domingo, 29 de abril de 2012

MIKHAIL LÉRMONTOV

DEMON


(Fragmento I) 

       Juro por la estrella de medianoche,
por el rayo del ocaso y del levante,
que el soberano de la dorada Persia,
o ningún Rey terrestre
ha besado tales ojos.

       Jamás en una tarde calurosa
la fuente salpicante del Sultán
ha bañado tal talle
con su rocío de perlas.

       Aún ninguna mano terrestre,
errando por la frente querida
destrenzó tales cabellos.

       Desde que el mundo perdió el Paraíso,
lo juro yo, tal belleza
no ha crecido bajo el sol meridional.
(Fragmento II)
       Vuela el caballo más rápido que un ciervo; bufa y se abalanza como para la batalla. Se detiene de pronto en su carrera, rígidas al viento las orejas, las narices vibrantes, y de nuevo se lanza, enloquecido, golpeando el suelo con los tacos de sus herraduras resonantes y sacudiendo su crin, desmelenado.

       Lo monta un jinete silencioso que vacila en la montura hasta unir su cabeza con la crin. Ya no maneja la brida, pero su pie va ajustado al estribo, y se ven en la gualdrapa los chorros anchos de sangre.

       ¡Corcel audaz, como flecha sacaste a tu amo fuera del combate, pero la bala traidora del osetio lo alcanzó en las tinieblas!

       Hay llanto y gemidos en la familia de Gudal. La gente se aprieta en el patio. ¿De quién es el caballo que llegó cubierto de polvo y cayó en las piedras junto a la reja?
       ¿Quién es ese jinete sin aliento?

       Las arrugas de su rostro moreno guardan aún la ansiedad de la batalla. Están cubiertas de sangre sus armas y sus ropas, y en un apretón furioso, su mano se ha congelado en la crin...

       ¡No fue por mucho tiempo que esperaste, novia, a tu joven prometido! Ha cumplido su palabra de príncipe: llegó a la fiesta nupcial...

       ¡Ay, nunca más montará en la silla de su corcel audaz!...
(Fragmento III)
       ¡Sobre la familia incauta descendió como trueno el castigo de Dios! Cayó en su lecho sollozando la pobre Thamar. Las lágrimas se deslizan una tras otra; respira con dificultad.

       Y le parece oír sobre ella una voz mágica:

       ¡No llores, niña, no llores en vano! Tus lágrimas no caerán como rocío vivificante sobre el cuerpo mudo. Tan sólo nublarán tu mirada clara, quemarán tus mejillas virginales...

       Él está lejos; no reconocerá ni apreciará tu dolor. Una luz celeste acaricia ahora la mirada incorpórea de sus ojos, y está oyendo las melodías del Paraíso ya...

       ¿Qué son los sueños mezquinos de la vida, los gemidos y las lágrimas de una muchacha infeliz, para él, huésped de la región empírea? No... el destino de los mortales, créeme, ángel terrestre mío, no vale un instante de tu preciosa pena.

       Por el mar aéreo, sin velas, sin timón, armoniosos, flotan en la niebla los corros de los astros.

       Por los espacios infinitos de los cielos, pasan sin dejar huellas los tenues rebaños de nubes transparentes.

       Para ellas no hay dicha ni dolor en las horas del encuentro o de la separación.

       No esperan nada del porvenir ni recuerdan el pasado.

       Acuérdate de ellas en el día penoso del infortunio.

       ¡Impasible ante todo lo terrestre, sé indiferente y serena como las nubes!

       Tan pronto como la noche cubra las cimas del Cáucaso; tan pronto como el mundo calle encantado por una voz mágica; tan pronto como el viento sobre la roca agite la hierba marchita, y el pájaro escondido revoloteé alegremente en las tinieblas, y bajo la viña una flor nocturna se abra bebiendo el rocío celeste con avidez; tan pronto como la luna rubia se levante quieta tras del monte y te mire furtiva, volaré hacia ti, me quedaré contigo hasta el alba, y a tus sedosas pestañas les enviaré dorados sueños...
(Fragmento IV)
       “¡Padre!... ¡Padre! No más amenazas. No reprendas a tu Thamar. Lloro. ¿No ves estas lágrimas mías? No son las primeras... No seré de nadie. Dilo a mis pretendientes. La húmeda tierra me quitó mi esposo, y jamás daré a otro mi corazón.

       Después que enterramos al pie del monte su cuerpo ensangrentado, un espíritu maligno me turba con una irresistible visión. En la quietud de la noche una multitud de sueños extraños me inquieta. De día mi alma no puede rezar. Mi pensamiento se aleja de las palabras y un fuego corre por mis venas...

       Me consumo, me marchito cada día más.

       Padre, mi alma sufre... ¡Padre mío, ten piedad de mí!

       Entrega a un convento esta desesperada hija tuya. Allí me defenderá el Salvador... Frente a Él verteré mi pena.

       Ya no hay goces para mí en el mundo...

       Deja que la celda sombría me reciba como una ataúd”.
(Fragmento V)
        “Yo, libre hijo del éter, te llevaré por los espacios, más allá de las estrellas, y serás la reina del mundo, preciosa amiga mía. Sin pesar, sin compasión, mirarás la tierra, donde no hay verdadera ni eterna belleza, donde sólo hay crímenes, donde sólo mezquinas pasiones viven, donde no se sabe ni amar ni odiar sin temor.

       ¿No sabes tú lo que es el amor pasajero de las gentes?

       ¡Agitación de la sangre joven! Pero pasan los días y se enfría la sangre.

       ¿Quién resistirá a la separación, a la seducción de la nueva belleza, al cansancio, al tedio, a los caprichos del ensueño?

       ¡Ah, no, amiga mía, no es tu destino marchitarte en el círculo estrecho, esclava del celo grosero de la gente, entre los pusilánimes, los fríos, amigos falsos y enemigos, temores y vanas esperanzas, labores vacías y penosas!

       No te apagarás detrás de estas altas murallas tristemente, sin pasiones, tan lejos de Dios como del mundo. ¡Oh, mi bella criatura, a otro estás predestinada! ¡Otro dolor te aguarda; la hondura de otro éxtasis! Libra tus deseos pasados a su propia suerte, abandona el mundo deplorable. Yo te mostraré, en cambio, un abismo de conocimientos soberbios y pondré a tus pies una muchedumbre de servidores. Te daré esclavas ágiles y encantadoras, mi bella.

       De la estrella del levante arrancaré para ti la diadema rubia. Cogeré el rocío de la medianoche y con sus perlas cubriré tu diadema. Con un rayo del poniente envolveré tu talle y con hálitos de fragancia llenaré el aire alrededor de ti...

       Te acariciaré el oído a toda hora con una melodía divina.

       Te construiré un palacio soberbio de turquesas y de ámbar.

       Bajaré al fondo del mar.

       Volaré tras de las nubes.

       Te daré todo, todo lo terrestre. ¡Quiéreme!...”

Fuente:http://www.poeticas.com.ar/Antologias/Doce_poetas_rusos/Poemario/Lermontov_Mikhail/demon.html

sábado, 25 de febrero de 2012

Tomas Transtromer

SIESTA

Pentecostés de piedras. Y con lenguas crujientes...

La ciudad ingrávida en el espacio del mediodía.

Sepultura en luz hirviente. El tambor que acalla

los palpitantes puños de la eternidad cautiva.

El águila sube y sube sobre los que duermen.

Un sueño en que la piedra del molino se vuelve como el trueno.

Pasos del caballo con la venda en los ojos.

Los palpitantes puños de la eternidad cautiva.

Los que duermen cuelgan como péndulos en el reloj del tirano.

El águila planea, muerta, en las cascadas que fluyen del sol.

Y resonando en el tiempo -como el ataúd de Lázaro-

el ombligo que late, de la eternidad cautiva.


Fuente: http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/2194/Poemas_escogidos_de_Deshielo_a_mediodia_de_Tomas_Transtromer

Adonis

EL COLOR DEL AGUA

Tu color es el color del agua,

oh cuerpo del lenguaje

allí donde el agua es

levadura, rayo o fuego.

El agua se enciende y se convierte en rayo, se convierte

en levadura y en fuego,

en nenúfar

que pide mi almohada

para dormir...

Oh río del lenguaje,

viaja conmigo dos días, dos semanas por la levadura de los secretos,

recogeremos mares, descubriremos madreperlas,

lloveremos rubíes y ébano,

aprenderemos que la magia

es un hada negra

que no se enamora más que de el mar.

Viaja conmigo, aparece aquí... desaparece allí...

y pregunta conmigo, oh río del lenguaje,

por la concha que muere para convertirse

en nube roja

de lluvia,

en isla

que camina o vuela,

pregunta conmigo, oh río del lenguaje,

por una estrella cautiva

en las redes del agua

que lleva entre sus pechos

mis últimos días.

Pregunta conmigo, oh río del lenguaje,

por una piedra de la que brota el agua,

por una ola de la que nace la roca,

por el animal del almizcle, por una paloma de luz.

Desciende conmigo por el tragaluz de las tinieblas

al lugar

donde habita el tiempo roto

para que el lenguaje sea

un poema que se viste con el rostro del mar.


Fuente: http://www.poesiaarabe.com/el_color_del_agua.htm

martes, 24 de enero de 2012

Stig Dagerman

Matar a un niño

Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?

Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán. Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató… Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para "hacer este solo minuto diferente".

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.



Fuente:http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/dagerman/stig_dagerman.htm

Katherine Mansfield

Sopla el viento

Repentinamente... horriblemente... ella se despierta. ¿Qué ha ocurrido? Ha ocurrido algo horrible. No, no ha ocurrido nada. Es sólo el viento que estremece la casa, sacudiendo las ventanas, golpeando un hierro del techo y haciendo temblar su cama. Las hojas pasan aleteando frente a su ventana, alejándose hacia arriba; en la avenida un periódico completo se agita en el aire como una cometa perdida y cae clavándose en un pino. Hace frío. El verano ha terminado... es otoño, todo es feo. Los carros pasan ruidosamente, balanceándose de lado a lado; dos chinos avanzan a pasitos cargados con un balancín de madera del que penden los cestos cargados de verduras... sus coletas y sus blusas azules volando al viento. Un perro blanco de tres patas pasa aullando frente a la cerca. ¡Todo ha terminado! ¿Qué ha terminado? ¡Oh, todo! Y ella empieza a recogerse el pelo con dedos temblorosos, sin atreverse a mirar en el espejo. En el vestíbulo, mamá habla con la abuela.

-¡Una perfecta idiota! Imagínate, dejar todo en la cuerda con un tiempo como éste... Ahora mi mejor mantel de Tenerife está hecho jirones. ¿Qué es ese olor tan raro? ¡Se quema el guisado! ¡Oh, cielos, este viento!

A las diez tiene lección de música. Ante esta idea, empieza a sonar en su cabeza el movimiento en tono menor de Beethoven, con sus trinos largos y terribles como el redoble de pequeños tambores... Marie Swanson corre por el jardín de la casa de al lado para recoger los crisantemos antes de que se destrocen. La falda se le vuela por encima de la cintura, ella trata de bajársela, de metérsela entre las piernas mientras se agacha, pero de nada sirve... el viento se la levanta. Todos los árboles y arbustos se agitan a su alrededor. Ella arranca las flores tan rápido como puede, pero está muy aturdida. No sabe lo que hace: arranca las plantas de raíz y dobla y retuerce los tallos, patalea y maldice.

-¡Por el amor de Dios, dejen cerrada la puerta del frente! ¡Entren por atrás! -grita alguien. Y después la voz de Bogey:

-Mamá, te llaman por teléfono. Teléfono, mamá. Es el carnicero.

¡Qué horrible es la vida... un asco, simplemente un asco! Y ahora, para colmo, se le ha roto el elástico del sombrero. Por supuesto. Se pondrá su vieja boina y se escabullirá por atrás. Pero mamá la ha visto.

-¡Matilde! ¡Matilde! ¡Regresa de inmediato! ¿Qué diablos te has puesto en la cabeza? Parece un cubretetera. ¿Y por qué tienes esa melena cubriéndote la frente?

-No puedo demorarme, mamá. Llegaré tarde a mi clase.

-¡Regresa de inmediato!

No lo hará. No lo hará. Odia a su madre.

-¡Vete al infierno! -grita, y corre calle abajo.

En olas, en nubes, en grandes remolinos el polvo golpea, trayendo con él briznas de paja y pedregullo y abono. Los árboles de los jardines rugen y, desde el fondo de la calle donde vive el señor Bullen, llega el lamento del mar: “¡Ah... ah... !”

Pero la sala del señor Bullen está silenciosa como una caverna. Las ventanas están cerradas; entrecerrados los postigos, y ella no ha llegado tarde. La chica-que-está-antes ha comenzado a tocar “A un iceberg”, de MacDoweIl. El señor Bullen le lanza una mirada y esboza una sonrisa.

-Siéntate -le dice. Siéntate en un rincón del sofá, damita.

Qué divertido es. No es que se ríe de uno, exactamente... pero hay algo... ¡Oh, qué tranquilo está todo aquí!

Le gusta esta habitación. Huele a sarga, a humo rancio y a crisantemos... hay un gran jarrón lleno de crisantemos sobre la chimenea, junto a la desteñida fotografía de Rubinstein... a mon ami Robert Bullen... Sobre el negro y reluciente piano está colgado “Soledad”, un cuadro que representa a una mujer morena y trágica vestida de blanco, sentada sobre una roca con las piernas cruzadas y el mentón apoyado en las manos.

-¡No, no! -dice el señor Bullen, y se inclina sobre la otra chica y toca ese pasaje en el piano, pasando sus manos por encima de los hombros de la otra. ¡La muy estúpida... se sonroja! ¡Qué ridícula!

Ahora la chica-que-está-antes se ha ido, la puerta del frente se cierra de un portazo. El señor Bullen regresa y camina de arriba abajo muy suavemente, esperándola. ¡Qué extraordinario! Sus dedos tiemblan tanto que no puede deshacer el nudo de su carpeta de música. Es el viento... Y su corazón late con tanta violencia que le parece que le levanta y le baja la blusa con cada latido. El señor Bullen no dice una palabra. En el ajado y rojo taburete del piano entran dos personas. El señor Bullen se sienta junto a ella.

-¿Empiezo con las escalas? -pregunta ella, retorciéndose las manos-. También tenía unos arpegios.

Pero él no responde. Ella cree que ni siquiera la ha oído... y entonces, de repente, su fresca mano, la que tiene el anillo, se extiende y abre el tomo de Beethoven.

-Vamos a hacer algo del viejo maestro -dice.

Pero por qué le habla con tanta amabilidad... con tantísima amabilidad... y como si se conocieran desde muchísimo tiempo atrás, y lo supieran todo uno de otro.

Lentamente, él vuelve la página. Ella observa su mano... es una mano hermosa y siempre parece recién lavada.

-Estamos aquí -dice el señor Bullen.

Oh, esa voz amable. Oh, ese movimiento: en tono menor. Aquí vienen los pequeños tambores...

-¿Hago la repetición?

-Sí, pequeña.

Su voz es demasiado, demasiado amable, las corcheas y los trinos bailan de arriba abajo en el pentagrama como negritos sobre una cerca. Por qué es tan... Ella no llorará... no tiene por qué llorar...

-¿Qué te pasa, pequeña?

El señor Bullen le toma las manos. Su hombro está justo junto a su cabeza. Se apoya un poquitito en él, pone su mejilla contra la áspera tela.

-La vida es tan horrible -murmura, pero no siente en absoluto que sea horrible. Él dice algo acerca de “esperar” y “marcar el tiempo” y “ese raro ser que es una mujer”, pero ella no lo escucha. Es tan cómodo esto... para siempre...

De repente la puerta se abre y aparece Marie Swanson que ha llegado horas antes de su clase.

-Toca el alegretto un poco más rápido -dice el señor Bullen, y se levanta y empieza a caminar de arriba abajo una vez más.

-Siéntate en el rincón del sofá, damita -le dice a Marie.

*

El viento, el viento. Es aterrador estar aquí sola en su cuarto. La cama, el espejo, el jarro y la jofaina blancos relucen como el cielo. La cama es lo más aterrador. Allí está, profundamente dormida... ¿Acaso mamá se imagina por un momento que ella zurcirá todos esos zoquetes anudados sobre la colcha que parecen serpientes? No lo hará. No, mamá. No veo por qué debo hacerlo... ¡El viento... el viento! Hay un raro olor a hollín que se cuela por la chimenea ¿Alguien le ha escrito poemas al viento...? “Traigo flores frescas a las hojas y lluvia”... ¡Qué tontería!

-¿Eres tú, Bogey?

-Vamos a caminar por la explanada, Matilde. No aguanto más.

-Ahora mismo. Me pondré el impermeable. ¡Qué día espantoso!

El impermeable de Bogey es igual al de ella. Abrochándose el cuello, se mira en el espejo. Tiene el rostro pálido, los dos tienen los mismos ojos excitados y los labios calientes. ¡Ah, qué bien conoce a esos dos del espejo! Hasta luego, querido, regresaremos pronto.

-Esto es mejor, ¿no es cierto?

-Agárrate de mi brazo -dice Bogey.

No pueden caminar tan rápido como quisieran. Con las cabezas gachas, apenas rozándose las piernas, dan zancadas como una sola y ansiosa persona a través de la ciudad, por el asfalto que zigzaguea y junto al que crece salvaje el hinojo, hasta llegar a la explanada. Oscurece... empieza a oscurecer. El viento es tan fuerte que tienen que esforzarse por avanzar, tambaleándose como dos borrachos. Todas las pobres plantitas de pohutukawa de la explanada se doblan hasta el suelo.

-¡Vamos! ¡Vamos! ¡Acerquémonos más!

El mar está muy alto por encima de la escollera. Se quitan los sombreros y el pelo se les vuela hasta la boca, con gusto a sal. El mar está tan revuelto que las olas no rompen sino que golpean contra el áspero muro de piedra, absorbiendo las algas de los goteantes peldaños. Una fina llovizna de agua de mar azota la explanada. Bogey y ella están cubiertos de gotas, en la boca siente un sabor frío y húmedo.

A Bogey le está cambiando la voz. Cuando habla recorre todos los extremos de la escala. Es divertido... hace reír... y de algún modo está de acuerdo con el día. El viento se lleva sus voces... lejos vuelan sus frases como delgadas saetas.

-¡Más rápido! ¡Más rápido!

Ya está muy oscuro. En el puerto, las barcazas carboneras tienen dos luces: una en el mástil y otra en la popa.

-Mira, Bogey. Mira allí.

Un gran vapor negro que deja escapar una larga columna de humo, con las escotillas iluminadas, con luces en todas partes, está saliendo al mar. El viento no lo detiene, corta las olas en dirección al paso que se abre entre las rocas puntiagudas, en camino a... Es la luz lo que lo hace parecer tan bello y misterioso... Ellos están a bordo, con los brazos entrelazados y apoyados en la barandilla.

-... ¿Quiénes son?

-... Son hermanos.

-Mira, Bogey, allí está la ciudad. ¿No parece pequeña? Allí está el reloj del correo dando la hora por última vez. Allí está la explanada por la que caminamos aquel día ventoso. ¿Te acuerdas? Aquel día lloré en mi clase de música... ¡Cuántos años atrás! Adiós, islita, adiós...

Ahora la oscuridad extiende un manto sobre las aguas revueltas. Ya no se ven las siluetas de esos dos. Adiós, adiós. ¡No nos olviden!... Pero, ahora el barco se ha ido.

El viento... el viento.



Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/mansfi/km.htm

lunes, 8 de agosto de 2011

ROBERT A. HEINLEIN

LAS VERDES COLINAS DE LA TIERRA


I

Esta es la historia de Rhysling, el Cantor Ciego de los Espacios, pero no en su versión oficial. En el colegio se cantan sus palabras:

Oremos por un último aterrizaje
en el globo que me vio nacer;
déjame posar mis ojos en los cielos aborregados
y las frescas y verdes colinas de la Tierra.

O quizá cantéis en francés, o en alemán. O acaso en esperanto, mientras el arco iris de la Tierra se extiende sobre nuestras cabezas.

El lenguaje no tiene importancia, era con toda certeza una lengua terrestre. Nadie ha traducido jamás «Verdes colinas» al suave idioma venusiano, jamás un marciano lo ha croado ni susurrado en los áridos corredores. Es nuestro. Nosotros, los habitantes de la Tierra, lo hemos exportado todo, desde las películas de Hollywood a las substancias radiactivas sintéticas, pero esto pertenece exclusivamente a la Tierra, y a sus hijos e hijas doquiera que se encuentren.

Todos hemos oído referir muchas historias de Rhysling. Cualquiera de vosotros puede incluso ser uno de los muchos que han tratado de graduarse o sed aclamados a través de versiones escolares de sus obras publicadas... Canciones del Espacio, El Gran Canal y otros Poemas, Alto y Lejos y ¡Arriba, Nave!

Sin embargo, pese a que habéis cantado sus canciones y leído sus versos en el colegio y otros sitios toda vuestra vida, podría hacerse una ventajosa apuesta, a menos que seáis también un hombre del espacio, de que no habéis oído siquiera hablar de la mayoría de las canciones inéditas de Rhysling, como, por ejemplo, Desde que el avión se encontró con mi primo, la muchacha pelirroja del Venusberg, ¡Conserva los pantalones Capitán! o Un traje del espacio para dos.

Ni es posible tampoco insertarías en una revista familiar.

La reputación de Rhysling quedó protegida por un cuidadoso ejecutor testamentario y por la feliz casualidad de que no fue nunca intentado. Canciones de los Espacios apareció la semana de su muerte cuando llegó a ser un «best seller», las historias publicitarias que le hacían referencia fueron reunidas en lo que el público recordaba acerca de él, más las anécdotas subidas de color que fueron añadidas por sus editores. La imagen pictórica resultante de Rhysling es tan auténtica como el hacha de Jorge Washington o las galletas de King Georges.

En la realidad, no os hubiera gustado verlo en vuestros salones; no era socialmente aceptable, tenía quemaduras de sol, unas quemaduras permanentes que se rascaba continuamente, y no añadían nada a su despreciable belleza. Su retrato, pintado por Van der Voort para la centésima edición Harriman de sus obras maestras, muestra una figura de tragedia griega, una boca solemne, unos ojos sin vista, ocultos por una venda de seda negra. ¡No era nunca solemne! Tenía la boca siempre abierta, cantando, riendo, bebiendo o comiendo. La venda solía ser un harapo, generalmente sucio. Cuando perdió la vista, se fue volviendo más y más descuidado de su persona.,

"Noysi" Rhysling era un aviador a chorro, de segunda clase, con unos ojos tan buenos como los vuestros, que había firmado para un vuelo circu1ar a los asteroides de Júpiter en el R.S. Goshawk. Las tripulaciones firmaban relevos para cualquier cosa en aquellos días; un asociado de 1os Uoyds se hubiera reído en vuestras barbas si le hubieseis hablado de asegurar un hombre del espacio. Del Acta de Precaución del Espacio no había oído hablar nadie, y la Compañía respondía únicamente de los sueldos cuando había lugar a ello. La mitad de las naves que fueron más allá de Luna City no regresaron nunca. A los hombres del espacio no les importaba; de preferencia firmaban a cambio de acciones y, cualquiera de ellos hubiera estado dispuesto a apostar que era capaz de saltar del piso 200 de Harrirnan Tower, a poco que les hubieseis ofrecido tres a dos y pudiese gastar suelas de goma para el aterrizaje.

Los aviadores a chorro eran los más despreocupados de todos y los más ínfimos. Comparados con ellos, los capitanes, operadores de radar y astrogadores (no había cenas ni camareros en aquellos días), eran pacíficos vegetarianos. Los aviadores a chorro sabían demasíado. Los otros confiaban en la pericia del capitán para llevarlos, salvos y sanos a tierra; los aviadores a chorro sabían que la pericia era inútil contra los ciegos y caprichosos demonios encadenados en el interior de los cohetes del motor.

La Goshawk fue la primera de las naves de Harriman que fue convertida de combustible químico a pilas de energía atómica, o, mejor dicho, la primera que no saltó en pedazos. Rhysling la conocía muy bien; era una vieja unidad que había realizado el circuito de Luna City, estación del espacio de SupraNueva York a Leyyport y regresó antes de ser convertida en nave del espacio. Cuando abandonó el recorrido de la Luna, realizó su primer viaje al espacio profundo. Itywatets, en Marte, y regresó con asombro de todos.

En los tiempos en que se enganchaban para la vuelta a Júpiter, hubiera sido nombrado seguramente ingeniero jefe, pero después del viaje de exploración de Drywaters, había sido despedido, puesto en la lista negra y desembarrado en Luna City por haber pasado el tiempo escribiendo canciones y versos cuando hubiera debido estar vigilando sus instrumentos. La Canción se llamaba El capitán es un padre para sus hombres; con el escandaloso e impublicable estribillo final.

La lista negra no lo inquietó. Ganó un acordeón en la barraca de un chino en Luna City, haciendo trampas, y desde entonces anduvo cantando a cambio de bebidas y propinas hasta que un súbito roce entre aviadores fue causa de que el agente de la Compañía le diese otra oportunidad de probar suerte. Estuvo un par de años alejado de la Luna, volvió al espació abierto, contribuyó a dar a Venusberg su original y madura reputación, recorrió las orillas del Gran Canal cuando se estableció una segunda colonia en la antigua capital de Marte y se heló los pies y las orejas durante el segundo viaje a Titán.

Las cosas iban aprisa en aquellos tiempos. Una vez la locomoción por pilas de energia fue aceptada, el número de naves que emprendieron el recorrido del sistema Luna-Tierra quedó limitado únicamente por el número de tripulaciones disponibles. Los aviadores a chorro eran escasos; las precauciones eran reducidas a un mínimo para evitar peso y todos hombres casados no querían correr el posible riesgo de una exposición a la radiactividad. Rhysling no tenía ninguna intención de ser padre de familia, de manera que los empleos estuvieron siempre a su disposición durante los días de bullicioso apogeo. Cruzó y volvió a cruzar el sistema solar, cantando las monstruosidades que le pasaban por el cerebro y acompañándose al acordeón.

El capitán del Goshawk le conocía; el capitán Hicks había sido astrogador durante el viaje de Rhysling en la nave.

-Bienvenido a bordo, "Noisy" - lo había saludado Hicks -. ¿Está usted sereno o firmo el rol por usted?

-Es imposible émborracharse con el jugo de chinches ese que venden aquí, capitán.

Firmó y se fue abajo, acompañado de su acordeón. Diez minutos después regresaba.

- Capitán - dijo sombríamente -, el chorro número dos no está en condiciones, los reguladores de cadmio están torcidos.

- ¿Por qué me lo dice usted a mí? ¡Dígaselo al jefe!

- Se lo he dicho, pero dice que funcionaran. se equivoca.

El capitán se inclinó sobre el rol.

- Borre su nombre y lárguese. Zarpamos dentro de treinta minutos.

Rhysling lo miró, se encogió de hombros y se volvió abajo.

Hay un buen salto hasta los planetoides de Júpiter. Una nave del tipo Hawk tiene que lanzar explosiones durante tres guardias antes de entrar en vuelo libre. Rhysling tenía la segunda guardia. La regulación se hacía entonces a mano, con un mecanismo de multiplicación y una válvula de seguridad. Cuando la válvula se puso roja, trató de corregirla... y no tuvo suerte.

Los aviadores a chorro no esperan; por esto son aviadores a chorro. Se precipitó hacia el armario de herramientas y se lanzó contra la válvula con las tenazas. las luces se apagaron, pero él siguió trabajando. Un aviador a chorro tiene que conocer el cuarto de máquinas como la lengua conoce el interior de la copa. En el momento de apagarse las luces dirigió una rápida mirada por encima del colector de plomo. El resplandor radiactivo azul no le ayudó en absoluto; echó la cabeza atrás y siguió orientándose por el tacto. Una vez hubo llegado donde quería, dijo por el tubo:

- ¡Chorro número dos fuera de servicio! Y por lo que más quieran, tráiganme un poco de luz aquí...

Había luz en el circuito de urgencia, pero no para él. El resplandor azul radiactivo fue la última cosa a los que respondió su nervio óptico.

II

"Mientras el Tiempo y el Espacio se arquean de nuevo para formar esta estrellada escena;
las tranquilas lágrimas del trágico júbilo siguen vertiendo su plateado resplandor;
a lo largo del Gran Canal se yerguen todavía las frágiles Torres de la Verdad;
su alada gracia defiende este lugar de belleza, suave y serena.
- Quebrantados los huesos de la raza que elevó estas Torres; olvidas son sus ciencias;
ha tiempo desaparecieron los dioses que vertieron lágrimas que lamieran estas cristalinas riberas.
- Lentas pulsaciones del corazón de Marte, agotado por el tiempo bajo estos cielos helados;
el aire tenue susurra sin ver que todo lo que vive tiene que morir...
Pero todavia las agujas de encaje de la Verdad cantan madrigales de belleza.
Y morará para siempre jamás en las orillas del Gran canal

(De "El Gran Canal", con autorización de "Lux Tranacriptions Ltd.", Londres y Luna City.)

Durante el vuelo de regreso desembarcaron a Rhysling en Marte, en Drywaters; los muchachos pasaron el sombrero y el capitán dejó caer en él la paga de medio mes. Eso fué todo... finis, otra victima del espacio que no tuvo la buena suerte de acabar su carrera cuando la suerte lo abandonó. Estuvo con los investigadores y arqueólogos durante un mes o dos y hubiera podido permanecer probablemente más a cambio de sus canciones y su acordeón, pero los hombres del espacio mueren si permanecen en un sitio; embarcó en otra nave en Drywaters y de allí fue a Marsópolis.

La capital estaba en plena prosperidad. Las progresivas instalaciones flanqueaban el Gran Canal por ambas orillas y mancillaban las antiguas aguas con la suciedad de sus detritus. Esto ocurría antes de que el Tratado de los Tres Planetas prohibiese deteriorar reliquias culturales con fines comerciales; la mitad de las esbeltas y maravillosas torres habían sido derribadas, otras estaban desfiguradas para adaptarlas a las viviendas presurizadas de los terrestres.

Pero Rhysling no vio jamás ninguno de aquellos cambios, nadie le hizo una descripción de ellos; cuando de nuevo vio Marsópolis lo imaginó como había sido, antes de que fuese racionalizado para el comercio. Tenía buena memoria. Se detuvo en la explanada ribereña donde los antiguos grandes de Marte habían distraído sus ocios y vio su belleza desplegarse ante sus ojos ciegos; helada llanura azul no turbada por las mareas, inmaculada por la brisa, reflejando serenamente las agudas y brillantes estrellas del cielo marciano, y más allá de las aguas, los arbotantes de encaje y las aladas torres de una arquitectura demasiado delicada para nuestro vulgar y pesado planeta.

El resultado fue El Gran Canal.

El sutil cambio de orientación que le permitía ver belleza donde no la había ya, comenzaba ahora a afectar toda su vida. Todas las mujeres eran bellas para él . Las reconocía por la voz, amoldando sus facciones a sus sonidos. Un espíritu muy mezquino tiene que ser quien sea capaz de hablar a un ciego de otra forma que con suave gentileza; arpías que no daban punto de reposo a sus maridos, suavizaban su voz al hablar con Rhysling.

Poblaba este mundo de bellas mujeres y hombres amables La Oscura Estrella Fugaz, EL Cabello de Berenice, Canción de Muerte de un Potro Salvaje,y sus demás canciones de amor de los vagabundos; los aviadores del espacio sin mujeres, eran la consecuencia directa del hecho de que su concepto de las cosas no estaba mancillado por las abyectas verdades. Todo suavizaba su aproximación a aquélla; cambiaba su obstinación en verso, y algunas veces incluso en poseía.

Disponía de mucho tiempo para pensar, tiempo, para evocar todas las palabras bellas y obstinarse en un verso hasta que sonaba bien a sus oídos. El monótono compás de Canción de Chorro...

"Cuando el campo está libre, los informes ya listos cuando la compuerta se cierra y las luces brillan verdes,
Cuando la comprobación está hecha, cuando es hora de orar,
Cuando el capitán asiente, cuando la nave zarpa…
¡Oye los chorros! ¡
¡Óyelos roncar a tu espalda
Cuando estás atado a tu sillón!
¡Siente tus costillas aplastar tu pecho,
siente tu cuello crujir y descansar!
¡Siente el dolor en tu nave,
Siente la tensión de su fuerza!
¡Sientela elevarse! ¡Siéntela avanzar!
¡Acero potente, cobra vida, Bajo los chorros!"

…se le ocurrió, no mientras era a su vez un aviador a chorro, sino más tarde, cuando andaba errante de a Venus haciendo compañía a un viejo compañero de guardia.

En los bares de Venusberg cantó su nueva canción y algunas de las antiguas. Alguien pasaba el sombrero por el; solía regresar con la remuneración normal de un trovador, doblada o triplicada como reconocimiento al galante espíritu que se ocultaba tras aquellos ojos vendados.

Era una vida fácil. Cualquier puerto del espacio era su hogar y cualquier nave su vehículo privado. No habia capitán capaz de negarse a llevar el excedente de peso del ciego Rhysling y su caja de música; saltaba de Venusberg a Leyport, de Leyport Driwaters a New Shanghai o regreso según era su antojo.

Jamás se acercó a la Tierra a menos de la estación del espacio de Supra-Nueva York. Incluso cuando fírmó el contrato de las Canciones del Espacio puso su impresión digital en un camarote de primera de una nave, entre Lima City y Ganimedes. Horowitz, el editor original, estaba a bordo durante su segunda luna de miel y oyó a Rhysling cantar durante una fiesta. Horowitz era hombre muy ducho en materia publicitaria; en cuanto lo oyó, el contenido íntegro de las canciones pasó ciertamente a la cinta magnetofónica de la sala de comunicaciones de la nave antes de perder a Rhysling de vista. Los siguientes tres volúmenes fueron sacados a Rhysling en Venusberg, donde Horowitz había mandado a un agente para que lo hiciese beber hasta que hubiese cantado todo lo que pudiese recordar.

UP SHIP! (¡Arriba, nave!) no es una composición característica de Rhysling. La mayor parte es suya, -no cabe duda, y Canciones de Chorro es indiscutiblemente suya, pero la mayoría de los versos fueron recopilados después de su muerte por gente que lo había conocido durante sus andanzas.

Las Verdes Colinas de la Tierra fueron creciendo durante veinte años. La forma primitiva qué conocemos fue compuesta antes de quedarse ciego, durante una francachela en compañía de algunos de los desdentados habitantes de Venus. Los versos hacían principalmente referencia a las cosas que los trabajadores pensaban hacer en la Tierra cuando una vez pagadas sus deudas, podían regresar a ella con permiso. Algunas de las estrofas eran vulgares, otras no, pero el coro era identificable con el de las Verdes Colinas.

Sabemos exactamente de dónde y cuándo vino la forma final de Verdes Colinas.

En Venus, Ellis - Island, se encontraba una nave despachada para el salto directo a los Grandes Lagos, IIIinois. Era el viejo Falcon el más reciente de los tipo Hawk y la primera nave a la que se aplico la nueva política del Trust Harriman de tarifa extraordinaria del servicio exprés entre las ciudades de la Tierra y cualquier colonia con paradas previstas.

Rhysling decidió regresar a la Tierra quizá su propia canción se le había metido en el alma, o acaso fuese tan sólo el deseo de volver a ver sus Ozarks natales.

La Compañía no autorizaba ya viajeros gratis; Rhysling lo sabía, pero jamás se le ocurrió que la medida pudiese aplicarse a él. Se iba haciendo viejo, Era un hombre del espacio, ¿y estaba un poco engreído de sus privilegios. No era una cosa senil, sabia simplemente que era uno de los jalones del espacio como el cometa Halley, los Anillos y la Sierra de Brewstet Entraba en el alojamiento de la tripulación en cualquier puerto, bajaba y se encontraba como en su casa en la primera litera de aceleración.

El capitán lo encontró en el momento que hacia su última vuelta de inspección.

¿Que hace usted aquí? - le preguntó.

Vuelvo otra vez a la Tierra capitán.

Rhysling no necesitaba ojos para ver los cuatro galones de un capitán.

No puede usted volver en esta nave, ya conoce el reglamento. Levante una pierna y lárguese de aquí. Vamos a arrancar en enseguida.

E1 capitán era joven; había entrado en servicio cuando Rhysling había abandonado ya el activo, pero Rhysling conocía el tipo... cinco años de Harriman Hall con solo algunos viajes de prácticas como cadete en lugar de una sólida y profunda experiencia del espacio. Los dos hombres no tenían ninguna semejanza, ni de fondo ni de espíritu; el espacio cambiaba.

- Veamos, capitán, no le va usted a negar a un viejo el regresar a casa.

El capitán vacilaba; algunos tripulantes se habían detenido a escuchar.

- No puedo; "Acta de Precaución del Espacio cláusula Seis». Nadie puede penetrar en el espacio fuera de un miembro enrolado de la tripulación de una nave registrada, o como pasajero de pago de tal nave, de acuerdo con los reglamentos establecidos, de acuerdo con esta Acta. Levántese y márchese.

Rhysling retrocedió, poniéndose las manos detrás dé la cabeza.

- Si tengo que marcharme, maldito sea si camino. Que me lleven.

- ¡Oficial de guardia! - gritó el capitán -. ¡llévese a este hombre!

El policía de a bordo levantó la vista hacia el techo.

- No puedo, capitán. Me he dislocado un hombro.

Los demás miembros de la tripulación, presentes un momento antes, se habían desvanecido detrás del muro.

- Bien, pues que venga el capataz.

- Se ha marchado ya, capitán.

- Oiga, capitán - dijo nuevamente Rhysling -, no nos enojemos por esto. Tiene usted también un articulo que le permite llevarme, si quiere; la cláusula «Hombre del Espacio en Peligro».

- ¡«Hombre del Espacio en peligro», un cuerno! No es usted un hombre del espacio en peligro; es usted un abogado del espacio. Ya sé quién es usted, lleva años rondando por todo este sistema. Bien, pues no lo hará usted en mi nave. La cláusula se refiere a hombres que han perdido su nave, no a hombres que quieren pasearse gratis por el espacio.

- Bien entonces, capitán, ¿no podría usted decir que he perdido mi nave? No he estado en la Tierra desde mi último viaje como tripulante en activo. La ley dice que tengo derecho a un viaje de regreso.

- Pero de esto hace años. Ha tenido usted ya muchas oportunidades.

- ¿Y no la tengo ahora? La cláusula no dice una palabra acerca del plazo en que hay que utilizar el regreso; dice únicamente que es un derecho. Vaya a comprobarlo, mi capitán. Si me equivoco, no solamente me iré por mis propios pies, sino que le pediré humildemente perdón delante de todos sus hombres. Vaya... véalo. Sea noble.

Rhysling podía casi sentir la mirada del capitán, pero éste se limitó a dar media vuelta y marcharse.

Rhysling sabía que había utilizado su ceguera para poner al capitán en una situación embarazosa, pero esto, lejos de turbarlo, le divertía.

Diez minutos más tarde sonaron las sirenas, oyó dar órdenes y la gran bocina que indicaba la ascensión. Cuando el suave suspiro de las compuertas y el ligero cambio de presión en sus oídos le dijeron que el despegue era inminente, se dirigió a la sala de energía, porque quería estar cerca de los chorros en el momento en que comenzasen las explosiones. No necesitaba a nadie que lo guiase para llegar donde fuese en una nave del tipo Hawk.

La cosa ocurrió durante la primera guardia. Rhysling había estado sentado en el sillón del inspector, jugueteando con las teclas de su acordeón y buscando una nueva versión de Verdes Colinas.

Dejadme respirar de nuevo el aire no racionado
donde no hay carencia ni escasez...

Pero no acababa de gustarle. Había un algo. Probó de nuevo.

Dejad que me cure la fresca brisa
mientras giran en torno al perímetro
de nuestro adorado planeta maternal
de las frescas y verdes colinas de la Tierra…

-Eso estaba mejor- pensó.

-¿Qué te parece eso, Archie? - preguntó dominando el rugido.

- Muy bonito. Suéltalo todo.

Archie Macdougal, primer oficial de chorro, era un viejo amigo, tanto en medio del espacio como en los bares; había servido como aprendiz bajo las órdenes de Rhysling hacia muchos años y muchos millones de millas atrás, Rhysling lo complació y dijo,:

- Vosotros, los jóvenes, lo tenéis todo fácil. Todo es automático. Cuando yo le retorcía la cola tenía que estar despierto…

- Hay que estar despierto, todavía...

Les gustaba hablar del oficio y Macdougal le mostró el nuevo dispositivo de distribución que había reemplazado el nonio manual usado en tiempos de Rhysling. Este probó los controles e hizo preguntas hasta que se hubo familiarizado con la nueva instalación Su vanidad era considerarse todavía piloto de chorro e imaginar que su actual ocupación, en tanto que trovador, era tan sólo un expediente durante una de sus querellas con la Compañía como cualquiera podía tener.

- Veo que todavía tenéis instaladas las viejas placas de distribución a mano - observó, tocando las instalaciones con sus ágiles dedos.

- Todo menos las varillas de conexiones. Las he desmontado porque tapaban las esferas.

- Hubieran debido traerlas a bordo. Puedes necesitarlas.

- No sé. Me parece...

Rhysling no supo nunca lo que le parecía a Macdougal, porque fue en aquel momento cuando la cosa comenzó. Macdougal fue alcanzado de pleno por una explosión de radiactividad que lo abrasó donde estaba.

Rhysling tuvo la sensación de lo ocurrido. Reflejos automáticos de los viejos hábitos se apoderaron de él. Cerró el inyector y dio la alarma a la cámara de mando simultáneamente. Entonces recordó que las conexiones no estaban montadas. Debía sacarlas a tientas hasta que las encontrase, mientras reducía la marcha tanto como fuese posible para sacar el máximo beneficio de los colectores. Solo le preocupaba localizar las conexiones. El lugar para él tan iluminado como pudiese estarlo, conocía todos los rincones, todos los controles, lo mismo que conocía el teclado de su acordeón.

- ¡Aquí! ¡Sala de energía! ¡Sala de energía! ¿Qué alarma es ésa?

- ¡No entren! La sala está caliente - gritó. Sentía el calor en su rostro y sus huesos, sol en un desierto.

Consiguió poner las conexiones en su sitio, maldiciendo a todo el mundo, a todos por no haber tomado la llave inglesa que necesitaba. Después comenzó por tratar de reducir la situación a mano. Era un trabajo largo y delicado. Finalmente decidió que había que cerrar el chorro, pila y todo. Primero el parte.

-¡Control!...

- ¡Control al habla! ,¡Cierre el chorro tres, peligro!

- ¿Habla Macdougal?

- Macdougal está muerto. Habla Rhysling, de guardia. Prepárese a anotar...

No hubo respuesta; el capitán debió de quedar atónito pero no podía entrar en una sala de energía en momentos de peligro. Tenía que tener en cuenta los pasajeros, la nave y la tripulación. Las puertas tenían que permanecer cerradas.

El capitán debió de quedar más sorprendido todavía por el parte que Rhysling transmitió:

"Nos podrimos en los aledaños de Venus
nos combamos bajo su pútrido aliento.
Falsas son sus inundadas selvas,
serpenteando con la sucia muerte"
Mientras seguía trabajando Rhysling iba catalogando el Sistema Solar...
"duro suelo brillante de la Luna...","...anillos irisados de Saturno…",

"…heladas noches de Titán...", abriendo al mismo tiempo el chorro y limpiándólo. Terminó con un coro alternado: -"Hemos explorado cada átomo giratorio del espacio y reconocido su verdadero valor; llévanos de nuevo a los hogares de los hombres, ¡Las frescas y verdes colinas de la Tierra!

Después, casi inconscientemente, se puso a hilvanar y enlazó con su primer verso revisado:

"El arqueado cielo está llamando
a los hombres del espacio fuera de su ruta.
¡Todos a punto! ¡Pronto! ¡Caída libre!
Y las luces debajo nuestro se apagan.
Los hijos de la Tierra se alejan
con distantes viajes de estruendosos chorros,
ahí salta la raza de los hombres,
fuera, lejos, alejándose aún..."

La nave estaba salvada y a punto de llegar a la Tierra con un solo chorro. En cuanto a sí mismo, Rhysling no estaba seguro. El «calor del sol» iba apretando, le parecía. Era incapaz de ver la neblina roja y ardiente en que trabajaba, pero sabía que estaba allí. Siguió en su tarea de renovar el aire por la válvula exterior, repitiendo la operación varias veces para permitir al nivel de radiactividad disminuir hasta un grado, que el hombre pudiese soportar bajo una armadura adecuada. Mientras tal hacía, mandó nuevos versos, el último fragmento del más auténtico Rhysling que jamás pudiese existir:

Oremos por un último aterrizaje
sobre el globo que nos vio nacer.
Fijemos nuestros ojos en el cielo aborregado
y las frescas, verdes colinas de la Tierra.


Fuente:http://www.galeon.com/letrasperdidas/consagrados/c_heinlein05.htm