domingo, 24 de agosto de 2008

Gregory Corso

Yo obsequié
"Obsequié el firmamento
junto a las estrellas los planetas las lunas
y también las nubes y los vientos del clima
las formaciones de aviones, la migración de las aves...
“¡De ningún modo!”, aullaron los árboles,
“¡Los pájaros cuando no vuelan son nuestros, no los podés obsequiar!”
Así que obsequié los árboles
y el terreno que ellos habitan
y todas aquellas cosas que crecen y se arrastran sobre él
“¡Un momento!”, marearon los mares,
“¡Las costas, las playas son nuestras, los árboles para los barcos
para los astilleros, nuestros!, ¡no los podés obsequiar!”
Por lo tanto obsequié los mares todas las cosas que los nadan los navegan...
“De ningún modo”, tronaron los dioses,
“¡Todo lo que has obsequiado nos pertenece! ¡Nosotros lo creamos!
¡Incluso creamos a aquéllos como vos!”
Entonces fue cuando obsequié a los dioses. "
El Poder de la Palabra www.epdlp.com

sábado, 2 de agosto de 2008

WILLIAM CARLOS WILLIAMS

DANSE RUSSE
Si cuando mi mujer está durmiendo
y el bebé y Kathleen
duermen también
y el sol es un blanco disco de fuego
entre brumas sedosas
arriba de árboles resplandecientes;
si yo en mi cuarto del norte
bailo desnudo, grotescamente
ante mi espejo
haciendo flamear mi camisa alrededor de mi cabeza
mientras me canto en voz baja:
"Estoy solo, solo.
Nací para ser solitario,
¡Estoy mejor así!".
Y admiro mis brazos, mi cara,
mis hombros, flancos, nalgas
contra las cortinas amarillas que han sido bajadas.
¿Quien se atreverá a decir que no soy
El genio feliz de mi casa?

sábado, 12 de julio de 2008

Friedrich Schiller

El garante‎
Al tirano Dioniso, con la daga
en la toga, Damon llegó furtivo.
La fiel guardia en tropel lo hizo cautivo.
«¿Qué pretendías con la daga? ¡Habla!»
dice el monarca con sombría rabia.
«¡Del cruel tirano a la ciudad librar!»
«Con tu vida en la cruz lo has de pagar.»
«Estoy,» dice el reo, «presto a morir,
no preciso implorar por mi existencia,
pero tengo que rogaros clemencia,
tres días de prórroga os he de pedir,
que a mi hermana a su esposo pueda unir;
ofrezco a mi amigo leal de garante,
mátalo si yo faltara infamante.»
Pérfido, el rey comienza a sonreír
y dice cuando la situación mide:
«Tres días concedo como se pide;
recuerda bien que al cesar de regir
el plazo, si no vuelves, a morir
él va por seguro, pero a ti dado
el justo castigo, él será indultado. »
Y acude a su amigo: «Decreta el rey
que sea crucificado para así
saldar el delito que cometí,
mas tres días me concede por ley
por que a mi hermana casar pueda ver
siempre que bajo su poder tú quedes
hasta que, una vez libre, yo regrese. »
En silencio a su buen amigo abraza
y ante el cruento tirano se presenta;
Damon a su larga ruta se enfrenta.
Visto el rito que a los suyos enlaza,
el tercer sol sus rayos aún no traza
cuando parte con presuroso paso
con inquietud por no faltar al plazo.
Mas aparece una lluvia incesante,
aguas furiosas de los montes bajan
y airados torrentes las tierras sajan.
En la orilla parado el caminante,
ve el puente ceder al agua bramante,
con gran fragor de trueno que amedrenta
la bóveda de su arco se revienta.
Vacila en la orilla, anda sin consuelo:
su mirar en la distancia le hiere
y grandes voces de pesar profiere.
No hay barca alguna en tamaño revuelo
que lo porte hasta el anhelado suelo,
ningún barquero por él va a bogar;
la feroz corriente se torna mar.
Anclado en la orilla llora e implora,
a lo alto, a Zeus, sus manos dirige:
«¡Temple el tumulto que tu poder rige!
El sol ya alto está, crece la demora,
y en cuanto del ocaso llegue la hora
si no he podido alcanzar la ciudad
mi amigo fiel mi muerte heredará. »
El fragor con furia crece constante
y así una ola tras otra se sucede,
una hora a la siguiente el turno cede,
su angustia ya es coraje delirante,
se arroja audaz al frenesí bramante.
Su brazo férreo hiende el agua, nada
resuelto, y al fin de él un dios se apiada.
Gana la orilla y marcha con premura,
al dios que lo salvó gracias va dando
mas encuentra viles maleantes cuando
en el bosque se interna en la espesura,
cierran el paso y su aliento supura
muerte, impiden seguir al caminante
con curvas porras de aire amenazante.
«¿Qué queréis?» pálido de horror exclama.
«¡Nada poseo salvo mi propia vida
y esta a vuestro rey tengo prometida! »
Y arrebata el mazo al que al lado brama:
«¡Por mi amigo habed piedad! » les reclama,
con tres golpes tremendos lo derriba
y los demás huyen con prisa viva.
Sol lanza fieras brasas sin clemencia,
frente a la interminable adversidad
sus piernas flaquean de debilidad
«Del ruin criminal me libró tu anuencia,
fuiste ante atroz caudal mi providencia
¿y es ahora aquí donde me he de pudrir
dejando a mi probo amigo morir?»
¡Atención! algo bulle cantarín,
cerca de él un cristalino murmullo
le aguza el oído con quedo arrullo;
de entre una roca brota un saltarín
manantial alegre y vivaz sin fin;
al fresco arroyo va inmediatamente
y extingue el fuego de su cuerpo ardiente.
Juguetea el sol por el verde enramado,
pinta la tarde en rutilantes pastos
gigantescas sombras de árboles vastos;
dos viajeros de paso apresurado
se cruzan con premura por su lado.
Consternado les oye comentar:
«No hay vuelta atrás... en la cruz va a expirar.»
Lo espolea una angustia que lo acusa,
el dolor de la conmoción lo hostiga,
pasan los rayos del celeste auriga
entre las almenas de Siracusa
cuando el fiel Filóstratos se le cruza,
de su hogar el custodio leal y honesto,
que ante su amo muestra espantado gesto.
«¡Atrás! Por él nada puedes hacer,
ya es reo de las garras de la muerte,
¡que al menos tu vida corra otra suerte!
Hora tras hora esperó tu volver
sin que su alma diera en desfallecer,
no han podido las mofas del tirano
robar la fe que siente por su hermano.»
«Si acaso fuera demasiado tarde
ya para poder ser su salvador,
únanos la muerte, ese es mi fervor.
Oír que al amigo abandonó un cobarde...
al tirano no admitiré ese alarde.
¡Inmólenos pues a ambos a la vez
para que así vea del amor la prez!»
Llega al portón a la hora del ocaso,
y allí divisa ya erguida la cruz
presidiendo la absorta multitud
con su adorado amigo atado al raso.
Turbado, entre la masa se abre paso:
«¡Verdugo!”, vocea “¡Mátame a mí!
¡Soy yo por quien responde! ¡Heme aquí!»
La muchedumbre observa encandilada,
los dos en fraterno abrazo fundidos
sollozan de alegría y pesar unidos.
Nadie hay sin lágrimas en la mirada,
y al rey la asombrosa nueva es llevada;
le anega una humana emoción y ordena
que ante él vengan los que expiaron su pena.
Los mira absorto de fascinación
y al fin dice:«Triunfasteis finalmente,
me conquistasteis corazón y mente:
la fidelidad no es vacua ilusión.
Como amigo aceptadme, es mi oración,
pues ruego me permitáis lo que quiero:
ser de vuestra eximia hermandad tercero.»
Traducción: Spacebirdy y Piolinfax
Revisión: Lourdes Cardenal

Nathaniel Hawthorne

Wakefield

Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.
Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.
¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba "algo raro" en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.
Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.
Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.
Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.
-No -piensa, mientras se arropa en las cobijas-, no dormiré otra noche solo.
Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre -pues es un hombre de costumbres- lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?
En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa -la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito- persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.
Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.
-¡Pero si sólo está en la calle del lado! -se dice a veces.
¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no... probablemente la semana que viene... muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.
¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.
Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.
Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:
-¡Wakefield, Wakefield, estás loco!
Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba -digámoslo en sentido figurado- a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir "pronto regresaré", sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.
Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.
Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.
El suceso feliz -suponiendo que lo fuera- sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.

domingo, 22 de junio de 2008

Fabian Casas

El Bosque Pulenta
Se trata de dos chicos que salen a la vez por las puertas traseras del mismo taxi y, por miles de motivos, no se vuelven a ver más. Uno de ellos soy yo, el que cuenta la historia. El Otro es Máximo Disfrute, mi primer amigo, maestro, instructor, como se le quiera llamar.
Mi mamá y su mamá trabajaban en la misma fábrica de ropa interior femenina. Lo primero que recuerdo es que estamos debajo de algo. Puede ser la mesa inmensa del dormitorio de mis viejos. Ahí jugábamos. Durante toda mi infancia Máximo venía a mi casa para que jugáramos. Como su mamá era muy pobre y vivía saltando, como una abeja, de hotel en hotel, yo nunca iba a su casa a jugar. Una vez, cuando Máximo era bebé, y su mamá alquilaba una pieza donde no querían madres solteras, se tuvo que acostumbrar a dormir en un cajón, escondido debajo de la cama, por si la dueña del lugar irrumpía de golpe en el cuarto y los echaba a patadas. Esa incertidumbre constante, ese peregrinar de pieza en pieza, aceleró la imaginación de Máximo y lo convirtió a temprana edad en un adulto. ¿Qué es un adulto? Alguien que comprende que la vida es un infierno y que no hay ninguna posibilidad de buen final. Máximo, según mi parecer, venía rumiando este conocimiento desde que estaba debajo de la cama, en la oscuridad.
Una tarde, estamos sentados en mi cuarto y Máximo me pide que le traiga una medibacha de mi vieja, dice que me quiere mostrar algo que le está pasando. Voy al dormitorio de mis padres y escarbo en los cajones. Ya de camino a mi pieza, atravieso el cuchicheo de nuestras madres en la cocina. La media está enrollada en mi bolsillo. Máximo la agarra y me dice que cierre la puerta. Después se baja el pantalón. Un pantalón negro con dos parches redondos de cuero en cada rodilla. Y se empieza a frotar la pija con la medibacha de mi mamá. Al rato le sale por la punta del pito un pedazo de crema dental. Me dice que pruebe con la media, que es increíble lo que se siente. Yo la agarro e imito los movimientos de mi maestro, pero no consigo nada. Máximo me detiene con un gesto y me dice que no me preocupe, que quizá todavía no puedo hacerlo. Le pregunto qué se siente. Me dice: es como un escalofrío pulenta. Después me explica, mediante dibujos, que esa pasta dental que le salió del pito es la que te trae al mundo, que los padres “cojen”. Es la primera vez que escucho esa palabra. Cojer, dice Máximo, es lo que nos multiplica. Y me aclara que sólo goza el padre. Después lavamos la media de mi mamá y la escondemos. Máximo me dice que vuelva a intentarlo en otro momento.
En la cortada del pasaje Pérez, escucho de boca de Máximo la palabra “Chabón”. Estamos jugando al fútbol en la calle. También dice, cada vez que algo está bueno, “Pulenta”. Yo le dije esa palabra a mi maestra y me retó. Mi mamá también me retó cuando se la dije a mi viejo. Mi papá, en cambio, se rió. A Máximo todas estas palabras se las pasa su primo, que es muy grande y vive en la provincia. En San Antonio de Padua. Máximo dice que vamos a ir ahí un fin de semana para matar gatos. Para eso, nos preparamos con mi juego de química, haciendo brebajes letales que van a poner a los gatos patas para arriba. Pero la madre de Máximo nunca nos lleva a San Antonio de Padua. No importa, Máximo trae una radio inmensa que era de su abuelo. La abrimos y tratamos de arreglarla. Soñamos que si lo logramos, vamos a ser considerados chicos prodigios. ¡Los primeros chicos que sin saber nada de electricidad pudieron devolverle la vida a una radio viejísima!. Fantaseamos con que estamos en un canal de televisión y nos entrevista un locutor que quiere saber cómo lo logramos. Vea, dice Máximo, fue un trabajo bien pulenta. Y el público estalla en aplausos y se bloquean las líneas telefónicas del canal porque la gente no para de llamar para felicitarnos.
La mamá de Máximo, durante una larga temporada, venía a mi casa, aún en pleno verano, con tapados grandes. A mi vieja le llamaba la atención. Al poco tiempo Máximo tenía una hermanita. La chica se quedó a vivir en la casa de sus padrinos, unos viejos que no podían tener hijos y que eran los empleadores de la mamá de Máximo. De vez en cuando, Máximo venía a casa con su hermanita ya crecida. Y le hacíamos esto: la acostábamos en mi cama boca abajo y nos subíamos encima de ella, frotándola con el pito hasta acabar. A veces venían otros chicos del barrio invitados por Máximo para frotarse y acabar. Máximo Disfrute empezaba a hacerse una reputación importante en todo Boedo.
Es el invierno del 78. Hace un frío de puta madre. “Frío Mundial 78”, como lo recordaríamos tiempo después. Tengo un equipo Adidas nuevo, y le paso el mío viejo a Máximo. Le queda casi bien. Es un poco más bajo que yo. Tiene nariz aguileña y los pelos duros como los de un puercoespín. Suele pelearse en la calle con chicos de otros barrios y con esto suma puntos entre nosotros. Se peleó en el cine Moderno antes de que empezara una película de Trinity, en el recreo del colegio con uno de séptimo, en el Minimax cuando fuimos a comprar bebidas para un cumpleaños y, lo que terminó por coronarlo como el más grande, se robó plata de una de las oficinas donde la madre hacía la limpieza. Repartió el botín entre todos y nos fuimos, en taxi, al centro a ver películas y a comer pizza por metro. Creo que esa fue la primera vez que viajé solo en un taxi que yo podía pagar, es decir, que Máximo podía pagar. En esa gloriosa tarde que culminó con una compra masiva de revistas de Batman, fue cuando se ganó el apodo. Había una canción publicitaria con la que se promocionaba el Ital Park: “Los chicos lo conocen a Máximo Disfrute/Máximo Disfrute está en el Ital Park/ el Ital Park es grande ¿en dónde lo encontramos?/ ¡En los ojos de sus hijos lo hallarán!”. La cantábamos mientras volvíamos tarde, de nuevo en taxi, del centro hacia Boedo. Eramos cinco. Se empezó a correr la bola de que en una calle de Boedo había un chico, un tal Máximo Disfrute, que la rompía.
Entonces desapareció por primera vez. La madre de Máximo había conseguido un trabajo cuidando una quinta junto a su hermana, en Córdoba. Así que adiós disfrute. Recuerdo que fue la primera vez que claramente extrañé a alguien. Pasaba caminando por todos los lugares donde solíamos ir y recordaba las frases de Máximo sobre tal o cual cosa. En la distancia, su figura se volvía mítica. Con el gordo Noriega, o el Tano Fuzzaro, nos pasábamos la tarde recordando la vez que Máximo se enfrentó con los de la Placita Martín Fierro y —demostrando claramente que estaba loco— se les plantó cuando terminábamos un partido muy chivo y —en la mismísima plaza— les dijo que los iba a matar uno por uno. Al Jefe de la placita, a Chamorro, eso le encantó, y en vez de romperle la crisma lo adoptó casi como un segundo ¡De golpe y porrazo Máximo era un capo de la peligrosa Martín Fierro! ¡Tenía el aguante de Chamorro! ¡Un pesado que con sólo nombrarlo en cualquier lugar de Boedo ya daba miedo! A veces, Máximo venía a la vereda donde nos sentábamos a escuchar los discos de Led Zeppelin, y nos contaba, al pasar, que la noche anterior había estado con Chamorro, que se habían agarrado a trompadas contra los de Deán Funes, que se habían cojido minitas, que habían robado una farmacia que estaba cerrada y que casi los agarró la policía porque él se había colgado cagando, con la linterna en la mano, en el baño del negocio. Según pudimos saber a través de Máximo, Chamorro sabía artes marciales y era muy frío y ventajero a la hora de pelear. Por eso gana siempre, tiene un arrebato pulenta, decía.
Chamorro también le había conseguido un trabajo en el Mercado de Boedo. Hacían el delivery para un carniza italiano que vivía en la calle Castro. Según Máximo, un viejo cornudo hijo de puta que se había casado con una nenita que le habían enviado de Italia especialmente para que se la moviera. ¡Un delivery de carne fresca!
Con la plata que sacaba trabajando, Máximo se vestía con lujo según la moda de la época. Era un cheto de piel oscura. Camisas rayadas, chalecos azules, vaqueros Wrangler bombillas y mocasines con unos flecos en el empeine. Ibamos a bailar a Casa Suiza, al Asturiano, al Hogar Portugués y empezábamos a besar a las primeras chicas. Fue entonces cuando desapareció y yo anduve como bola sin manija, como perro sin dueño, como arquero sin arco… la ropa que me había comprado siguiendo el estilo de Máximo me parecía horrible, mi vocabulario había envejecido a la velocidad del sonido… Iba a tener que inventarme a mí mismo… Cuando, una noche de lluvia —me acuerdo bien de eso— sonó el teléfono en casa y escuché su voz después de casi un año. Andrés, me dijo, estoy junto a un fuego con mi primo, y unos seis perros, por el ventanal se ve el bosque que es la parte de atrás de la casa que cuidamos… tendrías que verlo, es un bosque pulenta, con ciervos y pájaros de todos los colores y caballos fosforescentes y lechuzas que hablan. ¡Era Máximo en todo su esplendor! Le dije que yo ahora tenía rulos –no me cortaba el pelo y se me había enrulado- y que eso le gustaba a las chicas. También le dije que lo extrañaba y le pregunté cuándo iba a volver. No lo sé, depende de mi vieja, dijo, estaría bueno que vos pudieras venir a recorrer este bosque, te metés en él y parece interminable, es como si creciera a su antojo a medida que uno camina. Y agregó: con mi primo nos matamos de risa todo el tiempo. Agarramos a los perros y nos perdemos en el bosque y cocinamos algo por ahí. Es bien pulenta. Sentí una mezcla de celos y un extraño furor. Supongo que pensé que la vida podía ser algo increíble si uno se encontraba en el bosque pulenta. Después hicimos un inventario de los chicos de la barra y finalmente nos despedimos. Pasó un año más hasta que una tarde abrí la puerta de casa y él estaba ahí. Pero ya no tenía la indumentaria cheta. Tenía un overol, una remera desteñida y el pelo duro de puercoespín había mutado por unos rulos inmensos. Se señaló la cabeza y me dijo: ¿esta es la onda, no?. Y nos abrazamos. El Avatar estaba de nuevo en Boedo. Se había hecho la permanente y se había tatuado un árbol en el brazo derecho. Y empezaron rápidamente a sucederse las cosas.
Por ejemplo, esto. El tano Fuzzaro está en el living de mi casa. Parado, mojado, porque afuera está lloviendo. La campera inflable brilla bajo la luz del techo. Tiene la respiración agitada. Vino corriendo. Es un heraldo. No puede saber que en algún momento se va a comprar una moto y que vamos a andar los dos —cada uno en la suya— surcando Boedo como bólidos. Todavía no sabe que una tarde de frío nos vamos a dar un palo terrible en la Costanera y que el va a caer de cabeza al piso, sin casco, y que un telón de sangre va a bajar a través de sus ojos. Así es la vida, me va a decir mientras yo le trato de levantar la cabeza. Y después chau. Ya está, ya lo escribí. Ahora está impaciente por hablarme. Me hizo despertar por mi vieja. Bajo de mi pieza con la ropa del secundario todavía puesta. Me había quedado dormido con los pantalones grises, la corbata azul, y la camisa celeste. Había estado escuchando Spinettta hasta morir. Ahora tengo la boca pastosa y le digo al tano que se siente, que se saque la campera húmeda. Hay un quilombo bárbaro, me dice, estábamos con Máximo en el Parque Rivadavia y de pronto se le acercan unas chicas y …¿Quiénes estaban en el parque?, le pregunto. Máximo, el Japonés Uzu, los hermanos Dulce…Y de golpe, detrás de las minas saltan unos chabones que dicen, de guapos, que qué estamos haciendo ahí y Máximo le dice que está en donde se le canta y, casi sin darle posibilidad de que le contesten, lo arrebata a uno y el chabón cae como un árbol. Y el otro se asusta y sale corriendo…Y ahora fueron unos pibes del Parque a lo del Japonés ¿A la tintorería?, pregunto. Sí, a la tintorería y le dijeron que el Parque Rivadavia está buscando a Máximo para surtirlo. Un tal Chopper ¿Sabés quien es Chopper? ¿Chopper?, digo. Chopper ¡el que se bancó a los de la plaza Flores cuando pelearon en la puerta del Pumper!, dice. Ahora lo tengo claro. Chopper, un gordo medio rugbyer, un asesino a sueldo que se la pasa peleando en cuanto baile se hace por la zona…¿Qué pensás, qué pensás?, gatilla el Tano. Pienso que la de Historia es una pesadilla de la que trato de despertar, le digo. ¿La de Historia, la vieja de historia?, dice. ¿Qué tiene que ver? Que tengo que estudiar toda esa mierda para mañana y no agarré un puto libro, le digo. Entonces mi mamá entra en el living y le pregunta al tano si quiere tomar un café. No, gracias, señora, le dice el tano. Yo espero que mi vieja se vaya para su pieza y le digo al Tano: Tano ¿vos sabés que Máximo se está dando? ¿Se está dando?, pregunta, mirándome fijo. Sí, que está fumando marihuana y toma pastillas, le digo. Lo inició el primo. A mí no me lo dijo nunca pero se lo contó a Chumpitaz. ¿A Chumpitaz?, salta el Tano. Más que Máximo se drogue, lo que le parece increíble es que se lo haya contado al imbécil de Chumpitaz. Ahora se saca la campera, tiene la cara desencajada. Bueno, dice, nosotros cuando éramos chicos tomábamos ese Talasa. Sí, lo hacíamos, le digo. Lo que dice Chumpitaz es que Máximo está vendiendo en la Plaza Martín Fierro, con Chamorro. ¿Vendiendo droga? Sí, vendiendo. Y las pastillas lo deben poner más loco de lo que es, le digo. ¿Vos probaste?, dice el Tano. No, digo. Si no hablamos con él va a terminar en la cárcel, le digo. O va a terminar asesinado por Chopper, dice. Chopper, pienso, el que a la salida de la cancha de Ferro se agarró a pedradas con la cana. Entonces el Tano parece recuperar su papel en el guión, y recuerda súbitamente para qué vino, para qué me hizo despertar tan tarde. Y me dice: mañana a la noche nos juntamos en la esquina de Maza y Estados Unidos, vamos a ir al Parque Rivadavia, para ver cuántos son. ¿Quién dijo eso?, digo. Máximo y los Dulces estuvieron de acuerdo. También dicen que va a venir Chamorro y pibes de la Martín Fierro, me larga, para darme a entender que vamos a estar bien pertrechados. Parece que los del Parque Rivadavia se reúnen a la noche bajo el monumento. La idea es seguirlos y después apretarlos cuando se van. ¿Y Chopper?, digo. De Chopper se encarga Chamorro, dice. Una pelea de titanes, digo. La Tercera Guerra Mundial, dice.
La esquina de Maza y Estados Unidos. Es una noche fría. Cuatro esquinas cruzadas por dos calles anchas, mucho cielo, ningún edificio y el farol del medio de la calle con su luz lunar. Por encima, y a los costados, la oscuridad y las frías estrellas. En las casas, algunas luces prendidas, el reflejo de una estufa o un televisor. Acabamos de hacer lo que hacemos siempre que nos juntamos y es invierno: amontonamos madera sobre la calle y prendemos fuego. Nos ponemos en círculo y el fuego es el núcleo. Está el gordo Noriega, el Tano Fuzzaro, los hermanos Dulces, el Tucho feo, el japones Uzu y yo. Esperamos a Máximo que va a venir con Chamorro y los pibes de la Martín Fierro. Hay una calma tensa. Estamos arriba de un avión y de un momento a otro vamos a tener que empezar a arrojarnos en paracaídas. De golpe, por la vereda de Estados Unidos, con un trozo de la avenida Boedo a sus espaldas, viene caminando apurado Chumpitaz. Tiene, como siempre, las manos en los bolsillos. Es capaz de pelear con las manos en los bolsillos. Lo habíamos mandado al Parque Rivadavia para que vea si debajo del monumento ya estaban los enemigos. Cuando pase el tiempo, Chumpitaz se va a casar con la gorda Fantasía y va a poner una remisería en Humberto Primo y Maza. Va a engordar —ahora es un grisín con el flequillo Balá— y va a tener cuatro hijas. Están todos ahí, dice, mientras le sale vapor por la boca. ¿Está Chopper?, pregunta el Dulce más grande. No, dice Chumpitaz, no me acerqué mucho porque son un montón y el monumento está todo iluminado. ¿Pero está o no está?, repregunta Dulce, que tiene un mancha blanca de nacimiento en la cara. No sé, dice, nervioso, había dos grandotes que se estaban sacando los cinturones. Esto va para atrás, pienso, mientras tiro más madera al fuego. Quiero un fuego colosal. ¿Cuándo viene Máximo?, pregunta Tucho. Ya va, ya va, dice Dulce grande. Dulce chico tiene los ojos fijos en el fuego. ¡Miren! , dice el gordo. Cruzando la calle, debajo del farol, en diagonal, se acerca Musculito. Todos empezamos a cantar : Musculito Musculito Musculito/te rompemos/el culito. Musculito se sonríe. Tiene apenas 17 años y un cuerpo trabajado a full en un gimnasio. El pelo teñido con agua oxigenada. Los sábados desfila en Rigars, una casa de ropa masculina que queda en plena calle Lavalle. En el primer piso del negocio, hay un gran ventanal con una pasarela para los modelos que se pasean a la hora en que la gente sale de los cines. Nosotros íbamos a gritarle de todo a Musculito. ¡Puto, puto!, gritábamos. ¿Qué hacen quemando madera?, dice Musculito. Tiene un buzo estrecho y unos vaqueros ajustados. Estamos esperando a Máximo, salta Chumpitaz. ¡Entonces va a haber riña!, dice. Con los del Parque Rivadavia, dice Dulce grande, ¿por qué no venís, Musculito? ¿Están locos?, dice, con un tono de loca, los van a hacer pedazos. Yo tengo toda una vida por delante. Más bien por detrás, dice, irónico, el Tano. Chicos, dice Musculito, si mañana siguen vivos, que lo dudo mucho, ¿quieren venir a una exhibición de gimnasia con aparatos? Le gritamos de todo. Dulce lo empuja. Musculito, que podría destrozarnos a todos juntos con los ojos cerrados, prefiere reírse. Después se me acerca. Otra vez siguiendo el carro de Máximo ¿no?, me dice. Los del Parque empezaron, le digo sin mirarlo a la cara. Musculito siempre me pone nervioso. Ese Máximo es un infradotado, dice. Ya se van a dar cuenta. Entonces pasa un colectivo rojo, inmenso, pasa por Maza y cruza Estados Unidos y detrás de él, como si el colectivo hubiese sido un telón metálico y ruidoso, aparecen Máximo y unos diez chicos. Tiene, apenas lo vemos, los ojos desorbitados y brillosos. Yo y el Tano lo miramos y nos miramos. Los muchachos son de la Martín Fierro, son gente de Vainilla, dice Máximo. Vainilla, un moreno con la capucha del canguro puesta, se adelanta y nos saluda con una inclinación oriental. Musculito se separa de nosotros, se apoya contra un Valiant negro que siempre está estacionado casi en la esquina. Nunca vimos a nadie manejarlo. Pero está impecable, brilloso. Chamorro se nos une allá, así que tranquilos, vamos a darle su merecido a esos boludos, para que sepan quien manda en Boedo, dice Máximo. ¿El Parque Rivadavia queda en Boedo?, pregunta el imbécil de Chumpitaz. Boedo queda donde estemos nosotros, dice Máximo. Eso me quebró. Esa frase, esa puta frase, dicha en ese momento de la noche, me puso la piel de gallina y los ojos húmedos. Todavía recuerdo la campera roja, inflable, de Máximo, contra el replandor del fuego. Bueno, vamos, dice Dulce grande. El Tano me mira. Empezamos a caminar por Estados Unidos. Vamos a hacer Estados Unidos hasta avenida La Plata y vamos a entrar por Quito, por un costado del parque, detrás del monumento. ¡Chau Musculito!, le grito, ¡ los que vamos a morir te saludan! Musculito se cruza de brazos y nos saca la lengua.
Epílogo: Charla con el japonés Uzu, inventor del Boedismo Zen
Dicen que a Jimmy Page le salió mal una brujería y por eso se murió Tarac, el hijo de Plant, dice Uzu.
¿Se llamaba Tarac o Tarek?, digo.
No sé. Pero de lo que estoy seguro es que el tipo se dedica a la brujería. ¿No viste los signos que usa en la ropa y en los discos de Zeppelin?
Zoso.
Ese, Zoso, que es una especie de invocación satánica ¿Dónde tenés Zeppelin Dos?
En la otra pila.
Japón, ¿Viste qué bueno ese chaleco que tiene el hijo de puta…ese que dice en letras grandes Zoso.
Es de Page, yo se lo vi a Page.
Ese. Me duele como la puta madre…Anoche no podía dormir del dolor…
¿Te hicieron radiografías?
Sí, de la cabeza y del brazo y creo que del torax también. Lo que pasa es que vos quedaste justo en el medio. Acá está. ¿Puedo ponerlo bajo?
Sí.
Este Winco... ¿Quién lo pintó de blanco?
Lo pintamos con el tano Fuzzaro una vez que nos dimos vuelta con Talasa. ¡Está bueno!
Para mí este disco es uno de los más grandes de la historia del rock, es como el Sargent Pepper…vas a ver que lo van a copiar hasta el año dos mil…
Me parece que nos volvimos locos, no tendríamos que haber salido todos a la vez…Y ese Vainilla que parecía tan malo al final se metió en ese quiosco y se hacía el que compraba cosas…
¿En qué quiosco?
En uno de avenida La Plata, cuando empezamos a retroceder corriendo…
Pero vos ahí te paraste en seco y encaraste a ese animal del cinto.
Sí, fue medio loco.
¿Qué le dijiste?
No me acuerdo. Pero ahí me empezaron a pegar de todos lados y Máximo me gritó algo pero no sé qué. Japón, ¿sabés que de golpe tengo una sensación extraña?. Como si perdiera el sentido de las cosas. Es como si de golpe me sumergiera en el fondo del agua y escucho todo bajo esa campana de silencio que hay cuando uno está nadando al ras del piso de la pileta ¿Viste?
Le dijiste eso al médico.
Sí, me dijo que podía ser por el shock de la pelea y los golpes. Me hizo un electroencefalograma pero salió todo bien.
Yo lo vi a Máximo gritando como loco y se metió en el medio donde te estaban pegando a vos con un palo que no sé de dónde lo sacó…
Dulce grande estaba tirado boca abajo, sobre la calle ¿estábamos sobre la calle?
Ustedes sí, yo venía detrás, yo vi los patrulleros y a esas viejas que empezaron a gritar… pero al tal Chopper no lo vi por ningún lado.
Ni a Chamorro.
Anda diciendo que va a ir el sólo al parque.
Que vaya. Lo van a matar.
Nosotros empezamos a correr por Venezuela cuando cayó la yuta.
A mí me agarró Máximo y me metió en un taxi. Estaba aturdido. Maximo sangraba por toda la cara.
¿Fueron al Ramos Mejía?
No. No teníamos plata para pagar y ni bien salimos de ese quilombo Máximo le dijo al tipo que no teníamos un mango y nos hizo bajar. Yo bajé por un lado y Máximo por el otro. Pero no lo volví a ver.
¿Cómo puede ser?
Como te digo. El taxi arrancó y yo estaba solo. Máximo, Máximo grité. Pensé que se había quedado en el taxi, pero me acuerdo que los dos bajamos a la vez. De ahí volví caminando hasta casa. A medida que me enfriaba me dolía el alma.
El misterio de Bruce Lee.
Lo mataron porque estaba dando a conocer los secretos de las artes marciales ¿No?
Sí. Lo mataron con un golpe.
Cómo.
Un tipo se lo cruzó por la calle y apenas lo tocó. Pero como era un experto, con ese golpe bastó para que a la semana, Bruce se muriera.
Se parece a lo que me contaste la otra vez con el maestro de té.
Es así. Si vos sos un maestro de té, impecable en el arte de la preparación del té. También podés pelear con cualquiera y matarlo a golpes porque sos impecable. Tenés impecabilidad.
¿Es decir que si yo fuera un maestro del té podría haber fajado a todo el parque Rivadavia?
Exacto. Voy a poner Zeppelin uno. Este también está rebueno.
Es genial. Igual que House of the holy.
O Physical Graffiti.
Ese es mortal. ¿Y Máximo?
Nadie lo vió. Ya va a aparecer. Seguro que anda en Padua.
Máximo es impecable.
Sí.
©Fabián Casas

Juan Gelman



Dafne


Qué fiesta la de la alegría nueva

sobre el viejo color.

Dafne se hace pluma y vierte

luz y tiempo en la razón de piedra.

Le escriben versos en la ciudad

que pisotea a la justicia. Dafne huye

de los papeles que la ciñen.

Nadie la merece, pero

a veces se la encuentra en

humillaciones de la realidad.

No está escrita aún, como un caballo largo.

Se la ve tan claramente

en el árbol que fue, convertido en vanidad.

Ella ocupa la desolación y nada se le concederá.

Ni el asombro idéntico a ella misma.

Sólo busca un recuerdo donde pueda

ser suave y, en un momento, niña.

Cierra los ojos ante el viento

que agita su pollera y

sobre ella cae la vida continua.

Para La Nacion
Buenos Aires, 1997

Eduardo Berti

Esquirlas de Atamisky

Dos barcos esperaban en el puerto, las negras siluetas de sus cascos temblando en el agua. Uno orientaría su proa rumbo a Nueva York; el otro hacia Sudamérica. Al abuelo Ernesto, entonces sin nada de abuelo, le tocó el segundo en un sorteo hecho allí mismo en la dársena, y aunque planeaba desembarcar en Río de Janeiro, a bordo cambió de planes y siguió hasta Buenos Aires. Semejantes azares fundaron nuestra familia, más los azares de mis otros tres abuelos, pero ninguno como Ernesto, quien sólo en sus últimos años, siendo yo testigo, trabajó como jardinero y empleado textil, como rematador y sereno. Dudo de la existencia de otro hombre que haya desempeñado tantas profesiones.
Aunque había zarpado del puerto de Burdeos, el Argyle navegaba bajo bandera británica y pertenecía a la compañía escocesa de Thomas Law. Se trataba en realidad de un navío mercante de doce mil toneladas, donde además cabían cuatrocientos pasajeros, incluidos doscientos en primera clase. El capitán del Argyle, de apellido impronunciable para la boca de mi abuelo, llevaba un gorro azul hundido hasta las cejas y solía pasearse por el castillo de proa junto con el contramaestre. Tanto el capitán como el contramaestre eran hombres extraños, que hablaban dos idiomas a la vez, mezclándolos de una manera casi ecuánime. Del inglés pronunciaban sólo aquellas palabras que callaban en francés, y a la inversa. Era como si se hubiesen evitado la molestia de aprender íntegramente dos idiomas; sin embargo, desplegaban en sus charlas un vocabulario tan estrecho, que parecían haberse reservado palabras nunca dichas para otros idiomas aún por conocer.
Salvo al bordear el golfo de Vizcaya, donde un viento feroz meció el casco del Argyle de modo inclemente, no hubo otros inconvenientes en la travesía. Pasados los primeros días de altamareo, abuelo Ernesto tropezó en el pasillo que unía los camarotes con un polaco, Atamisky de apellido. No se hicieron amigos de inmediato. Primero averiguaron que ambos balbuceaban una pizca de francés. En el barco viajaban varios ingleses, italianos y franceses, pero muy pocos que hablasen español. El polaco se alegró de conocer al abuelo, y le pidió que le enseñara algunas palabras de su idioma. Abuelo Ernesto no supo negarse. Argumentó que hablaba mucho mejor gallego que castellano, y que por esa razón prefería Brasil como destino. Dijo que el idioma portugués le parecía un gallego refinado y musical. Pero Atamisky ignoró sus excusas.
A los once días de zarpar de Burdeos, el Argyle llegó a Río de Janeiro, donde fue amarrado por una noche. Abuelo y Atamisky recorrieron la ciudad con propósitos distintos: para el polaco se trataba de un mero paseo, mientras que abuelo Ernesto dudaba entre desembarcar allí o continuar hasta el Río de la Plata. Luego de tantas semanas a bordo, la sensación de andar en tierra firme era exultante. Pese al calor que abrasaba las calles de Río, muchos brasileños andaban con la frente transpirada, empecinados en calzar zapatos duros y vestir trajes europeos. Abuelo quedó azorado al ver hombres negros de dentadura resplandeciente hablar el mismo idioma que en su infancia él había oído entre los portugueses, cada vez que con sus padres cruzaba la frontera. Caminaron tres horas hasta detenerse frente a un puesto de frutas. Una mulata con un turbante rojo y amplias faldas color té los convidó con una fruta amarillenta y alargada, exótica para Atamisky. El polaco mordía ya su octava banana cuando insinuó al abuelo que lo acompañara hasta Buenos Aires. No le costó mucho persuadirlo y envidio a quien haya visto ambas siluetas pisando por primera vez el puerto argentino.
Abuelo y Atamisky se vieron en Buenos Aires apenas tres veces. La última de ellas, en un bar de la Avenida de Mayo, Atamisky comunicó al abuelo que partía hacia Montevideo “por dos o tres días”, dijo, en busca de una tal Irina. Superado el desconcierto, durante un año abuelo Ernesto pasó regularmente por la pensión de Monserrat donde se había alojado el polaco. Siempre el dueño respondía que no tenía noticias de Atamisky. Pronto ocurrió lo previsible: abuelo también dejó la ciudad y los amigos se perdieron.
De la colección de profesiones que abrazó mi abuelo, algunas lo llevaron a poblados de la provincia de Buenos Aires. Fueron cinco años en Pergamino, Rojas, Saladillo, General Belgrano; él era por entonces un treintañero, sin renguera y ansioso por reunir buenos ahorros. Un año pasó trabajando en la estación Pergamino, a cargo de bultos y encomiendas. A veces, cuando el movimiento mermaba, solía aprovechar la ocasión y treparse al primer tren para recorrer pueblos vecinos, pero tantas veces lo descubrían los guardas y jefes de otras estaciones, que a varias multas y castigos sobrevino el despido. Pocos días después el abuelo se cruzó con un carro que iba muy despacio y portaba grandes anuncios de distintas vacantes de trabajo. “Se necesita lavacopas para salón comedor”, decía uno de los carteles. Un hombre lo invitó a subir al carro y lo llevó hasta una taberna también conocida como parador de viajeros. El abuelo debía lavar platos y copas; le presentaron al cocinero y a su ayudante quien, por increíble que parezca, era el Polaco Atamisky, algo más desgarbado pero siempre con aquella barba color tabaco y su precario castellano.
Dos ristras de ajo pendían del techo de la cocina, adornadas con moños rojos. Atamisky pelaba cebollas para cortarlas en cuatro luego de aplacarlas con agua hirviendo. Abuelo hundía sus brazos arremangados en un balde de agua espesa, cuya superficie reflejaba estelas de jabón. El tercer hombre, encargado de preparar las comidas, solía burlarse de Atamisky, tras haber descubierto que el polaco acostumbraba llevar un trabuco antiguo enfundado en la cintura. Cuando Atamisky se distraía u ocupaba ambas manos, el cocinero le arrebataba el arma y luego, con gestos cómicos, la usaba para amasar o pisar carne. Al ver a su amigo enfurecido e insultando en polaco, abuelo Ernesto apenas disimulaba la risa.
Una noche apareció una rata entre los hornos. El cocinero alzó el trabuco a la altura de los ojos y descerrajó un disparo que sonó como el chasquido de un arma de juguete. La bala no dio de lleno en la rata, que quedó semicubierta de sangre, inmóvil pero aún viva. Ni abuelo ni el cocinero osaron darle un golpe de gracia para evitarle el sufrimiento. La rata gemía de dolor y el polaco decidió decapitarla con una cuchilla y arrojarla entre los restos de comida Con la cuchilla aún en vilo, le gritó al cocinero que nunca más le arrebatase el arma. Luego los tres aguardaron toda la noche a que la dueña de la taberna irrumpiera en la cocina, inquieta por el eco del disparo, pero el bullicio del salón al parecer lo había sepultado
Al terminar la jornada, abuelo y el polaco debían compartir un dormitorio con dos camas desvencijadas, la de Atamisky bajo la otra. La primera noche abuelo descubrió que el polaco se quejaba al dormir, eran alaridos ahogados. Nunca él había escuchado unos gritos de dolor así, y se preguntaba no sólo cuál era la causa sino si Atamisky, de día tan saludable y vigoroso, era capaz de recordar esos rezongos al despertar. Muchas personas que abuelo Ernesto había oído roncar o hablar en sueños nada recordaban a la mañana siguiente; no así el polaco, quien supo explicar los gemidos una vez que abuelo osó mencionárselos.
- Llevo la guerra adentro- sentenció Atamisky. Y nada más.
Abuelo Ernesto halló en ésa la frase acertada para el temblor de mantas y sábanas que cada noche ocurría en la cama de abajo donde dos ejércitos parecían pugnar en torno del magro cuerpo. ¿Quién peleaba contra quién? ¿Y por qué? Desde el colchón de arriba, abuelo observaba las convulsiones de Atamisky y juraba oír detonaciones y disparos, aviones en sobrevuelo y repiqueteos de metralla, aunque todo fuese pura imaginación: el polaco llevaba la guerra en su cuerpo debido a una lluvia de esquirlas caída en pleno combate, a fines de 1916.
Las legiones polacas, súbditas del ejército alemán, guerreaban en 1916 al mando de von Hindenburg. El batallón que integraba Atamisky llevaba dos semanas en Lodz, a la espera de que el general Ludendorff impartiera precisas instrucciones. Pero los emperadores de Austria y de Alemania proclamaron en Lublin el reino independiente de Polonia y una muchedumbre se aglomeró en Varsovia, frente a la plaza del Palacio, para vivar la noticia: de ahora en más, los furiosos ataques enemigos serían repelidos por un ejército polaco con su estado mayor propio, que asimismo haría las veces de tapón entre ambos bandos en conflicto. Pronto Atamisky supo cómo era un frente de batalla, y a la semana creyó que moría de cuclillas, tras acusar el frío impacto de una granada enemiga.
Cuando la guerra terminó y Josef Pilsudski tomó plenos poderes, Atamisky aún curaba sus heridas en un hospital varsoviano. Los heridos como él se contaban por miles, y como las camas estaban todas ocupadas debieron dejarlo yaciente en algún catre. Una enfermera, Irina, le prodigó atenciones. No bien mejoró lo enviaron a casa de unos parientes en Cracovia, donde vivían el hermano de su madre, su esposa y dos hijas de poca edad: se trataba de un hogar destrozado, ya que los dos primos varones de Atamisky habían muerto en un mismo combate.
Cuatro meses después Atamisky reapareció en el hospital, con aspecto saludable, en búsqueda de Irina. Nadie pudo decirle su paradero, excepto otra enfermera. Irina, dijo la enfermera, había renunciado de modo imprevisto al recibir su padre- un coronel retirado- el cargo de embajador en Uruguay.
Abuelo supo esa historia aquella última noche, en el bar de la Avenida de Mayo. Al reencontrar al polaco años después, como asistente de cocina, no se atrevió a preguntarle por Irina, acaso porque intuía un triste final en esos ojos siempre húmedos. Pero la mirada triste de Atamisky debía adjudicarse también a la presencia de la guerra entre sus huesos. Pese a las curas en Varsovia, ningún médico había logrado extirparle el dolor. Eran decenas de esquirlas hundidas en su carne. Y por un motivo extraño, que atrapaba al abuelo, sólo entraban en batalla cuando el polaco dormía. Las quejas del compañero de habitación y los rumores de exudaba su cama lo desvelaban, pero más lo desvelaba el temor a que Atamisky explotara, precisamente, como una granada- ¿no se desarrollaba una guerra bajo la piel del polaco?- y que entonces en su cuerpo se incrustaran no las esquirlas de un arma sino las de un hombre, las de Atamisky.
Una noche en la que abuelo apenas dormitaba, la guerra dentro del polaco cambió de temperamento, como anunciando la vecindad del fin. Clarines y vítores antecedieron a una sorda explosión . Atamisky tuvo lo que cualquier médico habría llamado epilepsia; pero abuelo Ernesto, contándome esta historia una tarde cuarenta y seis años después, bautizó a ese ataque de epilepsia como “la batalla final”, como el Día D de la campaña a la cama del polaco. El puño de la explosión dejó en el aire un amargo olor a pólvora que traspasó las paredes del dormitorio; pronto ingresaban allí la dueña del salón y sus dos hijos.
- ¡El balde de arena!- gritaron.
Las sábanas de la cama inferior ardían y el cuerpo del polaco yacía quemado y malherido, boca abajo en el suelo. La espalda desnuda revelaba una colección de profundas cicatrices: eso encarnizado allí era la guerra de la que abuelo había escapado a tiempo, atravesando el mar. Nadie de los cuatro en torno del cuerpo aceptaba la idea de tocar aquella piel. Pero así como la repulsión hacia el cadáver de Atamisky era la misma en la dueña y en sus hijos que en abuelo, algo los separaba. Abuelo advertía en ellos una mirada acusatoria. En la noche había detonado algo así como un disparo, le faltaba una bala al trabuco que Atamisky dejaba sobre la mesa de luz cuando dormía, y todas las sospechas conducían a Ernesto. Nadie creería la historia de una rata fusilada por un cocinero, y menos la de un hombre capaz de explotar.
Enfrentando las acusaciones de la dueña y de sus hijos, abuelo Ernesto saltó de la cama alta y aterrizó descalzo a un paso del cadáver de Atamisky. Tomó el trabuco y amenazó con abrir fuego si le impedían escapar, pero algo punzante y metálico ya había astillado la planta de su pie derecho. Era una esquirla. Con la explosión el polaco había esparcido varias en el suelo. Por los poros que antes las habían albergado goteaba ahora una sangre oscura, espesa, y esa sangre indicaba que la guerra terminaba; tras un redoble, Atamisky se rendía con un ronco quejido.
(Abuelo Ernesto se descalzó una tarde, poco antes de su muerte, y por única vez me enseñó las cicatrices en la planta de su pie. Había atravesado mi infancia esperando ese momento, y no porque dudara de la anécdota de abuelo y el polaco. “Esto es estar en pie de guerra”, comentó él, e inclinando mi cabeza hasta tocar el suelo alcancé a oír un leve rumor de salvas: el grave ronroneo de un combate en miniatura).


Los Pájaros.
Beas Ediciones