo, 30 de diciembre de 2007

Augusto Monterroso


Míster Taylor


-Menos rara, aunque sin duda más ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.

Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.

Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como "el gringo pobre", y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.

En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.

Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.

De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:

-Buy head? Money, money.

A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.

Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.

Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.

Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.

Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió -previa indagación sobre el estado de su importante salud- que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y -no se sabe de qué modo- a vuelta de correo "tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos". Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió "halagadísimo de poder servirlo". Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.

Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.

De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.

Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.

Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.

Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.

Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.

Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.

Pero, ¿que quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.

Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.

Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.

Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.

Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.

Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía "Hace mucho calor", y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.

La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.

De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nóbel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.

Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.

Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.

¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.

Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.

Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.

Fue el principio del fin.

Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.

El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.

Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.

En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.

Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.

Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.

De repente cesaron del todo.

Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: "Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer."

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Nicanor Parra


El Hombre Imaginario

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

domingo, 9 de diciembre de 2007

Rodrigo Fresan


Sin título (cuento)

Siempre me causó cierta inquietud (en realidad una muy distintiva y, a mi parecer, comprensible irritación) el modo en que, en ocasiones, los artistas plásticos en general evitan ponerle nombre a muchas de sus obras. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué quieren decir y decirnos cuando no dicen nada o, peor, nos dicen que no tienen nada para decirnos?

Así, nos detenemos frente a un paisaje marino, a una galaxia de rombos de colores atómicos flotando en el espacio, a un hombre de espaldas a un bosque cubierto por la nieve, a una sola línea cruzando el lienzo blanco y —al inclinarnos para ver mejor, para entenderlo del todo— nos encontramos con una minúscula etiqueta donde se lee Sin título y el nombre del artista y una fecha al lado. A veces, para peor (me refiero a esa soberbia un tanto desvaída de esos ladrones de guante blanco o de aquellos asesinos seriales que jamás son atrapados), leemos un todavía más soberbio Sin título N. 47 o Sin título N. 62, como si la abstracción de lo que no tiene nombre pudiera ser comprendida con la ayuda de lo matemático. Es entonces cuando nos sentimos estafados, fieles abandonados por su dios en el peor momento de la tempestad, sin entender el motivo de semejante castigo. Pero, se sabe, Dios es Dios porque no necesita ni está obligado a dar explicaciones.
"Tonto, lo hacen para que le pongas el nombre que quieras; para que termines de crearlo", me dijo una vez una mujer demasiado hermosa para creer en semejante estupidez. Alguien capaz de, a fuerza de belleza, conseguir que cosas sin sentido suenen coherentes y hasta iluminadoras. Alguien tan peligroso como un iceberg en una noche oscura. Una de esas típicas niñas de apellido patricio me dijo eso, y yo la sentí parte de una conspiración invisible y me alejé para siempre de su lado con cualquier excusa. Una excusa sin título y con número y, en ocasiones, en un avión o en un barco —en las alturas sin título o en el azul marino N. 33— me dan un formulario vacío para que lo llene con letras y en la línea donde se pregunta ocupación yo contesto Alejador Profesional. A veces escribo Sin Título para ver cómo queda y, descubro, me perturba comprender que queda bien como suelen quedar bien las verdades incontestables.


En eso estoy ahora: alejándome, sin título. De todo y de todos menos de Benjamín Federov, de quien jamás podré alejarme porque son los muertos y no uno quienes —habiendo accedido al final de todo y conocedores de por qué empezaron ciertas historias— determinan la conclusión de algo, la mejor manera de darle un final a una historia.
Benjamín Federov bien podría ser el título de esta historia sin título, creo.
Benjamín Federov ha muerto
Así debería empezar todo esto porque de esto es de lo que quiero escribir aquí. Una frase corta, un hecho incontestable, un tema, una dirección segura: Benjamín Federov ha muerto. ¿Habrá una manera mejor de comenzar? Me temo y me alegra descubrir que no.
Benjamín Federov amaba las oraciones largas. Oraciones como esas caminatas de otoño, un domingo dorado por la mañana, sin mapa ni brújula y Handel en el aire. Oraciones que empiezan con una o dos coordenadas reconocibles para después extraviarse por el solo placer de que alguien vaya a buscarlas con perros y linternas cuando ya ha oscurecido y el frío desciende desde las alturas. Oraciones como esta oración que acabo de escribir pero —a diferencia de esta oración que acabo de escribir— oraciones perfectas o, como bien precisó alguien, "para bien o para mal, oraciones marca Federov".
Sin embargo, "Benjamín Federov ha muerto", descubro, es también una de esas sinuosas anacondas federovianas apenas escondida en las tripas de un breve gusano. A Benjamín Federov le gustaba, de tanto en tanto, dejar caer una oración corta más parecida a un mandamiento que a una instrucción. Un caballo de Troya de pocas letras ocultando un tumulto de palabras en sus tripas de madera. Uno de esos payasos peligrosos que saltan con una carcajada al abrirse la caja y provocan un ataque cardíaco en el incauto convirtiéndolo en historia digna de ser contada; porque una muerte absurda, en ocasiones, es lo único que acaba justificando una vida inocurrente.
Benjamín Federov tuvo una vida ocurrente y una muerte que no estuvo a la altura de su portentosa biografía. Al menos eso piensan todos y todos se equivocan. Yo lo veo —yo lo vi— levantarse para recibir otro honor y otra medalla y, de improviso, observé cómo Benjamín Federov se llevó la mano al pecho —como si buscara el reloj en el bolsillo de su chaleco para averiguar la hora exacta— y se derrumbó frente al estrado y a una más que apreciable concurrencia. En alguna parte leí que Honoré de Balzac en su lecho de muerte llamó a uno de sus personajes, un doctor ficticio, para que lo curara. A Benjamín Federov no le hizo falta llamar a ninguna de sus criaturas porque yo ya estaba allí.
Después, todos alrededor de una tumba en el hielo difícil del centro del invierno. Cuatro hombres con picos y palas cavando entre insultos de vapor y voz baja algo que parece más una caverna vertical que un foso. A Benjamín Federov le hubiera encantado la escena.

El ataúd de Benjamín Federov es un gran ataúd. Un ataúd digno de un rey. Un ataúd especialmente acondicionado para guardar todas esas oraciones largas y que no se escapen. Alguien pregunta si queremos dar una última mirada al difunto, alguien responde que sí y demoro casi medio minuto en comprender que fui yo. Me acerco al borde del ataúd, lo abren, miro hacia abajo y contengo el espanto del vértigo. Benjamín Federov me mira desde el fondo de un acantilado inaccesible, creo. Está con los pantalones arremangados hasta la rodilla, los pies en el principio o el final del mar, me parece que sonríe, que me sonríe a mí y no entiendo muy bien por qué. Entonces la viuda de Benjamín Federov (ella nunca tendrá nombre para mí, ella siempre será La viuda de Benjamín Federov, otra de sus tantas oraciones breves e inconmensurables, otro mandamiento imposible de desobedecer, otra forma engañosa del Sin Título) se acerca a mí y me toma del brazo y emprendemos el camino de regreso a cualquier parte. Atrás el sonido del ataúd que se cierra y los sonidos esforzados de los sepultureros. La superficie de la tierra, me parece, tiembla un poco para recibir los restos mortales de Benjamín Federov y enseguida la mecánica de las palas y la tierra devuelta a su lugar y todo indica que nevará por la noche. Mañana, nadie podrá decir que aquí fue enterrado un gigante. Ni siquiera los pájaros que ahora estrenan su lápida, se paran sobre ella, cantan algo que no entiendo. La viuda de Benjamín Federov me lleva del brazo como si yo fuera una de esas oraciones extraviadas hace tanto tiempo y entonces descubro el por qué de la sonrisa de Benjamín Federov y comprendo que Benjamín Federov murió para que yo pudiera nacer y, conmigo, persistiera su memoria terrible, su monstruoso recuerdo.
Yo soy el guardián de su templo y hay días —cuando veo uno de esos cuadros titulados Sin título— en que pienso en suicidarme y acabar con todo esto. Un suicidio le daría título a mi vida, razono frente a los espejos de los cuartos de hotel de pueblos siempre iguales, pueblos sin título, mientras me preparo para repetir (repetir no es el verbo correcto; pienso que mejor sería recitar o, tal vez, rezar) la misma conferencia de siempre. Abajo, en el vestíbulo, me esperan las autoridades municipales, las maestras, todos idénticos entre ellos por más que sus nombres y sus rostros cambien. Me sonríen, me felicitan, me tocan como, supongo, se tocaría a un apóstol de Jesucristo o a un lugarteniente de Napoleón: a alguien que estuvo allí. Me hacen preguntas primero tímidas y luego —concluida la conferencia y comenzadas varias botellas de vino— preguntas casi impertinentes en su curiosidad de fanáticos. Antes, claro, la breve caminata donde se cruza la plaza (siempre la misma estatua; el hombre a caballo, el brazo extendido señalando la posteridad que nunca llega y que sólo sirve para que lo caguen las palomas) hasta alcanzar la Casa de Cultura (siempre predecible en su arquitectura, siempre esa fachada de hospital que confundió el rumbo), y yo que repito los mismos movimientos como una marioneta de carne. Espero que me presenten y que se extingan los aplausos, me pongo de pie, avanzo hasta el estrado, me llevo la mano al pecho, miro fijo hacia adelante sin mirar a nadie, y digo bien claro las mismas palabras mágicas. Otra vez, con la resignación de un condenado. "Benjamín Federov ha muerto", digo. Y entonces, siempre, me siento más vivo que nunca.


Mi primer y único libro de cuentos —La chica que cayó en la piscina aquella noche— no responde a una estética federoviana, por más que un crítico haya creído ver en él "el amor traicionero y perfecto que sólo los mejores discípulos tienen la oportunidad de sentir por los mejores maestros". Los cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche poco y nada tienen que ver con el credo de mi maestro. De hecho, representan todo aquello que Benjamín Federov despreció en vida. Los cuentos de Benjamín Federov —especialmente los incluidos dentro de su Ciclo Canciones Tristes— son cuentos breves de oraciones largas, pero inmensos en su pura necesidad de acontecer y en la puntualidad sintética de sus intenciones. Los detractores de Federov repetían —una y otra vez, ante la imposibilidad de encontrar defecto alguno en lo que escribía— que su obra era "demasiado segura de sí misma" y "exhibicionista en su aparente humildad arquitectónica". Alguien denominó a sus relatos "novelas en miniatura" o "cuentos gigantes" o "ensayos con argumento" o "ecuaciones humanísticas". Puede ser que algo de verdad haya en ello y que por eso (no demoró en aparecer quien le reclamara una novela como prueba final de su maestría) Benjamín Federov jamás haya sentido la necesidad de escribir otra cosa que no fueran relatos. Benjamín Federov se refería, como ejemplo de su trabajo y de su sistema creativo, a la furiosa compresión que necesita el carbón para convertirse en diamante y en la felicidad de apreciar detalle por detalle. "Mi novela son todos mis cuentos juntos leídos en el orden que más le plazca al lector", se excusó desafiante. Los que alguna vez lo observaron escribir (me lo contaron; yo nunca lo vi durante el acto mismo de la creación) dicen que se trataba de una visión terrible e inolvidable: Federov lanzaba gritos, arrasaba con todo lo que había sobre su escritorio, pateaba sillas para caer sobre la alfombra preso de convulsiones con los ojos en blanco y espuma en la boca. Federov como uno de esos santos o profetas extremos, que luego se incorporaba con una sonrisa, se arreglaba la ropa, se sentaba a anotar la palabra justa como si nada hubiera ocurrido.
En más de una ocasión me señalaron que —de haber vivido para leerlos— Benjamín Federov habría despreciado todos y cada uno de los relatos incluidos en La chica que cayó en la piscina aquella noche. En especial el que le da título al libro. Me lo dicen con el respeto que se le dedica a los grandes traidores, a los más heroicos cobardes. Algunos —buscando un sitio donde apoyarse y desde el cual comprender— mencionan ese breve cuento-dentro-de-cuento en el centro de "Los amantes del arte" que, incluso en el título, sí muestra cierta contención federoviana, cierto núcleo moral y didáctico. Cuando me lo dicen guardo silencio. A veces sonrío. Cambio de tema. Es fácil: en realidad no quieren hablar de mí, sólo quieren que sea yo quien les hable de Benjamín Federov. Y yo no me hago rogar nunca. Yo obedezco a la voluntad de mi amo y señor, del autor de mis días y mis noches.

"Si la ficción no nos enseña algo de la realidad, entonces estamos perdidos", es una de las frases más citadas de Benjamín Federov. Digo eso, siempre, después de "Benjamín Federov ha muerto..."; y sigo con un "...pero sus cuentos están más vivos que nunca".
Los cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche nacieron muertos. Son complejos cadáveres narrativos que no enseñan nada ni les interesa hacerlo. Todo lo contrario. Son cuentos para personas que se han resignado a estar perdidas y que ya no buscan el camino de regreso a casa. Son cuentos que desenseñan y que no aspiran a ningún tipo de revelación virtuosa. Al ser incluido en una reciente antología de jóvenes narradores, el crítico de turno se refirió al cuento que da título al libro como "un atentado, un bomba de fragmentación escondida entre tantos relatos que empiezan, transcurren y terminan. Una rara y atendible paradoja, ya que se trata del cuento de quien es considerado el más dedicado discípulo y especialista en la obra de Benjamín Federov".
Ja.
Ja ja.
Ja ja ja.
El crítico no se atrevió a decir si el cuento era bueno o malo porque —si algo de perversamente genial tienen los cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche— es que, en su aparente condición gaseosa e inasible, parecen estar envasados al vacío perfecto, son imposibles de abrir como ciertos relojes y, sí, como ciertos cuentos de Federov.
Oraciones largas, de acuerdo; pero poco y nada que ver con las oraciones largas de Federov o —ya que estamos— las contadas oraciones cortas de Federov funcionando, siempre, como eficaz llave que abre esos trabajados portales de catedral europea o palacio gubernamental sudamericano. Entradas rebosando bajorrelieves repletos de figuras y líneas barrocas extendiéndose, a veces, por varias páginas antes de alcanzar el respiro de un punto y aparte. Para ponerlo más fácil: en su milagrosa y casi sobrenatural perfección, las oraciones largas de Benjamín Federov se leían como oraciones cortas de Benjamín Federov.
Y viceversa.

Los títulos de todos y cada uno de los cuentos de Benjamín Federov están plenamente justificados y de inmediato se entiende su razón de ser. Los títulos de los cuentos de Benjamín Federov son casi el argumento del cuento: "Una cacería", "Primer amor", "La mujer del otro", "En alta mar", "El taxista ruso", "La muerte de la inocencia", "El hombre que abrazaba las estatuas"...
Los personajes de los cuentos de Benjamín Federov rara vez tienen apellido y a menudo transcurren en tiempo presente y real y narran una acción que demora lo que se demora en leer un cuento.
Los únicos tres cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche con títulos a los que podría calificarse de federovianos son "En la frontera", "Los surrealistas", "Historia con monstruos"... Pero ninguno de los tres tiene algo que ver con un cuento de Benjamín Federov.
El primero narra un hipotético —pero imposible en lo cronológico— intercambio de dos escritores en una frontera imprecisa entre Europa y los Estados Unidos: Europa entrega a Vladimir Nabokov para que escriba la gran novela norteamericana a cambio de Henry James, quien deberá escribir la gran novela europea. Una broma para intelectuales.
El segundo es otra arbitraria alteración de la historia: Salvador Dalí, Max Ernst, Luis Buñuel, André Bretón, De Chirico, René Magritte y Man Ray aparecen como parte de un selecto escuadrón logístico de costumbres poco ortodoxas aunque efectivas en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.
El tercero es muy complicado de resumir aquí. Sólo diré que trata de un extra de 2001: A Space Odissey que se niega a quitarse su traje de mono y vive dentro de él durante años. Algo así.
Los cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche podrían titularse, todos, "Sin título".
Y después un número.
O ni siquiera eso.
Nadie se molestaría demasiado, salvo yo cuando me doy cuenta que sé todos y cada uno de esos cuentos de memoria; que ahora podría escribirlos, palabra por palabra, como si fuera la primera vez porque sería la primera vez, a pesar de que siempre me hayan parecido espantosos, a pesar de que ya estén escritos.

Yo no quería ser escritor.
Yo no quiero ser escritor.

Yo no soy escritor.
Yo quise ser pintor, luego músico, más tarde (la súbita conciencia de que no servía para eso me iba llevando de una disciplina a otra como quien pasea por las diferentes salas de un museo del todo y de la nada) pensé que lo mío podía tal vez estar en las matemáticas. Una novia que duró poco (como todas mis novias) me convenció (o yo quise convencerme) de ese absurdo del arte en los números. En realidad, descubro ahora, me abalancé sobre una ciencia exacta más empujado por el significado y el valor de esa palabra —exacta—, que parecía prometerme un orden previo en el que yo podría encontrar espacio y razón de ser. No importaba el hecho de que en el colegio primario hubiera sucumbido temprano ante la incomprensible novedad de los decimales y, más tarde, los números negativos me hubieran dado el tiro de gracia. Yo me resignaba a mis sucesivas vocaciones, las abordaba como si se tratara de trabajos mínimamente hercúleos con un entusiasmo ligeramente autómata, como se eligen los bombones de una caja dorada.
Pinté un paisaje marino horrible. Compuse una sonata pasable que —no tardaron en señalármelo— se parecía demasiado a no sé qué cosa de Debussy. (Yo sintonizaba la estación de radio clásica todas las noches; me dormía oyéndola y, tal vez, haya sido programado subliminalmente para el plagio casi hipnótico: no importa.) Lo único que produje en el campo de las matemáticas fue un ataque de histeria en uno de mis profesores, quien, luego de un breve período de curiosidad —era la época en que estaban de moda los disfuncionales estilo savant, la posibilidad del genio revolucionario escondido en el doble fondo del más obtuso—, no pudo creer la súbita corporización de semejante idiota en su clase y enloqueció de impotencia frente a sus estudiantes.
Alguien me sugirió entonces que me dedicara a la actuación.

Yo conocí a Benjamín Federov cuando salía de una de mis clases en el conservatorio dramático. Yo ya estaba seguro que mi pasaje por las tablas no iba a prosperar, pero, hasta entonces, no había tenido mayor problema porque todo se había limitado a ejercicios de relajación. El haberme quedado dormido en una clase fue celebrado por mi maestro como muestra de entrega y pasión por mi parte, y no demoré en conseguir novia entre mis compañeras, una chica que aseguraba que Shakespeare había sido mujer o extraterrestre o el alias colectivo de varios autores, no me acuerdo muy bien.
Me acuerdo, sí, que salí a la calle corriendo por alguna de esas varias razones por las que alguien que tiene mi edad de entonces puede llegar a correr. No molesta que uno corra entonces, y hasta se nos antoja coherente la súbita irrupción en escena de un joven corriendo, del mismo modo que no cuestionamos en aquellas viejas películas el modo en que los actores suelen entrar en cuadro (en habitaciones, en ascensores, en camarotes, en autos) siempre riendo por alguna extraña razón que se nos escapa. Digo que yo salí corriendo a la calle y choqué contra el cuerpo imponente de Benjamín Federov en el momento exacto en que el escritor posaba para una fotografía junto a un portal. La foto hoy es famosa y cuesta poco encontrarla en el insert de láminas de las tres o cuatro biografías respetables de Benjamín Federov. La foto apareció primero a los pocos días en una revista con un epígrafe pretendidamente gracioso donde se leía algo del estilo: "El lector deslumbrado por el escritor." Después, con el correr del tiempo, la foto adquirió un valor histórico porque supo capturar el instante preciso en que el maestro conoció a su aprendiz. En la foto, en blanco y negro, se puede observar a Benjamín Federov apenas sorprendido por mi súbita irrupción en su mundo. El escritor aparece de pie, sólido y vertical, con el gesto adusto e imperecedero de una estatua y yo, de rodillas y con una mueca de dolor en el rostro tan fácil de confundir con el éxtasis, lo contemplo como aquel que parece haber nacido nada más que para contemplar una estatua. Un espectador profesional. Un inútil testigo de milagros en los que todos creen. Esos milagros para los que, en realidad, no hace falta ningún testigo porque no hay nadie digno de ponerlos en duda.
Una foto pudo alguna vez haber sido algo milagroso, pero ya no lo es. Lo que hay de mágico en una foto, hoy, no tiene nada que ver con el asombro de un proceso técnico sino con la posibilidad de que, siendo una de las expresiones más consumadas de la fidelidad y de lo verdadero, todo lo que allí se ve no sea más que la más perfecta de las mentiras. Así, un hombre y una mujer que se detestan sonriendo juntos a la cámara; así, la falacia de un eclipse que dura para siempre.
De todas las mentiras fotografiadas que me ha tocado contemplar, aquella que me muestra a mí a los pies de Benjamín Federov es mi foto mentirosa preferida. Pero, también, no es más que eso. Poca cosa. Algo importante para mí que no tiene por qué importarle a los otros. Un segundo sin especial significado que, sometido sin pedir permiso a los riesgos de la eternidad, no tiene otra opción que la de la mentira para justificar semejante blasfemia. Es una foto que muestra a dos personas (una de ellas muy famosa) felices de saberse ajenas al destino de casi toda fotografía: acabar perdiendo todo valor anecdótico o sentimental para terminar ocupando un sitio leve en la superpoblada historia de la fotografía. El único problema es que la historia que redime a la foto que acabo de mencionar no puede ser contada, porque contarla equivaldría a condenarme. No seré yo quien firme mi propia sentencia de muerte. Prefiero esta plácida cadena perpetua que me obliga a subir a un escenario, aclarar mi garganta una vez más, oír mi propia voz como si fuera la de otro diciendo una y otra vez, hasta el fin de los tiempos, "Benjamín Federov ha muerto".
En la primera fila del teatro, de la casa de cultura, de la biblioteca, de la escuela, de todas partes, la viuda de Federov me mira fijo y sonríe una de esas sonrisas capaces de albergar tantos significados. A veces siento que me odia, que lo sabe todo y que todo esto le divierte. Otras que me ama con un amor vertiginoso, podrido e imposible.
Da igual.
Todo esto transcurre en cualquier época y en cualquier lugar.
Lejos.
Sin título.

Yo no soy el que cuenta todo esto pero, por unas pocas páginas, me convierto en su voz y en su vida. Yo me refugio, una vez más, en el recurso metaficcional de estar escribiendo (o intentando escribir) un cuento titulado "Sin título". Yo vuelvo a adoptar este tono y esta forma que, la verdad, empiezan a cansarme un poco y qué más querría que dejarlo atrás de una buena vez por todas.
"Sin título" es —creo, espero, ruego— el último round de esta lucha, la última carga de una brigada demasiado pesada. Lo escribo lejos de donde se me ocurrió. Se me ocurrió en un taxi, conversando con un amigo escritor, recordando historias de un amigo muerto que no era escritor pero sí era un gran personaje. Lo escribo ahora, casi dos años después, mientras afuera nieva y, aquí adentro...
Si Benjamín Federov hubiera existido y no fuera apenas una especie de polución virósica resultado de una reciente sobreexposición a esos cuentos de Henry James: cuentos de fantasmas sin fantasma, cuentos donde siempre hay un aprendiz de escritor que visita a su maestro admirado con el sólo fin de descubrir el modo de aprender a odiarlo un poco. Si Benjamín Federov hubiera escrito esos cuentos que yo nunca hubiera podido escribir, bueno, estoy seguro que en todos los cuentos de Benjamín Federov habría nieve.
Invento —dictamino ahora— que Benjamín Federov es el escritor de la nieve. El que mejor ha sabido ponerla por escrito. La nieve como maná o, quién sabe, como la caspa sacramental de Dios colándose por esos agujeros que son las estrellas. Por eso, casi por reflejo, pienso, siempre abrimos la boca para que entre la nieve y comulgar con el misterio de la naturaleza, la gravedad y el arte mínimo e irrepetible de copos de nieve que —como las huellas dactilares— son siempre diferentes, siempre nuevos. Afuera, mientras escribo esto, los niños hacen muñecos de nieve. A su imagen y semejanza. Más o menos.
Decido —pido permiso a quien corresponda— que el cuento más famoso de Benjamín Federov se titula "El hijo de la nieve" y cuenta la historia de un pequeño y flamante huérfano. Sus padres han muerto en el extranjero, el barco en el que viajaban naufragó, sus cuerpos nunca fueron recuperados. La primera noche del resto de su vida, el niño se despierta y descubre que está nevando y sale a la noche a construir dos muñecos de nieve lo más parecidos que pueda a sus padres, porque necesita ver cómo se derretirán a la mañana siguiente.

Tal vez por admirar tanto a la nieve, me resisto a explicaciones. No me interesa que me cuenten por qué nieva, desconfío de los hombres del tiempo y de las mujeres del tiempo. Elijo no pensar en que —lo siento, en serio—, para muchos, la nieve es una tragedia, un enemigo. Yo estoy en deuda con la nieve. Prefiero, en cambio y a modo de agradecimiento, escribir nevadas. Creo que fue un duro escritor de serie negra quien dijo que, cuando no sabía qué hacer con un texto, siempre recomendaba "hacer que entre un hombre con un revólver en la mano". Tal vez influido por Benjamín Federov, cuando no se me ocurre nada yo hago que nieve en mis cuentos y novelas. La abundancia de nieve en mi ficción no es más que la prueba fehaciente de que a menudo no sé qué hacer, pero, también, de que sí sé hacer nevar. Entonces todo funciona y descubro el camino. Basta con seguir las huellas en la nieve de todos los que me precedieron. Corro tras ellos para decirles gracias, antes de que sea demasiado tarde, que deje de nevar. Me gusta pensar que, si se presta atención, podemos oír el momento exacto en que alguien aprieta el botón que activa el mecanismo blanco y que hace que los cielos se abran para que la nieve caiga sobre nosotros o, quién sabe, para que nosotros ascendamos hacia ella.

Pero, otra vez, me estoy alejando todavía más de lo que quiero contar y este cuento —si fuera un cuento de Benjamín Federov— estaría narrado de una manera mucho más directa y se podría llamar "El guardián del fantasma" o "La puerta" o "El idiota". Los títulos federovianos son engañosamente amplios y bien iluminados en su amplitud, y hasta pueden intercambiarse entre ellos de un cuento a otro sin que la línea del horizonte pierda su capacidad de ser entendida como lo que es: el principio y el fin donde se posan todas las cosas que fueron y serán.
El cuento es este y su trama tiene el singular atractivo de lo banal, porque nada nos atrae más que la sombra de lo vulgar latiendo detrás de las cortinas de lo elegante. No lo voy a escribir como lo hubiera escrito Benjamín Federov. Estoy un poco apurado, tengo pocas ganas de escribir. Lo empecé hace unos meses, lo termino ahora. Tuvo que nevar para que yo supiera cómo terminar este cuento.
¿Quién puede tener ganas de quedarse adentro escribiendo cuando se puede salir a leer la nieve?

Había una vez un gran escritor. El gran escritor es atropellado en la calle por un joven desconocido. El momento —por casualidad o porque era necesario que así fuera— es capturado en una foto que el gran escritor ve en una revista días más tarde. Le causa gracia y busca y encuentra al joven. Lo invita a su casa, le presenta a su mujer y descubre que el joven tiene pretensiones artísticas, pero nada demasiado serio o preocupante. El gran escritor decide que el joven es el espécimen perfecto que estaba buscando para su experimento. El gran escritor le regala sus libros —que el joven nunca leyó— y lo acompaña hasta la puerta. Perturbado por la proximidad de la gloria, el joven comienza a asistir a las conferencias del gran escritor sin entender muy bien por y para qué. A veces intercambia alguna palabra con el gran escritor o se da importancia delante de una novia con lunares en todos los sitios correctos. Nada que merezca ser recordado. Años más tarde, el día en que el gran escritor muere durante una de sus conferencias, la flamante viuda se acerca al joven y le dice, entre lágrimas, que cuentan con él para pronunciar la elegía durante el entierro, que así siempre lo quiso su esposo. El joven, conmocionado, no entiende, no dice palabra y sólo asiente. Esa misma noche, en su casa, el joven recibe un sobre lacrado enviado por el abogado del gran escritor para ser abierto en privado y después de la muerte de su célebre cliente. Adentro hay una carta del gran escritor explicándolo todo y diciéndole que tiene un favor que pedirle. "¿Quién puede negarle un favor a un muerto?", sonríe el gran escritor en la carta. En el sobre hay dos manuscritos. El primero de ellos es una especie de biografía de una amistad inexistente. Páginas y páginas de situaciones y episodios que nunca tuvieron lugar entre el gran escritor y el joven, conversaciones trascendentes sobre la naturaleza de la literatura y pequeños e inmensos momentos cotidianos. Las últimas tres páginas de este manuscrito son la elegía que el joven deberá pronunciar frente a la tumba del gran escritor. La carta instruye al joven para que se aprenda esas páginas de memoria y las queme lo más pronto posible. El segundo manuscrito es un libro de cuentos. Cuentos inéditos. Cuentos de forma y estilo que nada tienen que ver con los cuentos del gran escritor. Al joven le sorprende, apenas, descubrir que en la portada de ese manuscrito —que puede titularse o no La chica que cayó en la piscina aquella noche— se encuentra su nombre y, en la primera página, una dedicatoria al gran escritor. El joven lee los cuentos, no los entiende, son cuentos raros, pero cree comprender la monstruosa hazaña del gran escritor. ¿Habrá algo más parecido a ser dios para un escritor que el crear a otro escritor a su imagen y semejanza y, no conforme con ello, dotarlo también con el don de la traición? El joven acude al entierro, recita la elegía. Descubre que la viuda del gran escritor lo trata como a una continuación natural de su marido, lo adopta como un hijo que nunca tuvo, le habla una y otra vez del gran escritor y le pide que le cuente qué era lo que hacían en esas largas noches en que salían solos. El joven comprende que la trama del gran escritor también tiene un costado sórdido y acaso muy lejano a todo lo que tiene que ver con el arte. Tal vez otra mujer. O una existencia de pecado inconfesable. Una puerta que no se abre porque nadie sabe que está allí. No importa que él no tenga la llave, él es el único que conoce la existencia de esa puerta y es esta parte velada de la historia (una parte que ni siquiera yo conozco) la que lo impulsa a continuar con la farsa. El sentirse que sabe más que los otros y no un simple instrumento es lo que salva al gran escritor y condena al joven, quien publica el libro de cuentos que nunca escribió con su nombre y adquiere una relativa fama como extraño pez luminoso nadando junto a la sombra del intimidante leviatán. Su figura no tiene título. Su voz no es suya. Tampoco es mía esta voz que ahora mira al distinguido público aquí reunido para honrar otra vez la memoria de un artista inmortal y dice "Benjamín Federov ha muerto" y piensa "yo soy el guardián del fantasma, yo soy la puerta, yo soy el idiota" mientras afuera sigue nevando, no dejará de nevar durante semanas, y me hace muy muy muy muy feliz que así sea.