martes, 2 de noviembre de 2010

Héctor Tizón




Hace ya muchos años, cuando yo era un niño, a Yala sólo se podía llegar por tren; en los prolongados veranos, que aquí van de noviembre a marzo, el estiaje de los ríos cortaba los caminos y nadie -hombre ni bestia- se atrevía a desafiar sus torrentes desmadrados y rugientes que a su paso, cuesta abajo arrastraban piedras, troncos muertos y árboles arrancados de cuajo. Yala entonces, un pueblo no más grande y numeroso que un par de familias, gozaba de autonomía, la gente moría longeva y era enterrada en el camposanto que entonces estaba junto a la antigua y pequeña iglesia. Contaba el pueblo con dos boliches ejemplares, un peluquero ambulante, un loco manso y patético como Job, dos ingleses, un húngaro, que enseñó en mi casa a fabricar embutidos de hígado de ganso, una bruja que había perdido la gracia y un lapidario, no de piedras preciosas ni de mármol, sino de cantos rodados y lajas.

Aquí puede decirse que he nacido y aquí estoy sintiendo cómo transcurre la vida. No ha cambiado mucho, salvo la velocidad, que ha muerto a las distancias. Aunque ahora ya hay muchos que no nos conocemos. Pero, en lo que importa, todo está como lo veían mis ojos cuando se deslumbraban con la luz y la oscuridad y las tormentas y las nubes amontonadas vagabundas en el cielo. Ya no está aquí la dulce voz de mi madre ni los silencios de mi padre. Ya no está "Madreselvas en flor" ni hay "Noches de ronda" en la victrola familiar. Pero sí están y seguramente estarán sus altas montañas verdes y sus bosques y sus lagunas, sus cielos surcados por bandadas de golondrinas y de loros que se turnaban en sus exilios y regresos, y apenas dejo que mis recuerdos escapen, escucho el gorgotear de aguas que se deslizan con indisciplina en el silencio, y casi siempre en mis paseos por los callejones de Yala, me cruzo con Hesíodo, con el Buen Ladrón, con la Celestina o Estebanillo González, con un campesino que fue tripulante del Pequod, con una mujer del coro griego con sus paños de luto, con un parroquiano de las tabernas de Chaucer, con un discípulo de Jesús. También veo a Shylock despachando harina al menudeo en su almacén y anotando ávidamente en las libretas de al fiado de sus clientes; a todos los habitantes de Fuenteovejuna, al cochero de un sueño de Quevedo, a Huckleberry Finn; veo el esplendor de una siesta en Typasa y una puesta de sol en Laponia; al Diablo de Fausto, pero jugando a la taba. Y escucho ladrar a los perros del porquero de Ulises. Me cuentan de una ciega que recuperó la vista al golpear la cabeza contra un poste, y de un peón ferroviario, que atormentado por los celos, balaceó la fotografía de su mujer. Escucho hablar de los ómnibus que llegan de La Quiaca y el eco de las palabras de aquellos que esperaban las naves de Sidón y Tiro o los bajeles vikings. Hay un rasgueo de guitarra común a Lorca, Santos Vega y Borges, y un paisaje de bruma y de verde que ya ha sido señalado por Baroja. Yo he llevado una canasta y compro vino y pan y vuelvo a comprobar que esa hambre y esa sed no hacen más que reflejar como en una sucesión de espejos el antiguo ritual. Y pienso, o siento -que es pensar con ganas- que el símbolo encarnado en Jesucristo, vida, pasión y muerte, no es más que la repetición de ese sueño soñado por el viejo Heráclito.

Todos en realidad, al cabo de los años, llevamos Yala en el fondo de nuestro corazón.


Fuente:http://www.educ.ar/educar/yala-jujuy-por-hector-tizon.html

viernes, 16 de julio de 2010

Jose Bianco

Sombras suele vestir (fragmento)


Llegó el dia en que la señora de Vélez se acostó entre un fragante desorden de junquillos, varas de nardo, fresias y espadañas. El médico de barrio, a quien doña Carmen arrancó del lecho esa madrugada, diagnosticó una embolia pulmonar. La ceremonia fúnebre tuvo lugar en el primer departamento, al lado de la puerta de calle, que a ese fin cedió una vecina. Los inquilinos entraban a la pieza de puntillas y una vez junto al ataúd dejaban caer sus miradas sobre el rostro de la señora de Vélez con todo el estrépito que habían contenido en sus pasos. Pero del ataúd no llegaban señales de protesta. A la señora de Vélez no parecían molestarla esas miradas, ni los cuchicheos de los condolientes (sentados en torno a Jacinta y Raúl) ni el ir y venir de doña Carmen (un rosario negro enroscado a la muñeca) que distribuía con sigilo infructuoso tazas de café, arreglaba coronas de palmas o disponía nuevos ramitos a los pies del ataúd. En un momento dado Jacinta salió de la rueda, se dirigió a la portería, marcó un número en el teléfono. Después dijo, en voz muy baja:
- ¿No ha preguntado nadie por mi?
- Ayer -le contestaron- habló Stocker para verla a usted hoy, a las siete. Quedó en hablar de nuevo. Me pareció inútil llamarla.
- Digale que voy a ir. Gracias.
Fue el comienzo de una tarde difícil de olvidar. Primero, en la pieza de su madre, Jacinta permaneció un largo rato con los sentidos anormalmente despiertos, ajena a todo y a la vez de todo muy consciente, cernida sobre su propio cuerpo y los objetos familiares que se animaban de una vida ficticia en honor a ella, refulgían, ostentaban sus planos lógicos, sus rigurosas tres dimensiones. «Quieren ser mis amigos -no puedo menos de pensar- y hacen esfuerzos para que yo los vea», porque este aspecto inesperado parecía corresponder a la identidad secreta de los objetos mismos y a la vez coincidir con su yo profundo. Dio algunos pasos por la pieza mientras perduraba en sus labios, con toda la agresividad de una presencia extraña, el gusto del café. «Y yo no los miraba. La costumbre me alejaba de ellos. Hoy los he visto por primera vez.»
Y sin embargo, los reconocía. Ahí estaba ese extravagante mueble barroco (los dos mazos de naipes sobre el cuero amarillento) que terminaba en una repisa con un espejo incrustado. Ahí estaban las medicinas de su madre, un frasco de digital, un vaso, una jarra con agua. Y ahí estaba ella, con su cara de planos vacilantes, sus rasgos inocentes y finos. Todavía joven. Pero los ojos, de un gris indeciso, habían madurado antes que el resto de su persona. «Tengo ojos de muerta.» Pensó en los ojos horizontales de su madre, guarecidos bajo una doble cortina de párpados venosos, en los de Raúl. «No; son miradas distintas, no tienen con la mía nada de común.» Había en sus ojos el orgullo de los que son señores y dueños de su propio rostro, pero ya la estrofa final asomaba en ellos: azucenas que se pudren, una especie de clarividencia inútil que se complace en su falta de aplicación. Le traían reminiscencias de otras personas, de alguien, de algo. ¿Dónde había visto una mirada semejante? Durante un segundo su memoria giró en el vacio. Se trataba de un cuadro, tal vez. El vacío se fue poblando, adquirió tonalidades azules, rosadas. Jacinta apartó los ojos del espejo y vio abrirse ante ella un balcón sobre un fondo nocturno, vio ánforas, perros extáticos, más animales: un pavo real, palomas blancas y grises. Era Las dos cortesanas, del Carpaccio.
Y ahí estaba Stocker, en el departamento de María Reinoso. Tenía una cara percudida y un cuerpo juvenil, muy blanco, que la ropa (falsamente modesta) parecía destinada esencialmente a proteger. Cuando se la quitaba sin prisa, doblándola con esmero, verificando el lugar en que dejaba cada prenda de vestir, recuperaba la infancia. De la ropa surgia más enteramente desnudo que los otros hombres, más vulnerable: un niño casi desinteresado de Jacinta que acariciaba las distintas partes del cuerpo de ella sin parar mientes en el nexo humano que las vinculaba entre sí, como quien toma objetos de acá y de allá para celebrar un culto sólo por él conocido y después de usarlos los va dejando cuidadosamente en su sitio. Una atención casi dolorosa se reflejaba en su semblante: lo contrario al deseo de olvidar, de aniquilarse en el placer. Se hubiera dicho que buscaba algo, no en ella sino en sí mismo, y también, pese al ritmo mecánico que ya no podia graduar a voluntad, se lo hubiera tenido por inmóvil, a tal punto su expresión era contenida, vuelta hacia dentro, al acecho de ese segundo fulgurante de cuya súbita iluminación esperaba la respuesta a una pregunta insistentemente formulada.
El había recobrado su aire perplejo y taciturno. Ella pensaba con amargura en el retorno a los vecinos, al olor de las flores, al ataúd. Pero el hombre no manifestaba deseos de marcharse. Caminó por el cuarto, se instaló en un sillón, a los pies de la cama.
Cuando Jacinta quiso dar por terminada la entrevista, la obligó a sentarse de nuevo apoyando sus manos en los hombros de ella.
- Y ahora -dijo- ¿qué piensa usted hacer? ¿No le queda a usted nadie más?
- Mi hermano.
- Su hermano, es verdad. Pero es...
Se interrumpió. Aunque él no las hubiera pronunciado, las palabras idiota o imbécil flotaban en el aire. Jacinta sintió necesidad de disiparlas. Repitió una frase de su madre:
- Es un inocente, como el de L'arlésienne.
Y se echó a llorar.
Estaba sentada en el borde de la cama. El cobertor doblado en cuatro y, debajo, las sábanas que momentos antes habían rechazado ellos mismos con los pies formaban un montículo que la obligaba a encorvar las espaldas, siguiendo una línea un poco vencida, a fijar los ojos en el fieltro gris que cubría el piso y desaparecía debajo del lecho, de un gris muy claro, bañado de luz, en el centro de la pieza. Tal vez esta posición de su cuerpo motivó su llanto. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, la arrastraban cuesta abajo, la impulsaban solapadamente a hundirse, a confundirse con el agua gris del fieltro, en un estado de disolución semejante al que experimentaba por las tardes cuando su madre hacía solitarios sobre la mesa y hablaba sin cesar, dirigiéndose a Raúl. Y en la nuca, en las espaldas, sentía el leve peso de una lluvia dulce, penetrante. El hombre le decía:
- No llore. Escúcheme: le propongo algo que puede parecerle extraño. Yo vivo solo. Véngase a vivir conmigo.
Después, como respondiendo a una objeción:
- ...habremos de entendernos. En fin, lo espero, quiero creerlo. Darwin habla de serpientes, ratones y buhos que fraternizan en la misma cueva. ¿Qué nos impide fraternizar a nosotros?
Y después, cada vez más insistente:
-Contésteme. ¿Vendrá usted? No llore, no se preocupe de su hermano. Por el momento que ahí quede, donde está. Ya veremos, más adelante, lo que puedo hacer por él.
«Más adelante» había sido el sanatorio


Fuente:http://www.literatura.org/Bianco/sombras_I.html


viernes, 25 de junio de 2010

Pablo de Rokha




Canto del Macho Anciano (Fragmento)


Sentado a la sombra inmortal de un sepulcro,
o enarbolando el gran anillo matrimonial herido
a la manera de palomas que se deshojan
como congojas,
escarbo los últimos atardeceres.

Como quien arroja un libro de botellas tristes
a la Mar-Oceáno
o una enorme piedra de humo echando sin embargo
espanto a los acantilados de la historia
o acaso un pájaro muerto que gotea llanto,
voy lanzando los peñascos inexorables del pretérito
contra la muralla negra.

Y como ya todo es inútil,
como los candados del infinito crujen en goznes
mohosos,
su actitud llena la tierra de lamentos.

Escucho el regimiento de esqueletos del gran
crepúsculo,
del gran crepúsculo cardíaco o demoníaco, maníaco
de los enfurecidos ancianos,
la trompeta acusatoria de la desgracia acumulada,
el arriarse descomunal de todas las banderas,
el ámbito terriblemente pálido
de los fusilamientos, la angustia
del soldado que agoniza entre tizanas y frazadas,
a quinientas leguas abiertas
del campo de batalla, y sollozo como un pabellón
antiguo.

Hay lagrimas de hierro amontonadas, pero
por dentro del invierno se levanta el hongo infernal
del cataclismo personal, y catástrofes
de ciudades
que murieron y son polvo remoto, aúllan.

Ha llegado la hora vestida de pánico
en la cual todas las vidas carecen de sentido,
carecen de destino, carecen de estilo y de
espada,
carecen de dirección, de voz, carecen
de todo lo rojo y terrible de las empresas
o las epopeyas o las viviendas ecuménicas,
que justificarán la existencia como peligro y como
suicidio; un mito enorme,
equivocado, rupestre, de rumiante
fue el existir; y restan las chaquetas solas del
ágape inexorable, las risas caídas
y el arrepentimiento invernal de los excesos,
en aquel entonces antiquísimo con rasgos de santo
y de demonio,
cuando yo era hermoso como un toro negro y tenía
las mujeres que quería
y un revólver de hombre a la cintura.

Faltan las glándulas
y el varón genital intimidado por el yo rabioso,
se recoge a la medida del abatimiento
o atardeciendo
araña la perdida felicidad en los escombros;
el amor nos agarró y nos estrujó como a limones
desesperados,
yo ando lamiendo su ternura,
pero ella se diluye en la eternidad, se confunde
en la eternidad, se destruye en la eternidad
y aunque existo porque batallo y "mi poesía
es mi militancia",
todo lo eterno me rodea amenazándome y gritando
desde la otra orilla.

Busco los musgos, las cosas usadas y
estupefactas,
lo postpretérito y difícil, arado de pasado
e infinitamente de olvido, polvoso y mohoso
como las panoplias de antaño, como
las familias de antaño, como las monedas
de antaño,
con el resplandor de los ataúdes enfurecidos,
el gigante relincho de los sombreros muertos,
o aquello únicamente aquello
que se está cayendo en las formas
el yo público, la figura atronadora del ser
que se ahoga contradiciéndose.

Ahora la hembra domina, envenenada,
y el vino se burla de nosotros como un cómplice
de nosotros, emborrachándonos, cuando nos
llevamos la copa a la boca dolorosa,
acorralándonos y aculatándonos contra nosotros
mismos como mitos.

Estamos muy cansados de escribir universos
sobre universos
y la inmortalidad que otrora tanto amaba el corazón
adolescente, se arrastra
como una pobre puta envejeciendo;
sabemos que podemos escalar todas las montañas
de la literatura como en la juventud heroica,
que nos aguanta el ánimo
el coraje suicida de los temerarios, y sin embargo
yo,
definitivamente viudo, definitivamente solo,
defnitivamente viejo, y apuñalado de
padecimientos,
ejecutando la hazaña desesperada de sobrepujarme,
el autorretrato de todo lo heroico de la sociedad
y la naturaleza me abruma;
¿qué les sucede a los ancianos con su propia
ex combatiente sombra?
se confunden con ella ardiendo y son fuego
rugiendo sueño de sombra hecho de sombra,
lo sombrío definitivo y un ataúd que anda llorando
sombra sobre sombra.

Viviendo del recuerdo, amamantándome
del recuerdo, el recuerdo me envuelve y al retornar
a la gran soledad de la adolescencia,
padre y abuelo, padre de innumerables familias,
raguño los rescoldos, y la ceniza helada agranda
la desesperación
en la que todos están muertos entre muertos,
y la más amada de las mujeres, retumba en
la tumba de truenos y héroes
labrada con palancas universales o como bramando.

¿En qué bosques de fusiles nos esconderemos
de aquestos pellejos ardiendo?
porque es terrible el seguirse a sí mismo cuando
lo hicimos todo, lo quisimos todo,
lo pudimos todo y se nos quebraron
las manos,
las manos y los dientes mordiendo hierro con
fuego;
y ahora como se desciende terriblemente de
lo cuotidiano a lo infinito, ataúd por ataúd,
desbarrancándonos como peñascos o como caballos
mundo abajo,
vamos con extraños, paso a paso y tranco a tranco
midiendo el derrumbamiento general,
calculándolo, a la sordina,
y de ahí entonces la prudencia que es la derrota
de la ancianidad;
vacías restan las botellas,
gastados los zapatos y desaparecidos los amigos
más queridos, nuestro viejo tiempo, la época
y tú, Winétt, colosal e inexorable.

Todas las cosas van siguiendo mis pisadas
ladrando desesperadamente,
como un acompañamiento fúnebre, mordiendo
el siniestro funeral del mundo, como
el entierro nacional
de las edades, y yo voy muerto andando.
Infinitamente cansado, desengañado, errado,
con la sensación categórica de haberme equivocado
en lo ejecutado o desperdiciado
o abandonado o atropellado al avatar del
destino
en la inutilidad de existir y su gran carrera
despedazada;
comprendo y admiro a los líderes,
pero soy el coordinador de la angustia del universo,
el suicida que apostó su destino a la baraja
de la expresionalidad y lo ganó perdiendo
el derecho a perderlo,
el hombre que rompe su época y arrasándola, le da
categoría y régimen,
pero queda hecho pedazos y a la expectativa;
rompiente de jubilaciones, ariete y símbolo
de piedra,
anhelo ya la antigua plaza de provincia
y la discusión con los pájaros, el vagabundaje y
la retreta apolillada en los extramuros.

Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo,
¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo
siempre y el vendaval desenfrenado que
yo soy íntegro, se asocie
a la personalidad popular del huracán!

A la manera de la estación de ferrocarriles,
mi situación está poblada de adioses y de ausencia,
una gran lágrima enfurecida
derrama tiempo con sueño y águilas tristes;
cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que
pudimos,
cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.

El aventurero de los oceános deshabitados,
el descubridor, el conquistador, el gobernador
de naciones y el fundador de ciudades
tentaculares,
como un gran capitán frustrado,
rememorando lo soñado como errado y vil
o trocando en el escarnio celestial del
vocabulario
espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del
canto
al soñador que arrastraría adentro del pecho
universal muerto, el cadáver de un conductor
de pueblos,
con un bastón de mariscal tronchado y echando
llamas.



Fuente:http://www.letras.s5.com/rokha0121.htm



viernes, 26 de febrero de 2010

Vladimir Nabokov

Una belleza rusa



Olga, de quien nos vamos a ocupar inmediatamente, nació en el año 1900, en el seno de una rica familia de aristócratas despreocupados.

La pálida niña menuda, con su blanco traje de marinero, el pelo castaño peinado con raya al lado y unos ojos tan alegres que todo el mundo los besaba, fue considerada una belleza ya desde su infancia. La pureza de su perfil, la expresión de sus labios cerrados, la seda de sus trenzas que se deslizaban a lo largo de su espalda, todo en ella era encantador.

Su infancia transcurrió como una fiesta, segura y alegre, como era costumbre en nuestro país desde tiempo inmemorial. Un rayo de sol hendiendo la cubierta de un volumen de la Bibliothèque Rose en la mansión familiar en el campo, la clásica escarcha de los jardines públicos de San Petersburgo... Un surtido de recuerdos, como éstos, constituía su única dote cuando abandonó Rusia en la primavera de 1919. Todo sucedió de acuerdo al más puro estilo de la época. Su madre murió de tifus, su hermano fue ejecutado por el pelotón de fusilamiento. Estas frases son pura fórmula, una serie de clichés, las horribles frases habituales de toda conversación banal, pero todo eso ocurrió y ocurrió así y no hay otra forma de decirlo, por lo que más vale que lo escuchéis sin mueca alguna de desprecio.

Pues bien, para seguir con la historia, en 1919, nuestra joven ya se ha convertido en una dama, de cutis pálido y rostro más bien grande cuyos rasgos no se ajustan a los cánones de una belleza regular, sin que por ello dejen de ser maravillosos. Alta, con pechos suaves, siempre lleva un jersey negro y una bufanda anudada a su blanco cuello y sostiene un cigarrillo inglés entre los alargados dedos de una mano cuya suavidad interrumpe un pequeño hueso prominente a la altura de la muñeca.

Y sin embargo hubo un tiempo en su vida, a finales de 1916 más o menos, en que no había ningún estudiante de secundaria en el lugar de veraneo próximo a la finca familiar que no planeara pegarse un tiro por su causa, ni un universitario que no hubiera...

En una palabra, tenía una cierta magia que, de haber durado, habría causado... habría destrozado... Pero, por alguna razón, nada de esto se produjo. Las cosas no consiguieron llegar a buen término, o cuando lo hicieron no acabaron de materializarse en algo concreto. Le regalaron flores pero la pereza le impedía disponerlas en un jarrón; dio los consabidos paseos nocturnos con algún que otro joven, pero uno tras otro desembocaron en el callejón sin salida de un beso.

Hablaba francés muy bien, pronunciando les gens (los criados) para que rimara con agence y separando août (agosto) en dos sílabas (a-ou). Con toda inocencia traducía el término ruso grabezhi (robos) por les grabuges (peleas) y utilizaba locuciones francesas arcaicas que habían sobrevivido de alguna forma en las viejas familias rusas, pero arrastraba las erres de forma absolutamente convincente aunque nunca había estado en Francia. En su habitación de Berlín tenía sobre su tocador una postal del retrato del zar por Serov, pinchada con un alfiler cuya cabeza era una turquesa falsa. Era religiosa, pero en ocasiones sufría algún ataque de risa en plena iglesia. Escribía versos con esa aterradora facilidad típica de las jóvenes rusas de su generación: versos patrióticos, versos humorísticos, cualquier tipo de versos.

Durante seis años más o menos, esto es, hasta 1926, residió en una pensión de la Augsburgerstrasse (no muy lejos del reloj) junto a su padre, un anciano fornido, de hombros grandes, cejas de escarabajo y bigote amarillento, que llevaba unos pantalones estrechos y muy tiesos cubriendo sus piernas larguiruchas. Trabajaba en una empresa con posibilidades, era famoso por su honestidad y amabilidad y nunca declinaba una copa.

En Berlín, Olga fue haciéndose un numeroso grupo de amigos, todos ellos jóvenes rusos. Se estableció entre ellos un cierto tono desenvuelto. “Vayamos al cinemono”, o “Esa boîte alemana estaba de miedo”. Entre ellos hablaban una jerga moderna hecha de los dichos populares más diversos, de tópicos, clichés, imitaciones de imitaciones. “Estas chuletas son penosas”. “Me pregunto: ¿quién la estará besando ahora?». O, con una voz bronca, atragantada: “Mes-sieurs les officiers...”.

En casa de los Zotov, en sus habitaciones excesivamente cálidas, ella bailaba lánguida el fox-trot al ritmo del gramófono, moviendo su esbelta pierna no sin gracia y sosteniendo el cigarrillo que acababa de fumar hasta que sus ojos localizaban el cenicero que giraba al ritmo de la música, y entonces apagaba en él la colilla sin perder ni un solo paso de baile al hacerlo. Con qué encanto, con qué intención conseguía llevarse el vaso de vino a los labios, bebiendo en secreto a la salud de un tercero sin dejar de mirar tras sus pestañas al que acababa de hacerle una confidencia.

Cómo le gustaba sentarse en la esquina del sofá, a discutir con éste o con aquél los asuntos del corazón de alguien, las oscilaciones del azar, la probabilidad de que alguno se declarase –y todo esto subrepticiamente, mediante indirectas–, y qué comprensión había en sus ojos cuando sonreía, una mirada pura de ojos abiertos, con unas pecas apenas perceptibles en la frágil y azulada piel de su contorno.

Pero en cuanto a su persona, nadie se enamoraba de ella, y ésa es la razón por la que se acordaba de aquel patán que la manoseó en un baile benéfico y que después se puso a llorar sobre su hombro desnudo. El pequeño barón R. lo retó a duelo pero se negó a batirse. La palabra “patán”, por cierto, la utilizaba Olga constantemente y a la menor ocasión. “Semejantes patanes”, decía desde el fondo de su corazón, lánguida y con un punto de afecto. “Qué patán...”. “¿No encontráis que son todos unos patanes?”.

Pero en el momento presente su vida se había oscurecido. Algo había terminado, la gente se levantaba ya para marcharse. ¡Qué rápido! Su padre murió, ella se mudó a otra calle. Dejó de ver a sus amigos, empezó a tejer gorros de lana a la última moda y a dar clases baratas de francés en algún club de señoras. Y su vida se fue arrastrando de esta guisa hasta cumplir treinta años.

Todavía mantenía la misma belleza, con aquella encantadora inclinación de sus ojos separados y con aquella singularísima línea de labios en la que parecía inscrita de antemano la geometría de una sonrisa. Pero su cabello había perdido todo brillo y estaba mal cortado. Su traje de chaqueta negro había cumplido ya su cuarto año. Sus manos, cuyas uñas estaban mal arregladas aunque seguían reluciendo, se encordaban con venas y temblaban nerviosas, a causa de sus continuos cigarrillos. Y será mejor que no comentemos el estado de sus medias...

Y ahora, cuando el forro de seda de su bolso estaba hecho jirones (por lo menos le quedaba la esperanza de encontrar entre los pliegues una moneda perdida); ahora, cuando estaba tan cansada; ahora, cuando al ponerse su único par de zapatos tenía que obligarse a no pensar en las suelas, de la misma forma en que, tragándose su orgullo, cuando entraba en el estanco tenía que prohibirse a sí misma pensar en cuánto debía en aquella tienda; ahora que ya no quedaba esperanza alguna de volver a Rusia y que el odio se había convertido en algo tan habitual que había dejado de constituir un pecado; ahora que el sol se estaba poniendo tras la chimenea, Olga se veía atormentada en ocasiones por el lujo de ciertos anuncios, escritos con la saliva de Tántalo, imaginándose rica, con aquel vestido esbozado gracias a tres o cuatro líneas insolentes, en la cubierta de aquel barco, bajo aquella palmera, junto a la balaustrada de aquella terraza. Y en ese momento echaba en falta alguna que otra cosa.

Y un buen día, con tal ímpetu que casi la tira al suelo, su amiga de los viejos tiempos, Vera, se abalanzó sobre ella como un torbellino que saliera de una cabina de teléfonos, con prisa como siempre, agobiada con innumerables paquetes, con un terrier de ojos peludos cuya correa se enmarañó inmediatamente en dos vueltas en torno a su falda. Saltó sobre Olga y le imploró que fuera con ella a su villa de verano, diciendo que era el destino, que era maravilloso y qué ha sido de tu vida y que vas a tener muchos pretendientes.

“No, querida, ya se me ha pasado la edad para eso”, contestó Olga, “y además...”. Añadió algún detalle y Vera rompió a reír, dejando que sus paquetes casi se cayeran al suelo. “No, en serio”, dijo Olga con una sonrisa. Vera continuó insistiendo, tirando del terrier y sin dejar de moverse. Olga, que empezó a hablar inmediatamente con tonos nasales, tomó prestado algún dinero de su amiga.

A Vera le encantaba organizar las cosas, ya fuera una fiesta con nervio, tramitar un visado, o una boda. Y ahora emprendió con avidez la tarea de organizar el destino de Olga. “La casamentera que llevas dentro se ha despertado”, le decía en broma su marido, ya mayor y del Báltico (cabeza afeitada, monóculo). Olga llegó en un día radiante de agosto. Inmediatamente la vistieron con uno de los trajes de Vera y tuvo que avenirse a que cambiaran su peinado y maquillaje. Trató de oponerse con cierta languidez pero cedió, y ¡cómo crujían, con qué alegría, los suelos de madera en aquella villa tan alegre! ¡Cómo relucían y brillaban los pequeños espejos suspendidos en el huerto para asustar a los pájaros!

Un alemán rusificado llamado Forstmann, un viudo atlético y rico que había escrito libros sobre caza, fue a pasar un fin de semana con ellos. Hacía tiempo que venía pidiéndole a Vera que le buscase una novia, “una auténtica belleza rusa”. Tenía una nariz enorme y poderosa, en cuyo puente lucía una bonita vena rosa. Era educado, silencioso, a veces incluso sombrío, pero sabía cómo establecer, de forma inmediata y sin que nadie se percatara de ello, una amistad eterna con un perro o con un niño. Cuando él llegó, Olga se puso imposible. Apática e irritable, hizo todas y cada una de las cosas que sabía eran inadecuadas. Cuando la conversación recaía sobre la vieja Rusia (Vera intentaba por todos los medios hacer que presumiera de su pasado), le parecía que todo cuanto decía sonaba a falso, que era mentira y que todo el mundo se daba cuenta de que era mentira, y consiguientemente se negó insistentemente a decir las cosas que Vera trataba de extraer de ella; se puede decir que se negó a cooperar en absoluto.

En la terraza, jugaban a las cartas, golpeando los naipes con fuerza contra la mesa. Todos salían a dar paseos juntos por el bosque, pero Forstmann conversaba sobre todo con el marido de Vera, y, recordando alguna broma de su juventud, los dos no dejaban de reír hasta ponerse colorados, se quedaban atrás y acababan tumbados sobre el musgo. La víspera de la partida de Forstmann, estaban jugando a las cartas en la terraza, como solían hacer por las noches. De repente, Olga sintió un espasmo imposible en la garganta.

Con todo, consiguió sonreír y marcharse sin demasiada precipitación.

Vera llamó a su puerta pero no le abrió. En plena noche, después de aplastar una multitud de moscas soñolientas y de fumar sin parar hasta el punto de no poder respirar, irritada, deprimida, odiando a todo el mundo y por supuesto a sí misma, Olga salió al jardín. Allí, los grillos estridulaban, las ramas se balanceaban, una manzana cayó al suelo de repente e inopinadamente con un golpe seco mientras la luna hacía gimnasia sobre la pared encalada del gallinero.

Por la mañana temprano, volvió a salir de nuevo y se sentó en el escalón del porche que ya estaba caliente. Forstmann, que llevaba una bata azul oscuro, se sentó junto a ella y, aclarándose la garganta, le preguntó si consentiría en convertirse en su cónyuge –ésa fue la palabra exacta que utilizó, “cónyuge”. Cuando llegaron a desayunar, Vera, su marido y su prima soltera, en completo silencio parecía que bailaran danzas inexistentes, cada uno en su propio rincón, y Olga dijo con voz cansina aunque cariñosa: “¡Qué patanes!”, y el verano siguiente murió al dar a luz.

Eso es todo. Ni que decir tiene que puede que haya alguna secuela, pero yo la desconozco. En estos casos, en lugar de vacilar haciendo todo tipo de elucubraciones, prefiero repetir las palabras del rey jovial de mi cuento favorito: ¿cuál es la flecha que vuela para siempre? La flecha que alcanza su objetivo.

Fuente: Diario Critica

viernes, 1 de enero de 2010

Arthur Rimbaud

Fuente:http://s3.amazonaws.com/lcp/in_esperada/myfiles/viento.jpg


La brisa



En su retiro de algodón,
con suave aliento, duerme el aura:
en su nido de seda y lana,
el aura de alegre mentón

Cuando el aura levanta su ala,
en su retiro de algodón
y corre do la flor lo llama
su aliento es un fruto en sazón.

¡Oh, el aura quintaesenciada!
¡Oh, quinta esencia del amor!
¡Por el rocío enjugada,
qué bien me huele en el albor!

Jesús, José, Jesús, María.
Es como el ala de un halcón
que invade, duerme y apacigua
al que se duerme en oración.

Versión de Andrés Holguín

lunes, 28 de diciembre de 2009

Juan Rodolfo Wilcock






La Atlántida

Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual reelevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: "Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes".

Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: "Valor, excelencia, lo peor ya pasó".

FIN

Alejo Carpentier

Viaje a la semilla



I

-¿Qué quieres, viejo?...

Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían -despojados de su secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.

Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se despoblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.

Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.


II

Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.

Los cuadrados de mármol, blancos y negros, volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación.

En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.

El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.

Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida


III

Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.

Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.

Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel. Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.


IV

Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.

Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio murmurando: "¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!" No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.

Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.


V

Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la obscuridad. Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas -relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de las rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.


VI

Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.

Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia.

Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, se sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos.

La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.

Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de "El Jardín de las Modas". Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca -así fuera de movida una guaracha- sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.


VII

Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.

Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto. "León", "Avestruz", Ballena", "Jaguar", leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo, "Aristóteles", "Santo Tomás", Bacon", "Descartes", encabezaban páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categoría de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.

Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.

Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primero.


VIII

Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.

Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de distancia.

-¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...

Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.

Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario -como Don Abundio- por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones -órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.


IX

Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda -cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce.

Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.

Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los "Sí, padre" y los "No, padre", se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salía, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.

El padre era un ser terrible y magnánimo al que debía amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.


X

Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.

Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la Amargura.

En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras, que llamaban el "Urí, urí, urá", con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.


XI

Cuando Marcial adquirió el hábito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.

Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.

Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.

Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo calificaba a su padre de "bárbaro", Marcial miraba a Canelo, riendo con los ojos. Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija que decía "urí, urá", sacándose del cuello una corbata rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.

-¡Guau, guau! -dijo.

Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos, objetos que estaban fuera del alcance de sus manos.

XII

Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.

Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.

Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas.

Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.


XIII

Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.